Carrillo versus Rajoy/Mas

Hace dos días murió Santiago Carrillo. Un señor. Ayer se reunían Mariano Rajoy, presidente del Gobierno de España y Artur Mas, president de la Generalitat de Catalunya. Las dos cosas, ocurridas en tan poco espacio de tiempo, no dejan de tener su significación: muere uno de los artífices de la transición española, que a tanto renunció en pro del cierre de tantas heridas, tantos desencuentros y tanta intransigencia y se reúnen, décadas después, los que vuelven a representar el desencuentro, la intransigencia y la cirugía sin anestesia. Como si no hubiera pasado nada, ni el tiempo, ni sus secuelas.

    21 sep 2012 / 12:04 H.

    Seguramente no dejamos de ser la España de las pinturas negras de Goya, la de aquellos que medio enterrados se aporreaban sin poder alejarse por estar trabados hasta los muslos. Seguramente los que dejaron una transición incompleta, abierta para ser dinámica y que fuéramos acomodándola al devenir, pensaron que también nosotros tendríamos la capacidad de encontrar, en nuestro propio laberinto, el camino o los caminos que nos hicieran recular ante la repetición de tantos errores cometidos. Pero no. He escrito Carrillo, un señor, y también lo digo de Peces Barba, y de Pujol, y de Suárez y de Herrero de Miñón. No hay sectarismo en lo que digo. Y lo pienso a la par que de ellos de decenas, centenares, millones de españoles que entendimos lo trascendente del momento, del tiempo que vivíamos. A veces cuesta reconocernos en nosotros mismos. No es que me preocupe que los catalanes se quieran ir, como dice un amigo mío: “Que lo hagan, pero de Despeñaperros para arriba, no desde el Ebro”, es decir que se los lleven a todos. No, no es eso. Es que los ciudadanos de este país somos capaces de convivir entre nosotros, respetando nuestras diferencias, valorando y apreciando la riqueza de lo que nos diferencia entre nosotros, como parte de un legado valiosísimo. Y yo me siento a gusto en Barcelona, y no me importa que hablen catalán a mi lado. Y en Galicia, aunque a veces no entienda lo que dicen. Exactamente lo mismo que un ampurdanés no se cosca cuando habla un barbateño. ¿Y qué? Nos vamos al extranjero y flipamos, aunque no entendamos un carajo de lo que hablan. Pero aquí, garrotazo y tente tieso. Y, ¿por qué? Pues creo que en buena medida por la mediocridad e incompetencia de buena parte de nuestra clase política. Pero sobre todo por el interés. Interés no por los ciudadanos, sino por lo suyo. ¿Cuántos chiringuitos de uno y otro signo político se vendrían abajo si no fuera por “los hechos diferenciales”, los “Santiago y cierra España”, y tantas otras majaderías. ¿Cuánto de esto responde a una realidad impuesta? ¿Cuánto beneficia la distracción con estos asuntos, y con la tristeza de Ronaldo a quienes están haciendo su agosto en este río revuelto? Tendríamos que ponernos el babi, coger la pizarra y el pizarrín y empezar de nuevo. Y criar ocas. Para acabar con la cizaña son cojonudas.

    Francisco Zamora es empresario