“¡Sí se puede!”... Claro que se puede

El éxito de San Antón está en el calor humano, el que hace que las piernas nunca paren

21 ene 2025 / 12:19 H.
Ver comentarios

No fue la primera y, a la vista de la experiencia, haré todo lo posible para que tampoco sea la última. Prometido. Tiene algo tan especial la Carrera Urbana Internacional Noche de San Antón que resulta complicado explicar con palabras el derroche de sentimientos que regala estar dentro del pelotón de hombres y mujeres anónimos unidos con la excusa del deporte.

La historia personal de la número 42 empezó a las ocho de la tarde, cuando un reguero de almas intentaba atravesar las aceras recortadas por el calor humano próximas al monumento de la Guardia Civil. A lo lejos se divisaba el fuego de una hoguera y se escuchaba música de la buena, en directo, con banda sonora jiennense para amenizar la espera. La salida quedaba lejos del lugar en el que, tras una enorme fila, se convirtió en el punto de partida de una hora y media de recorrido por una ciudad encendida por el buen ambiente. Media hora después, con los teléfonos móviles en alto para inmortalizar el momento, empezó el trote sobre un asfalto en el que no cabía un alfiler. Hubo que andar hasta la meta que marca el comienzo de diez kilómetros en los que lo que más cuesta, valga la redundancia, son las cuestas, porque todo lo demás es cosa de correr y cantar. Charangas en las esquinas, antorchas, aplausos, mensajes de ánimo... El aderezo para continuar es fundamental cuando apenas se vislumbra el comienzo de la Avenida de Madrid y las emociones hacen que el cuerpo empiece a plantear las dudas propias de alguien que no está habituado a las carreras de fondo. No sé qué tienen las esquinas que hacen olvidar el camino pasado y ayudan a encarar el futuro con la ilusión intacta. El primer tramo de la pendiente rompepiernas no estuvo mal. Las Protegidas sirvieron de descanso. El problema estuvo en el segundo trayecto de vértigo que, sin parar, tuvo la recompensa de alcanzar la Puerta Barrera con ganas de seguir. Imposible parar con el público volcado en corredores que confían a San Antón su propia historia de superación. Adarves Bajos es un auténtico tapón que, no obstante, sirve para recuperar, porque lo que llega después es harina de otro costal. El presagio de la Avenida de los Escuderos hace que haya acompañantes que opten por andar y, en esa rampa de sudor y lágrimas, lo que hace que las piernas vayan una detrás de otra por arte de magia es lo que emana de los allí presentes. “¡Sí se puede, sí se puede!”... Y vaya que se puede. A los pies de “El Abuelo”, en la empedrada Carrera de Jesús, la emoción apacigua la carrera y el agua derramada por los suelos hace temer por la integridad física de los participantes, pero como nada pasa porque sí y no hay mal que por bien no venga, la frenada es la excusa perfecta para contemplar la imagen que se abre después de unos cuantos metros de sufrimiento: la imponente Catedral de Jaén. Quien pueda describir lo que se siente al atravesar la Plaza de Santa María se puede considerar un auténtico privilegiado. Las calles Campanas y Bernabé Soriano son un auténtico lujo para quienes conseguimos dorsal y vestimos nuestra particular camiseta. Imposible notar dolor en un ambiente de reconciliación con nosotros mismos, porque otra cosa que tiene San Antón es que nos hace sentirnos orgullosos de pertenecer a una tierra como no hay otra igual.

Cuando ya parece que está todo hecho, cuando hay momentos en los que da la sensación de que la carrera es para ti misma, llega el tumulto de la Plaza de los Jardinillos y el duro desfiladero hasta el Pilar del Arrabalejo, donde cada uno hace lo que puede mientras se acerca la ambulancia que marca el final de la muchedumbre. Santa Isabel es una gozada después de las subidas para no olvidar y, aunque el trazado es más largo que un día sin pan, lo peor está por llegar. Imposible abandonar después de tanto sufrimiento y, a la vez, enorme disfrute. No queda otro camino que continuar entre la marabunta y, con el alma repleta y las zancadas cada vez más cortas, la rotonda de Blas Infante es el presagio del éxito. La vida concede instantes de felicidad y uno de ellos fue justo en el momento en el que la cabeza ordenaba parar. Si María me dio fuerzas para empezar, Rebeca tuvo el arrojo de ayudarme en un tramo final en el que tiró de mente y cuerpo hasta rematar con lágrimas en los ojos. Y el abrazo. Allí me esperaban María José y Paco, dos nuevos acompañantes en un camino en el que nos quedan otras muchas experiencias más por vivir. En mi primera San Antón llevé a mi madre en el corazón. La segunda la hice de la mano de mi amigo Pedro Jesús. Con él fui capaz de llegar hasta la meta una hora y veintiocho minutos después. Lo hice por ti. Gracias.

Deportes