Desarmados y desalmados
Siendo grave, importante, dolorosa la situación derivada de la crisis, no es menos grave, dado que posiblemente sea consecuencia de lo anterior, el estado anímico de la población. Una parte importante de la misma estamos instalados en una inmanejable y creciente depresión que aumenta día a día ante la incertidumbre del presente y futuro inmediato.
Una depresión que nos desarma y desalma, que embota los sentidos, devora el ánimo, la capacidad de invención, de superación; y que, por otra parte, en efecto, desalma. Porque tal como lo veo, es frecuente ver más desalmados, gente sin alma que se crecen en las zonas de conflicto de dolor, de desesperanza. Estos desalmados figuran en las nóminas de aquellos que ejercen o aspiran a algunas formas de poder o dominación. Baste un paseo por el Facebook para ver a los desalmados de nuevo cuño que espumean bilis y rabia por sus boquitas, expresando odios, hostilidades, animosidades sin tregua ni cartel, brindan por la muerte de aquel, o la desgracia de aquella, se regocijan en el pesar general siempre que ello beneficie a su grupúsculo. Mientras, un ejército de desarmados se refugia en el hogar o marcha exiliado al extranjero. Hombres y mujeres, jóvenes y mayores, dejados a la intemperie, en un barco sin rumbo y con las provisiones al límite. Pronto pugnando entre sí por un trozo de pan. ¿Apocalíptico? Dichoso aquel que hoy ande por España sin un nudo en el estómago temiendo por él o por uno de los suyos. Lo más grave es que —como dicen en una serie de actualidad— el invierno se acerca.
Rafael Latorre es funcionario