Fue un gran linarense, líder de la cultura ciudadana

15 jun 2016 / 09:00 H.

Alberto López Poveda. Falleció con noventa y nueve años de edad, rozando el siglo de vida. Era la memoria viva de Linares y aún no se han cumplido los doce meses de tan luctuoso suceso. Alberto López Poveda fue un linarense líder en el campo de la cultura ciudadana, al modo que lo fuera Julián Jiménez, el primer alcalde socialista del periodo democrático, en el campo de lo político; o Juan Sánchez Caballero, el primer cronista oficial de la ciudad; o Andrés Segovia, pero sin viajar tanto como este último y sin tanta vorágine concertística y viajera. Alberto López Poveda se fue sin casi mostrarse en los medios de comunicación, algo que sí tuvo que soportar su querido amigo, tan documentado, estudiado, biografiado y musealizado por don Alberto, Andrés Segovia. Tan unido a él que usaban el mismo tipo de gafas y hasta se daban “cierto aire” en la apariencia física.

Busco entre mis papeles y libros para ilustrar algo la vida de don Alberto, intuyendo —ya de antemano— que se merece mucho más espacio y tiempo de dedicación. Pero estoy seguro de que algún linarense, amante de lo suyo o algún otro lo hará más detenidamente que yo.

La última vez que vi en la ciudad minera a Alberto López Poveda fue con motivo de un acto en el antiguo Pósito linarense: era la refundación, mediante acta notarial y pública, de la Asociación Amigos de Lolo y la constitución de inmediato, de la nueva institución Fundación Amigos de Lolo, cuya presidencia la ostenta por estatutos el señor obispo de la Diócesis de Jaén, que estaba presente. Varios de los que intervinieron, entre ellos el obispo emérito Ramón del Hoyo, elogiaron el saber estar, el decir y el comportamiento cívico generoso y ejemplar de don Alberto. Él mismo habló y pudimos comprobarlo los que lo oíamos. Sacó sus papeles de la carpeta, los leía con seguridad y profunda motivación interna. ¡A sus casi 99 años!

El curriculum sociocultural de Alberto López Poveda es largo como lo ha sido su vida. Poco he podido saber de sus acciones y pasiones, incluso tras la consulta a internet. Ello será así hasta que un alma investigadora y caritativa lo saque de las nieblas del olvido. Eso mismo fue lo que hizo don Alberto con su ínclito amigo Andrés Segovia. Fui testigo de ello “in situ”, cuando nos presentamos desde la ciudad de Jaén mi amigo Manuel Ochando y yo para visitar detenidamente el Museo-Fundación del guitarrista linarense. Antes de comenzar la visita al Museo Monográfico de Andrés Segovia, sito en la preciosa casa palacio, junto a la Plaza de Alfonso XII, nos presentamos al director, a la sazón Alberto López Poveda, que nos recibió de pie, fugazmente, pues era solo una invitación a que disfrutáramos de las instalaciones espléndidamente organizadas.

Voy a destacar tres aspectos de nuestro obituariado. A.- Su vocación sindicalista. Ya en febrero de 1951, fue nombrado por el Sindicato Vertical como presidente provincial del Metal, sector tan importante en Linares. Debió permanecer hasta 1969 —más o menos— en que fue condecorado y, suponemos, cesado. Tomo estos datos de Fernando Lorite.

B.- Su vocación política: fue concejal electo en las municipales entre los presentados por el tercio sindical y en 1959 era primer teniente de alcalde, años en los que comienza el desarrollismo español, los tratados preferenciales con el Mercado Común Europeo...

C.- Su vocación hacia la cultura. He detectado sendos prólogos a otros tantos libros de linarenses de a pie, sus amigos, el farmacéutico Rodríguez Llopis (“Mi Cristal”, de 1982), y otro a Pedro Belinchón, otro linarense de pura cepa, hijo y nieto de mineros de toda la vida: (“Accidentes y conflictos mineros en Linares”, de 2003), tal vez podría ser el último prólogo que escribiera en su vida. También fue colaborador de dos importantísimas y autóctonas revistas: “Linares”, en la década de los años 50, y la que, en cierto modo, fue continuadora, “Oretania”, el título obedece a que se consideraba la ciudad de Cástulo como capital de la región ibera, en el Sur de esa vertiente de Sierra Morena.

Para finalizar, recordar su amistad juvenil con Manuel Lozano Garrido (beato Lolo), Pepe Soler, Pedro Belinchón y otros cristianos con fuerte compromiso socio-político, que no se dejaban someter a estereotipos recortados ni a olvidos y desmemorias históricas. Lo demuestra su labor en las asociaciones citadas que, en cierto modo, son la herencia espiritual del beato Lolo, al que tanto quería Alberto. Debimos estar juntos don Alberto y yo en la beatificación de Lolo, pero había miles de personas.