“Se nos fue un amigo y un buen hombre”

16 jul 2019 / 08:00 H.

Se nos fue, con la llegada del verano, no hace mucho un amigo y un buen hombre. Se marchó en una tierra de sal y sol, de mar y arena, de luna y estrellas. Así es la tierra gaditana en el trocito de Chiclana. Juan había nacido en 1947 en Torredelcampo, pero muy pronto su familia se trasladó a Andújar. Su padre, miembro del benemérito cuerpo de la Guardia Civil, fue trasladado a Andújar, a la casa cuartel de la plaza de Santa María. Andújar siempre ha estado en su corazón. Fueron años duros de la posguerra, en donde había que vivir día a día, educarse y aprender para poder volar en la vida. Y Juan voló, dejando en su vida rasgos “de sencillez, de ser un hombre trabajador, emprendedor, escasamente egoísta y solidario”, tal y como he leído de él en el “Diario de Cádiz”. En Andújar se vinculó a una inmobiliaria para, pronto, pasar a la Caja de Ahorros de Granada, como director, de la agencia urbana de la calle Ollerías, trabajo que le abre un abanico de relaciones humanas por su carácter. Se casó con Isabel María Bellido, matrimonio del que nacerán Jesús, Isabel, Juan y David, último hijo que marcará un giro en sus vidas al nacer con parálisis cerebral, hecho que le pondrá en contacto con el doctor Montilla Bono y con la asociación que lleva su nombre, nacida en Andújar y que dirigió la conciencia social sobre este problema. Su carácter de hombre emprendedor le hará vincularse a Chiclana (Cádiz) y al paraje de La Barrosa que estaba por urbanizar. De veraneante a profesional en la costa. En 1997, fundó la firma Beltrán&Bellido, llegando a tener tres oficinas inmobiliarias en la primera y segunda pista y en el Novo Santi Petri. Definitivamente, vivió ya en tierras gaditanas sin perder el contacto con Andújar, “chiclanero en Chiclana y andujareño en Andújar”. Traté a Juan tanto en Chiclana como en Andújar y de él el recuerdo que tengo es de su familiaridad y amistad. La última vez estuve con él en la cafetería Caffsen, en la zona del Peso de la Harina de Andújar, cambiamos impresiones y estrechamos más nuestra amistad. Juan murió en paz porque fue así como vivió, con paz, con trabajo y con el cariño de los suyos y de sus amigos que sembró a lo largo de su vida. Juan un abrazo, eternamente un abrazo.

En el sur del mapa se fue el sueño/ para ser el norte de nuestro rumbo/ no estás y aún duele el recuerdo/ de lo no acabado, inconcluso”.

Miro hacia atrás y no me reconozco en el cambiante reflejo de mi vida desde que no estás. Me alegro por mí —es evidente signo de vida— y me entristece tu letanía de proyectos inconclusos. El contraste duele porque me gustaría que jugases con mis hijos y charlásemos de todo lo que nos quedaba por venir. Blanco sobre negro. Pero me alienta pensar que te has instalado en el mejor rincón de nuestra casa: en el pensamiento y el corazón. Y habitualmente te recordamos (de “re-cordis”, volver a pasar por el corazón) con alegría, sonrisas y carcajadas. Has venido a quedarte en los pequeños rituales y también los grandes acontecimientos. Y lo cotidiano hace que la costumbre de tu presencia silente sea reconfortante.

Y un nuevo acontecimiento se acerca, donde, de alguna forma, la victoria de tu nombre volverá a nacer a través de tu hermana. Será querido por ser quién quiera ser, sin más. Pero vendrá para cambiarlo todo y relanzar los proyectos, los pensamientos, la vida. Y ese espíritu, esa idea, eres tú mismo.