Días de mucho, vísperas de nada

A mi abuelo no le gustaban las cosechas abundantes pues decía que precedían a años malos. Por ello nos educaban en el ahorro ante las posibles adversidades futuras. Y es que la actualidad económica nos refleja una sequía prolongada cuya antesala fueron campañas de abundancia.

    07 feb 2012 / 10:14 H.

    En las dos últimas décadas, la combinación de democracia y economía han contribuido al mayor desarrollo de nuestra provincia posiblemente desde la época renacentista. Durante años hemos rozado el pleno empleo, con suelos de olivos como baldosas, polígonos con camiones en doble fila y sierras adornadas con setas de segundas viviendas con piscina privada y salón de té. Mientras la aceituna la recogían emigrantes, nuestros hijos se iban de Erasmus, una berlina alemana nos esperaba en el garaje y en casa contratábamos televisión de pago. Con este ritmo, Estado, empresas y familias se endeudaban por encima de sus posibilidades. Pero los tiempos han cambiado y nuestra economía no ha conseguido adaptarse a la marea de la globalización. Nuestras empresas se han mostrado vulnerables y poco competitivas ante la crisis financiera, energética y del ladrillo, y que nos han hecho replantearnos nuestro modelo de crecimiento. Toca ajustarse el cinturón. En microeconomía nos enseñaban que el consumidor, ante un aumento de rentas, asume con facilidad determinados hábitos; sin embargo, cuesta mucho más renunciar a ellos cuando las rentas disminuyen. Desde diferentes estamentos se lucha contra esta crisis mediante políticas austeras, que permitan un control del gasto público, lo que minoraría el déficit y contribuiría a un incremento del Producto Interior Bruto y, por tanto, del Empleo. La fórmula parece fácil, pero mucho nos tememos que no responde a la exactitud matemática, estando la economía lejos de comportarse bajo la teoría de los mercados eficientes. La obligada reducción del gasto público ha de realizarse de forma gradual y actuando sobre las partidas menos eficientes. La fortaleza de una sociedad, como la de una cadena, se mide por el eslabón más débil. Complementario al PIB el índice GINI mide la desigualdad, siendo los países con menos desigualdad Japón, Suecia, Alemania, Canadá y Francia. Cada desviación típica en desigualdad genera un 0,6% en crecimiento. Reducir las desigualdades ofrece beneficios a largo plazo. La Administración debe centrar todos los esfuerzos en la lucha contra el paro y la economía sumergida. Un aumento del IVA no contribuiría más que a un mayor fraude, y la empresa necesita incentivos a la contratación y bonificación de cuotas de seguridad social. El recorte no debe afectar al gasto en educación que se ha de mantener como la mejor inversión de futuro, y la ayuda a la pequeña empresa como la fórmula más eficaz para fomentar la iniciativa privada y crear empleo.
    Rafael Peralta es economista