De Juan Ángel Torres Escribano

Un hombre que libera de su angustia a un pajarillo ahogándose en una trampa que no le corresponde, sencillamente porque no ha hecho nada, solo el hecho de volar. Ese hombre tiene una justicia de corazón y sangre. Mi amigo tuvo un gesto y una religión sin mandamientos, sus jueces no tenían aulladores de la justicia, sus compañeros fueron el silencio y su cerebro de hombre bueno.

    21 nov 2013 / 12:05 H.

    Te cansaste de jugar porque los dados estaban en un cubilete amañado por unas manos amañadas y algunos señores de pacotilla con las corbatas amañadas. Esto es casi la verdad amigo del vértigo tan temprano. Se aprende de todas las personas, se asimilan las espinas y el perfume, se ven y no se tocan las calles que vamos pisando y cojeando. Seremos la risa que tus tenias y nuestras comerciales respiraciones. Mi amigo Juan Ángel Torres Escribano sabía sentarse a su manera, dejando pasar a los fantasmas y a los aprendices de brujo, tenía documentos muy secretos en sus cervezas, era un amor para toda la muerte. Ojalá que nos vaya bonito, a ti con tu muerte tan callada y a mí con mi vida tan palpitada. Si te cuento que los demás siguen respirando a su manera, que Jaén está como tú la dejaste, que la sierra de Cazorla sabe esperar a los hombres sin besos, que nos pasean muchos santos y que tenemos militares desfilando para que nuestra Catedral sea más bonita, que tenemos que batir algún récord haciendo punto para que un don no se qué, que nos diga que hay una belleza que hemos disfrutado tu y yo sin tantas parafernalias, sin que nos cueste cinco euros entrar. Siempre te voy a envidiar, amigo, eras la persona que pudo engañar a prestamistas, bancos, y algunos tontos de bolsillos tristes, pero tu siempre sabías pagar a tus amigos. Juan Ángel, el pajarillo que tú liberaste se fue a otra trampa sin saber que volar y ser como tú, puede ser peligroso, y aunque estés en tu silencio, no hables, que lo mismo te cargan con la mentira de la crisis.

    Funcionario
    Juan del Carmen Expósito