Actualizado
martes, 18 junio 2019
21:35
h
URGENTE

Les Arts Florissants

Broche de oro, como suele decirse, cuando una sucesión de manifestaciones artísticas finaliza con un evento de gran altura. Y así ha ocurrido en la 31 Edición del Festival Internacional de Música y Danza “Ciudad de Úbeda”. Broche de oro para terminar y botones de oro a lo largo de todo este primaveral mes y medio, como si de la casaca de un zar se tratase. ¿O no han sido “de oro” las visitas de Jordi Savall, del Collegium Vocale de Gante, de Vladimir Fedoseyev al frente de la Orquesta Tchaikovsky de la Radio de Moscú y el pianista Alexei Volodin, o de la Orquesta y el Coro de la RTVE, en sendos conciertos, de Silvio Rodríguez y la Orquesta Nacional de Cuba, del Ballet Nacional de España, de José Mercé y “Tomatito” y de las Hermanas Labècque? Y dicho eso sin contar el estreno mundial de la ópera Lilith, luna negra de David del Puerto, o el ciclo completo de las sinfonías de Beethoven transcritas al piano por Franz Liszt, y yo qué sé cuántas cosas más...

La Sacra Capilla del Salvador se ha constituido en marco absolutamente adecuado e incomparable para el concierto que nos ofreció el “ensemble” vocal franco-británico Les Arts Florissants. Esta agrupación musical, de tamaño harto variable en función de los requerimientos de la/s obra/s a interpretar, es un conjunto de ya larga trayectoria —40 años— y fama absolutamente acrisolada en todo el mundo como intérpretes de la música renacentista y del barroco. Su nombre es el mismo de una ópera del francés Marc-Antoine Charpentier (1643-1704), Las Artes Florecientes, que glosaba la vitalidad de las artes durante el pacífico reinado del rey Luis XIV y que fue adoptado al ser la primera “gran” producción de este grupo musical.

El formato con que se presentó Les Arts Florissants en nuestro Festival fue el de un sexteto de voces mixtas, dos sopranos, una contralto, dos tenores, uno de los cuales era Paul Agnew, director del grupo, y un bajo. Y con esa economía de medios, dieron luz a un programa, no del Barroco, sino íntegramente inmerso en sus tiempos previos, esto es, en el Renacimiento. Con alguna salida hacia la música sacra, todo fue una muestra, al igual que ocurrió al comienzo del Festival con el Collegium Vocale de Gante, del género fundamental que uniría los modos sacros con los profanos, dando paso desde allí prácticamente toda la música que seguiría desde entonces; nos referimos, cómo no, al madrigal. Un motete de Orlando di Lasso comenzó el recital que nos mostraría, en su primera parte un variado abanico de los madrigalistas italianos de aquel tiempo: Pomponio Nenna, Monteverdi, de Rore, Michelangelo Rossi, para terminar con un animado madrigal de Luca Marenzio. Previamente a éste, nos detuvieron la marcha, cambiando el rumbo de la propuesta musical mediante dos piezas religiosas que dejaron el tiempo en suspenso. El fluir solemne y serio de estos motetes, alteraron durante diez minutos el ambiente popular y a veces desenfadado de esta mitad del concierto. La música nos sobrecogió y, más aún su autor, Carlo Gesualdo, que iba a protagonizar toda la segunda parte.

¿Cómo era posible que un hombre de disipada vida, pendenciero y asesino de su propia mujer, que acabaría muriendo en extrañas y violentas circunstancias, pudiera componer aquella impresionante página dedicada a la Virgen, “Maria mater gratiae”? Una posible respuesta sería que nos encontrábamos ante una inteligencia y una sensibilidad musical de absoluto primer orden, capaz de sobrevolar a unos modos de vida abominables, que, podríamos pensar, posiblemente provenían de su alta alcurnia, pues era un riquísimo aristócrata del sur de Italia —Príncipe de Venosa—, y que también esta noble cuna le pudo deparar algo que casi ningún músico importante de su tiempo tenía: libertad.

Carlo Gesualdo da Venosa (1566-1613) no tenía “señor”, no dependía de nadie. Y contra lo que a veces suele pasar en estos casos, era poseedor, además de fortuna material, de una gran riqueza intelectual y, evidentemente —oído lo oído—, espiritual, aunque esto fuera, como hemos dicho, sólo “a tiempo parcial”. El príncipe de Venosa no tenía que consultar a nadie sus composiciones, y se ve que su audacia vital iba paralela a la que tenía como creador en la música. Así, sus obras profanas, sus madrigales, una muestra de los cuales pudimos oír monográficamente en la segunda parte de la actuación de Les Arts Florissants están llenas de atrevimientos e inventiva, con gran variedad de situaciones y disonancias, todo con una belleza y perfección dignas del mejor de los músicos de su tiempo.

Ni que decir tiene que los seis cantantes, británicos todos en esta ocasión, se desempeñaron de manera magistral, con una afinación, idiomatismo y precisión solo encontrables en grupos “di primo cartello”, y que las nobles bóvedas de la capilla de El Salvador, que seguramente se construyeron a la par que muchas de las obras escuchadas en el concierto y que —¿quién sabe?—, a lo mejor, un hombre tan poderoso como Don Francisco de los Cobos (quien encargó la construcción de este recinto monumental), que fue capaz de traer a Úbeda la única imagen de Miguel Ángel Buonarroti que hay en España —su “San Juanito”—, no creemos que tendría problemas en acercar desde Italia hasta su palacio vecino de la sacra capilla algunas de las obras profanas que se ofrecieron en esta velada, cantadas incluso por intérpretes de aquella tierra. Los largos aplausos del público allí presente llevaron a los Florissants a repetir la obra de partida: el motete Concupiscendo concupiscit de Orlando di Lasso. Marco incomparable, música fundamental en la historia, intérpretes de primerísima fila: broche de oro para un gran Festival.