Carne de cañón
La ignorancia suele acarrearle a quien la sufre la merma de su libertad o de su eficacia, o regalarle los venenosos dones de la desorientación y de la impotencia. Pero quizá el efecto más dañino es que el ignorante se transforma sin remedio en una persona vulnerable, en carne de cañón.
Por ello, en gran parte, la historia de la humanidad está hecha de víctimas ignorantes y de poderosos que se han apropiado del conocimiento. Aunque ni siquiera les hace falta poseerlo: es suficiente fingir conocimiento, o inventar saberes inexistentes, para someter al ignorante. Ahora, que escribo estas líneas, estoy oyendo en la radio cómo Maduro le cuenta a los venezolanos que el espíritu de Hugo Chávez, transformado en un pájaro, le ha dado ánimos para conquistar la presidencia, y, acto seguido, me entero de que en un pueblo de Extremadura van a sacar en procesión a San Antonio para que, con su mágica intervención, paralice la lluvia e impida el desbordamiento del Guadiana.
Parece una ley histórica que se viene cumpliendo desde que alguien se erige en hechicero de la tribu y aprovecha en beneficio propio el pánico de su pueblo ante la muerte o la tormenta: la ignorancia produce miedo que, a su vez, actúa como una brecha por donde los intereses ajenos entran a saco e imponen su dominio. Hoy, el novísimo hechicero, el que rentabiliza a fondo nuestro temor y saca de él masivos dividendos, es el capitalismo financiero de los países anglosajones y germánicos.
Hasta el premio Nobel Paul Krugman se apuntó el lunes a los propagadores de este miedo como camino para extraer dividendos. Según él, si Alemania no lo impide, Grecia está a punto de salir de la Unión, el euro de acabarse, y el ahorro español de huir a bancos alemanes para evitar el corralito. Lo que hace Krugman es añadir su voz de agorero a un mecanismo que aprovecha la crisis para expoliarnos: se favorece la opacidad y la ignorancia para crear dudas sobre la solvencia de un país, con lo cual se dispara el interés de los préstamos que se le hagan, al tiempo que se propicia la huida de capitales y se debilitan sus empresas que ya pueden ser adquiridas a precio de saldo. Es decir, crear pánico a partir de la ignorancia, y convertir ambas cosas en herramienta para extraer desmedidas ganancias, proporcionales a la pobreza que producen.
Como ven, nada nuevo. Lo único nuevo es el silencio oficial sobre este robo masivo y la fabricación de un pánico tan perverso que llega a culpar de su origen a las propias víctimas del expolio. Por ello, es de agradecer que algunos especialistas recuerden que bastaría con que el BCE prestara a un interés normalizado, y que pongan objetividad, cifras y nombres propios a este imperio del miedo como negocio. Gentes como Yaiza Cabeza, Sami Nair, Manuel Ballbé o Juan Torres lo hacen. Es verdad que con describir la situación quizá no impidan que seamos carne de cañón. Pero al menos, sabremos quién nos dispara y la cantidad de miseria moral que les mueve a encender la espoleta del cañón.
Salvador Compán es escritor