Cazorla-. Los molinos harineros cobran vida con fines turísticos
Con apenas siete años, Francisco Bayona Fernández recorría tras su abuelo Valentín Fernández de los Santos aquel lugar que era el origen de la mayor riqueza de los pobres, el pan. A su mente llegaban las reminiscencias del pasado en cascada.
Contaba cómo junto con alguno de sus tíos iba a los campos para cargar en los borricos, en cada viaje, unas cinco o seis fanegas de trigo que, incansable, molía la piedra del molino, esa que en tantas ocasiones vio picar al abuelo. Hasta veinticuatro hijos alumbró la abuela Carmen Ramos de la Fuente, de los que se llegaron a reunir en torno a una mesa diecisiete, entre ellos su madre, Dolores Fernández Ramos.
Recuerda con meridiana claridad que su abuelo adquirió aquella aceña a finales del siglo XIX a un hermano por, exactamente, 43 fanegas de trigo. Así comenzaba una vida junto con su esposa. Con aquel molino, tras las ruinas de la iglesia de Santa María y próximo al motor de su molienda, el río Cerezuelo. Aún parecía oler en aquel comedor a buñuelos con chocolate como los que preparaba la abuela por San Sebastián y San Antón.
María José Bayona / Cazorla
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