Cantinela del siglo XIX
El amigo con el que cumplo la caminata del colesterol enseña literatura en la universidad, es especialista en comunicación no verbal, le gusta el cine y, como buen lector, tiene criterio sobre casi todo. Compartimos el gusto por la discusión, sin pretensiones de imponernos, y pactamos con facilidad la manera de entretener la marcha dictada por el médico.
El primer acuerdo fue sobre el camino a seguir cada día: los pares decide él y los impares me corresponden. Cuando vamos por las orillas del Guadalquivir, prefiere la ruta de Sanlúcar de Barrameda como ciudad importante de la historia universal y, la jornada siguiente, por la de Andújar, para picarle con la estancia de Colón en esta ciudad cervantina. Hace unas fechas, regresando de Sanlúcar, pasamos por el Palacio de San Telmo justo cuando se manifestaban una treintena de trabajadores baezanos. Habíamos vuelto a discutir sobre la crisis socioeconómica. En la cuestión principal estamos de acuerdo con Muñoz Molina: los que la han provocado están imponiendo las soluciones que les interesan sin importarles los costes del bienestar social conseguido con esfuerzos de varios siglos. Sin embargo, discrepamos en el cálculo del tiempo al que estamos retrocediendo. Defiendo que, si no se aplican otros remedios, nos reinstalaremos en el primer tercio del siglo XX, pero el profesor sostiene que en relaciones laborales ya estamos en el XIX. La casualidad pretendió darle la razón con la imagen sospechosa que ofrecían los manifestantes llegados desde Baeza. Los habían alineado enfrente del balcón del despacho donde se supone que trabaja el presidente andaluz, como si fueran a pasarles la revista de a una guardia de cuartel. Dos o tres metros por delante, uno de ellos, megáfono en mano, gritaba consignas para que lo escuchasen los periodistas a los que la empresa había pagado el viaje; fueron quienes nos explicaron que iban contra el alcalde baezano porque exige a la industria el cumplimiento de las normas ambientales para preservar la salud de la ciudadanía y defender la declaración de Patrimonio de la Humanidad de Úbeda y Baeza. En la esquina derecha de la alineación, cuatro tocaban pitos de árbitro casero, y en la de la izquierda, otro golpeaba un tambor rociero. El profesor examinó con su agudeza doctoral y obtuvo una conclusión que parece extraída de Zola: estaban preguntándose qué hacían allí y, como en el título de Almodóvar, qué habían hecho para merecer aquello. La respuesta sobre la dignidad positiva mostraba la defensa de sus puestos de trabajo, pero no contra el Ayuntamiento, sino por el temor a ser despedidos si negaban su presencia en la protesta, aunque fuera muda e inmóvil. Parece una anécdota de caciques, pero suficiente para que el profesor retomase la cantinela sobre el XIX.
J.J. Fernández Trevijano es periodista