Andrés García. "Es un lujo que se reconozcan los valores humanos"

Diana Sánchez Perabá  
Cuando la calentura que azotaba a Jaén los últimos días no dejaba de ser noticia, Andrés García llegaba a su tierra natal, donde el calor fue lo único que no le llamó la atención. Tras un largo viaje desde la República del Congo y después de visitar a sus compañeros de la Consolata en Madrid, el misionero volvió al hogar materno para estar con su familia, a la que hace tres años que no veía.

    27 ago 2012 / 08:14 H.

    Su madre lo nota más delgado, aunque Andrés es de constitución estilizada; sin embargo, su alma está muy bien alimentada. Enriquecida con la dieta que le permite vivir: la del amor y entrega a los demás. Por eso, en su encuentro con quienes lo reciben con los brazos abiertos sedientos de que les cuente cómo está, de sus labios solo salen verbos en tercera persona y preguntas en segunda. La primera persona la deja para el final e, incluso, si puede, intenta obviar toda referencia a él. Su vida es, según Andrés, un cúmulo de todos aquellos que encuentra en su camino, de ahí que, cuando habla del premio Jiennense del Año en Valores Humanos, sus palabras vayan dirigidas a esas personas que lo formaron, que lo siguen haciendo y que son él.
    —Después de nueve años de convivencia con el pueblo pigmeo, ¿qué ha aprendido de ellos?
    —A hablar, a andar por la selva, a comer... Primero hay que descubrir esa actitud de asimilar los valores, la cultura y, a partir de ahí, empiezas a distinguir lo que para ellos son valores. Es cuando descubres que hay una presencia de Dios, de algo que les ayuda a ordenar su vida y cuando ellos ven que hay otros valores que saben que son buenos también, y que los asumen sin que tú se los impongas, entonces te das cuentas de que no eres tú ni ellos los que siguen ese camino, sino que es esa grandeza de la Humanidad, esa imagen de Dios, la que está dentro de nosotros y nos ayuda. Al final asumes cosas sin proponértelo. Con cada pueblo y, sobre todo, con los más pobres y sencillos, descubres que todos somos perceptibles, que no hay un maestro y un alumno, sino que todos estamos en esa escuela de intercambio y de crecimiento. Y cuando te pones al lado de lo sencillo, de lo último, ves que, en el fondo, la Humanidad está sedienta de seguir caminando. También he descubierto de los pigmeos la esperanza, la compasión y el perdón.
    —Lo que ha descubierto en la humildad de estas personas, ¿se puede hallar en la otra cara de la moneda, en lo ostentoso?
    —Había dos personas que caminaban por una gran avenida y uno le dice al otro: “Escucha a un grillo que canta”. Y el otro dice: “Con el ruido de los coches no se oye nada”. Luego le dice al primero: “Escucha, se ha caído una moneda”. “Pues yo no oí nada”, contestó el compañero . Creo que es eso lo que nos ayuda a descubrir valores o antivalores. Cada uno tiene esa atención selectiva que te permite ver lo que estás buscando, lo que deseas ver. Tristemente, muchas veces, vemos lo negativo de la sociedad, antes que lo positivo; o aprendemos más rápidamente cosas que destruyen la Humanidad antes que aquellas que construyen y que hacen crecer la idea de que la diversidad es una riqueza, la libertad, la comprensión, el amor. Todo eso nos cuesta más, pero está ahí. Lo único que hay que hacer es quitarle el polvo.
    —En su misión con los pigmeos, ¿ante qué adversidades se encuentran en el día a día?
    —Por ejemplo, en sus chozas, que son pequeñas construcciones en las que se reproduce todo tipo de enfermedades, ya que no hay impermeabilidad; además, ahí pueden estar dentro hasta diez personas. Intentamos que hagan casas más grandes, que les permitan más intimidad e higiene. Pero chocamos con los antropólogos que quieren que el pueblo se conserve tal y como está. Y nosotros también queremos respetar su cultura, pero mejorándola. Verás, todas las culturas están en movimiento, pues la característica de una cultura es la interacción con otros pueblos. Lo que no se puede hacer es que por querer tener un objeto de museo para estudiarlo no se le deje cambiar. Queremos que conserven sus valores, su idiosincrasia, pero que vivan dignamente. Que puedan estudiar y elegir, que conozcan su cultura, sus valores ancestrales, pero también los de otros pueblos. Luego, vemos cómo los antropólogos llegan con sus cocacolas, cámaras de vídeo, sus ropas de marca y lo que quieren es que los pigmeos se queden así. Y, mientras, nosotros estamos allí, trabajando con los pigmeos con el mismo material que tienen del pueblo bantú, para decirles a los pigmeos que se fijen en construcciones mejores que están a cien metros de sus chozas.
    —¿Se llegaron a sentir impotentes por los antropólogos?
    —¿Y quién les hace caso a los antropólogos? Imagina que llega un antropólogo que lleva tan solo seis meses, que no sabe ni pigmeo, ni dónde están los campamentos, y mientras, nosotros les acompañamos, les traducimos, les facilitamos todo. Para que después digan que somos los asquerosos misioneros que estamos cambiando al pueblo.
    —Después de nueve años habrá visto a varias generaciones.
    —A muchos los he visto nacer y hasta casarse. Los niños son muy precoces. Ellas, con 14 años, ya tienen hijos, pues su expectativa de vida es de 40 años. Entonces ves que, frente a un niño bantú, el pigmeo que entra a la escuela con la misma edad es más despierto y espabilado. A las niñas, cuando llegan a tercero de Primaria, ya les crecen los senos y, con ocho o nueve años, los niños empiezan a buscarlas y abandonan las escuelas.
    —¿Hay niños que sigan los estudios?
    —Sí, hay algunos que llegan a ser maestros. Incluso, hay un pigmeo que enseña a bantúes, algo impensable y grande. También hay una matrona, que la formó una monja, y nos ayuda en la enfermería.
    —¿Cómo se forman?
    —Soy crítico con algunos sistemas, pues hay algunos que se forman con los bantúes, pero aprenden que, para ser maestro y persona, deben ser como ellos. Esto supone al pigmeo un gran trabajo cuando vuelve al campamento, pues siente que vuelve atrás. Y, si se quedan en el pueblo, sufren el rechazo de los otros pigmeos. Entonces pierden sus raíces y su identidad y son rechazados por los suyos.
    —¿Cómo se curan las enfermedades los pigmeos?
    —Tienen su propia farmacopea y cuando llegan a nosotros ya han intentado hacer todo lo que saben. Cuando están enfermos se rajan con una cuchilla de afeitar y se introducen las cenizas machacadas de las hierbas que saben que son las adecuadas para cada enfermedad. Pero no saben las dosis y muchas veces llegan intoxicados. Otras veces comen o beben las hierbas. En ocasiones les funciona.
    —¿Qué sintió cuando le comunicaron que el periódico de su ciudad le reconocía su labor humana?
    —Me siento muy orgulloso de poder decir a mis compañeros que el diario de mi ciudad quiere sembrar amor y esperanza. Para mí, en esta crisis, darse el tiempo de celebrar los valores humanos, reconocerlos y anunciarlos es un mensaje extraordinario para todos. Desde aquí, es un lujo decir: vamos a mirar otras cosas, no nos quedemos mirando solo nuestro bolsillo. Es un orgullo muy grande poder decir en el Congo a mis compañeros: “Ése es mi pueblo”. Hace unos años escribí una carta en la que hablaba del olivo, porque creo que la gente de Jaén es como el olivo: El olivo es un árbol que aguanta el frío y el calor, que vive en tiempos de lluvia y de sequía, que está acostumbrado a resistir y se conforma con poco. Es un árbol que cuanto más palos le das, más frutos da y que aguanta muchos años, que echa raíces y que da cobijo a personas,  aves; que es símbolo de la paz y que se convierte también en zumo, que se utiliza también para santificar. Cuando me contasteis lo del premio, sentí que yo no era yo, sino todos vosotros. Soy el resultado de una persona formada por Dios que coge barro de todas las personas que conocí, eso soy yo. Me da miedo cuando hablan de mí y me quieren poner en un sitio, porque conozco mis fallos, defectos, mis debilidades. Yo estoy en África, porque puedo vivir con ciertos valores que aquí no encuentro, pues necesito liberarme de muchas cosas para poder ser yo y aquí no podría, me siento incapaz de liberarme, ya que me ata mucho. Hay otra gente que es capaz de vivir aquí su libertad y otros valores sin complejos, ni problemas. Sin embargo, me doy cuenta de que, cuando voy allí, a África, no vas a salvar al pobre sino que, a través del pobre, Dios te salva, te recrea y te quiere.  Más información, hoy en la edición impresa de Diario JAEN