“Nos dejó demasiado pronto, no pudo disfrutar de sus nueve nietos”

27 dic 2015 / 08:00 H.

Junto con mis tres hijos, mi madre es la persona más importante de mi vida. Sin desmerecer al resto de mis seres queridos ella es a quien más echo de menos a pesar de haber fallecido hace quince años. Todavía hoy la recuerdo cada noche. Murió con cincuenta y cuatro años, la misma edad que tengo yo ahora. Nos dejó demasiado pronto. No pudo disfrutar de sus nueve nietos ni de una vejez “amable” al lado de mi padre, José. Su generación... ¡cuánto pasó!

Agustina, que así se llamaba mi madre, se quedó huérfana muy pequeña junto con su hermana Josefa. Su madre, mi abuela Juana, murió en el parto de su tercera hija y su tía Margarita, soltera, se hizo cargo de las dos hermanas y de mi abuelo Fernando. Juntos “crearon” una familia y siguieron adelante como pudieron en aquellos años tan duros en el mundo rural.

Mi madre era menuda, “chiquitilla”, con una carita redonda y más buena persona... no la conocí. Recuerdo perfectamente su voz cuando jugaba con mi hermana a las muñecas en el patio de la casa de la calle Guadalquivir. Ella nos enseñó los versos de la canción de cuna que con los años, se los canté a mis hijos. Ojalá hubiese sido mi madre quien alguna vez los acunara y les dijera, tiernamente: “ A la nanita nana nanita ea, mi niña tiene sueño bendita sea. Fuentecita que corre clara y sonora, ruiseñor que en la selva cantando llora. Calla mientras la cuna se balancea, a la nanita nana, nanita, ea”.

Cuando murió pasé noches y noches, meses y meses escuchando cómo me llamaba en la madrugada. ¡Carmen, Carmen! Oía perfectamente voz y me despertaba alterada creyendo que aún no se había marchado, que estaba ahí, que había resistido a la dura enfermedad. Pasado el tiempo sé que se fue en paz, de la mano de mi hermana Lola y de la mía.

Mi padre, José, un hombre de los de antes, de semblante serio, recto y trabajador, también pudo despedirse de ella. No nos dio un mal rato, ni una preocupación, no se quejó nunca de nada. En las largas temporadas que mis hermanos y yo y mi padre nos marchábamos a Gerona o a Francia a trabajar “para traer dinero a la casa” jamás hubo una queja, un “venid que me hacéis falta”, nada. Ella se apaña muy bien sola, o eso decía. Se ocupaba de “echarle de comer” bien temprano a las gallinas y al resto de animales que teníamos tanto en el campo como en la cuadra. “Agustina siempre ocupada en sus tareas”, eso me contaban las vecinas a la vuelta de la temporada de trabajo. Vecinas como Emilia con la que hacía rosquillas y tertulias recién mudadas a la calle del río Guadalquivir y junto a su mejor amiga Isabel, la madre de Casimira.

La maldita enfermedad transformada en un cáncer de vejiga que se le extendió por todo el cuerpo le arrancó, momentáneamente, su energía pero su espíritu alegre y fuerte permaneció hasta el final de sus días. Incluso, cuando estaba ingresada en el hospital en Jaén.

Recuerdo, perfectamente, cuando el que ahora es mi marido bajó “a pedir la puerta” y mi madre le dijo: “Mi Carmen está muy loca y “gruñe” mucho, pero es muy buena”. Eso lo decía, porque más de una vez, cuando volvíamos mi padre y mis hermanos de trabajar una buena temporada en Gerona y llegaba a mi casa, la cogía en volandas y le daba vueltas y la abrazaba, después de muchos meses sin verla.

Fue una mujer fuerte, que nunca salió del pueblo, que se ocupaba de su casa y de su familia, que iba al campo y que cuidaba de las gallinas y de los cerdos y del resto de animales que teníamos. En los últimos años pasaba largas temporadas sin nosotros, que nos íbamos a trabajar a Cataluña. Justo un año antes de mi boda, el cáncer se la llevó pero su recuerdo está grabado a fuego en mi alma. Te quiero mamá.