¿Debe la lengua evolucionar?
La otra noche acabé enzarzado en un extenso debate sobre la lengua castellana y sus usos. Un amigo mío, estudiante de filología hispánica, me defendió la evolución de la lengua frente al mantenimiento de su perfecta utilización. Según su punto de vista, la lengua la construyen sus hablantes y, por lo tanto, debe ser un reflejo de estos.
“Y eso que yo, cuando empecé la carrera, defendía a capa y espada lo segundo. Pero después de años he aprendido que esa no es la solución”, añadió. Los eruditos romanos se llevaban las manos a la cabeza cuando escuchaban a los soldados hablar, y miraban al cielo suplicando que esa forma de destrozar su apreciado latín nunca trascendiese. Siglos después, nuestro castellano es un hijo de aquel latín vulgar. Y así seguiremos. Los laísmos, los “asin que”, las “cocretas” y los loísmos. Todo, en un futuro, será el pan de cada día de los hispano-hablantes. La lengua no está muerta ni lo debe estar. Hay que dejar que siga el curso que quiera seguir, que se transforme y renueve, aunque nos parezca que sean palabras mal sonantes. No somos nadie para decidir qué es lo correcto y lo incorrecto con respecto al español, puesto que ni siquiera nosotros mismos conseguimos la perfección de nuestra propia lengua.