Con San Juan de la Cruz
Somos tantos los que a día de hoy escribimos que la mayoría de quienes lo hacemos solo contamos con un puñado de lectores. La cultura actual dispone de tantos creadores como público. Yo, por ejemplo, dado a la reflexión crítica, cuento con tan minoritario auditorio que conozco a casi todos los que me leen.
Pero cuando escribo de Jesús —hoy lo impone su visita a la Catedral para cerrar los actos del 425 aniversario de la fundación de su Cofradía— mis lectores se disparan: un reto, sí, pues acercarse a su historia es volver a un paraíso abierto para todos pero cerrado para muchos en el que la tensión entre ortodoxia y heterodoxia vuelve clásica la vanguardia y lo popular aristocrático, de acuerdo con su devoción, la más potente de Jaén porque concentra una espiritualidad religada siempre a la vida.
En este tiempo de sacamantecas, detenerse en la mirada tranquila de Jesús podría mostrarnos nuestra conciencia civil: adónde nos dirigimos, de qué dependemos, qué leyes no debemos infringir, hasta cuándo durará nuestra condena, por qué nos hemos vuelto tan despreciables creyéndonos ser tan estupendos. Pasando de lecturas simbólicas, reparen en el voltaje superrealista —esto es: realista en grado extremo— que hoy cobra nuestro Nazareno: si nos procura sin nostalgias ni fantasías una imagen de la memoria de lo que fuimos y una visión de lo que más fervientemente deseamos, también nos hace sentir de modo automático el sufrimiento de nuestra sociedad, cada día con más perdedores, desahuciados, desposeídos y descalzos.
Como aquel Buñuel que también cargó con su cruz durante el rodaje de La vía láctea, contribuyamos a que nuestro Estado se haga más sólido, más humano, más justo. Y menos comprensivo con la especulación, la insaciabilidad y la violencia de sus castas dominantes. De lo contrario, cualquiera podrá ser mañana otra alimaña disfrazada de patriota, otro votante más de los muchos patócratas que conducen esta sociedad seriamente enferma de progreso. Que la distinción concedida por el Ayuntamiento de Jaén a su Abuelo confiándole las llaves de la ciudad la verifiquen las políticas sociales que demandan tantos vecinos de esta tierra. Y no se olvide que detrás de cualquier condecoración siempre asoma una víctima: un chavea, una mujer, un anciano o un cadáver.
Juan M. Molina Damiani es escritor