Algo tendremos que aprender
Estamos indignados todos por la situación en la que se encuentra España. Dice el diccionario que indignación es enojo, ira, enfado vehemente contra una persona o contra sus actos; en este caso la rabia se dirige en conjunto contra unas personas y contra sus actos. Han sido los políticos principalmente los que nos han llevado a este estado de miseria, gastando sin control y endeudando a ayuntamientos, comunidades autónomas y al país entero hasta tal punto que no se sabe los años, más bien lustros o decenios, que tendrán que pasar hasta pagar las consecuencias de tanta codicia.
No es consuelo que otros hayan hecho lo mismo; han sido pueblos como el nuestro en los que se han arraigado la corrupción, el nepotismo, el fraude, la malversación de los fondos públicos: robar al Estado como sea. No se puede evitar en estos tiempos la comparación con los países del norte, porque tienen mayor conciencia y educación. Los escandinavos tienen servicios sociales envidiables y los disfrutan; no abusan de ellos. Para los alemanes, la austeridad es una forma de vida desde siempre; iluminación la justa; paneles informativos, ya sean los que indican direcciones o los de información de los monumentos, los justos o menos; mobiliario urbano, sencillo; obras públicas, las necesarias. Una cultura del esfuerzo y del ahorro que nosotros hemos perdido. No se ven en sus ciudades las consecuencias del despilfarro que nos ha caracterizado en los últimos tiempos: aeropuertos sin pasajeros; monumentos y obras sin límite para que se recuerde a los gerifaltes que los impulsaron; creación de miles de empresas públicas para colocar a amiguetes a dedo, obras públicas ruinosas e innecesarias, millonarios sueldos de los miles de alcaldes y miles y miles de asesores, coches oficiales a mansalva; y para qué seguir. No hay responsables de nada. Y lo peor es que se está parcheando con bajar el sueldo de los empleados públicos y no se reducen los puestos políticos —445.000, dicen—, ni sus gastos ni sus prebendas. Cómo nos han engañado y qué ilusos hemos sido al pensar que seríamos ricos para siempre. Hasta 2005 había un techo de gasto que no se podía exceder. Pero en 2006 se quitó para que se pudiera derrochar sin medida. Entonces ocurrió que todos se dedicaron a pedir créditos para hacer muchas cosas inútiles, sin importarle a nadie cómo se pagaría todo aquello. Se ha hipotecado el futuro y estamos metidos en un lío monumental. De esto no creo yo que se pueda acusar a nadie más que a nosotros mismos. O quién tiene la culpa de que nos tengan que dar 30.000 millones de euros, para empezar, de los que unos 20.000 van a ir a tapar el desaguisado de Bankia. Dada la situación, necesitamos gestos, ver algo que nos devuelva cierta confianza, que nos haga pensar que las cosas cambian, que no todo sea recortar en perjuicio siempre de los que menos tienen, que se acabe con tanta impunidad. Cosas buenas tenemos, pero en eso de respetar lo público más que si fuera nuestro tenemos mucho que aprender; nos va en ello como mínimo la estabilidad social.
Juan de Dios Jódar es funcionario