Crueldad gratuita

En una carta de Freud a Einstein sobre el poder y la guerra, el padre del psicoanálisis pregunta: '¿Estoy autorizado a sustituir la palabra 'poder' por 'violencia' (Gewalt), más dura y estridente?'. Yo, por mi parte pregunto: ¿puedo cambiarla por la palabra crueldad? La razón es que a estas alturas de mi vida todavía me sobrecoge ese término.

    10 dic 2012 / 18:35 H.

    No hablo de esa violencia explosiva e iracunda que tenían las batallas cargadas con la épica de las hazañas heroicas, sino esa otra, gratuita e injustificada, que acompaña la barbarie de los conflictos; de cualquier tipo de conflicto. “Podíamos escuchar las risotadas y el ruido de botas en el suelo, la agitación entre los oficiales. ¿Cuántas veces nos violaron a cada una de nosotras esa noche? No había un lugar que no me doliera”. Estas palabras reales pronunciadas por una mujer víctima de una guerra en 1944, podían pertenecer a cualquier mujer sometida en cualquiera de las contiendas desde el comienzo de la historia. Guerras en las que siempre se han usado las violaciones sistemáticas como una constante más sangrante de la tradición de la fuerza. Solo por eso, porque pueden hacerlo. O lo que es peor; por ir provocando. Y conste que no quiero introducir las valoraciones del bien y el mal. Porque como decía Freud en su carta, “una de estas pulsiones es tan indispensable como la otra”. Me refiero al propósito de utilizar al que se considera enemigo de manera provechosa, porque así, amedrentando, el poder, la violencia, la crueldad se entiende a sí misma. Pero además de la crueldad ostentosa, de ese hooliganismo de matar a un linier a patadas, también está esa otra crueldad, pequeña, agazapada tras la excusa de la crisis o de la causa justa. Esa crueldad de los que guardan lingotes en su casa mientras la gente pasa hambre; la que padecen las personas que guardaron todos sus ahorros en las preferentes; la de la ostentación de riqueza mientras miles hacen cola en el INEM; la que obliga a enseñar una determinada marca de teléfono por cincuenta euros de gasolina o la crueldad de culpabilizar a quien tiene SIDA para que pague sus medicinas. Y a mí cada día me duele más. Me lastima el acoso a un niño del que se burlan por su apariencia física; me duelen los motes, la segregación, la agresión, el chantaje, la intimidación, los insultos, las amenazas, la vejación. Me hace daño el prejuicio, la maledicencia, la mala intención. Me hiere esa insistencia para que el otro sienta miedo, porque el miedo amedranta, paraliza, esconde, silencia y me duele sentir vergüenza de buscar la bondad, de emocionarme ante la belleza o sentir amor incondicional. Por eso; porque como decía Dante en su Divina Comedia, “hay mil maneras de matar a un hombre”.
    Sofía Casado es licenciada en Derecho