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viernes, 19 julio 2019
19:24
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URGENTE

Esta mañana me he quedado esperando a mi querido y anciano padre. Me he quedado esperando a que, como cada mañana de domingo, me llamase desde la salida de la misa de las nueve y media para preguntarme si queríamos churros, si necesitábamos algo, que él lo podía traer. Siempre tan solícito, ofreciéndose a dar, nunca a recibir, con su agudo sentido del humor, con el que tanto nos ha hecho reír y sonreír. Ocurrente, gracioso, de humor fino e inteligente, chascarrillos oportunos siempre, bromitas inocentes, palabras amables para todo el mundo con el que conversaba y algún que otro comentario irónico, pero vacío de malicia. Porque Luisillo, como lo llaman sus nietos cariñosamente, es, parafraseando a Machado, “en el buen sentido de la palabra, un hombre bueno”. Muy bueno. Con el alma limpia, la mirada pura e irradiando bondad, atributo inconfundible de la inteligencia. Y sin el menor interés por lo material. “¡Cuantas cosas no necesito!”, solía decir. En estos tiempos en que se impone la crispación en todos los ámbitos y los mares profesionales están infestados de tiburones, él supo ser siempre delfín. Los tiburones no eran de su especie.

Hoy, todo mi mundo y mi rutina, mi vida entera, se ha vuelto del revés; se ha quedado asolada mi alma, como se quedan asoladas las tierras tras un cataclismo, el que me ha arrebatado a mi querido y anciano padre y no soy capaz de enjugar mis lágrimas en su presencia, no encuentro alivio a mi profunda pena. ¡Yo, la que tanto ha reído antaño con él, cómo estoy llorando hogaño sin él!

Me resisto irracionalmente a aceptar esta realidad devastadora que divide mi vida en dos, y por la cual, lo que siempre había sido hasta hoy, deja de ser para siempre desde hoy.

Esta mañana me he quedado esperando a mi querido y anciano padre. Se ha interrumpido la comunicación entre nosotros. A donde él ha ido no hay cobertura en este momento. Pero soy tenaz, pienso seguir hablando con él, necesito que me siga guiando y aconsejando. Y , aunque el llanto me ahogue ahora, inmersa en mi dolor, me alienta y me consuela la esperanza del reencuentro, del reencuentro gozoso de otra manera, en otra dimensión, esa a la que están llamadas las personas, que, como mi querido y anciano padre, imitando al Maestro de Galilea, “pasan por la vida haciendo el bien y dando amor y entrega de sí mismos, mientras dibujan sonrisas, e incluso carcajadas, en los rostros de los demás”. En el cielo deben estar ya sonriendo, porque mi anciano padre va de camino.

Mientras, yo, empiezo a estar algo más serena; porque, en medio de las lagrimas, la sonrisa, sólo con recordarte, me ilumina el rostro, mi querido padre, Luis Conde Bandrés. Gracias, papá. Seguiré tu ejemplo, seguiré tu estela. El mundo se equivoca, eres tú el que está en lo cierto. Y es imperativo nadar contracorriente.

Hasta la eternidad, mi querido padre. Sigue cuidando amorosamente de nosotros como hasta ahora, como siempre, para siempre. In memoriam, Luis Conde Bandrés.