La bedmareña Socorro Mármol, ganadora del IV Premio Internacional de Poesía “Diario JAÉN” también estuvo presente en el acto de proclamación de la obra ganadora de la quinta edición del certamen. Comenzó su intervención con un soneto nacido y pensado expresamente para la ocasión:
SocNeto – 26/2026
Vengo de la emoción de la palabra
que, letra a letra, hurga en cada fibra.
Que nivela, que allana, que equilibra
el bancal de papel que siembra y labra.
De mi libro acecho que se abra
por la página exacta en la que vibra
la inmaterial batalla que se libra
donde la tosquedad se hace macabra.
Rebasé la ignorancia, ciego foso
donde algunos estériles geómetras
calculan su mercado tenebroso.
Soy hija de un trayecto clamoroso
a través de la fronda de las letras.
Creedme: no hay viaje más hermoso.
Impregnada como de historias propias y ajenas, fue hasta el Instituto Cervantes de Nueva York para dar fe de que lo vivido por ella es extrapolable a cualquiera que tenga una historia propia que contar, que quiera contarla, que encuentre un medio dispuesto a dar cuartelillo entre páginas numeradas a nuestras criaturas, y quiera recibir a unas criaturas lectoras de medios, recetas y hojas sueltas. “Hablando de medios, aquí está Diario JAÉN, paseando su ruralismo prodigioso como me gusta llamar a su peculiar estilo de mirar nuestra tierra−por una de las urbes más cosmopolitas del mundo, y haciendo que mi canto del cisne literario resuene por encima de vuestras cabezas hasta llegar al infinito, ese infinito al que yo me iré más pronto que tarde, dejándoos, eso sí, la herencia que cualquiera de nosotros podemos dejar, por muy desheredados que nos creamos: el patrimonio de la palabra”. A continuación, compartió un cuento con los presentes:
Dijo así, un día, una hoja blanca de papel:
−Me he formado blanca, nítida, inmaculada y pura, y así seré hasta la eternidad. Prefiero quemarme y volverme ceniza blanca antes de permitir que me mancille la negrura y me macule la suciedad.
Escuchó un tintero aquellas afirmaciones y se rió en su negro corazón, pero no se atrevió a tocar a aquella hoja blanca de papel. Oyéronla también las plumas, y tampoco la tocaron. Y así permaneció la hoja de papel: blanca, nítida cual la nieve. Pero... vacía. ¿No resulta inquietante, y hasta algo “oscuro”, eso de ser tan blancos que acabemos por permanecer en blanco...? ¿Y solos...? Cerremos mi estancia ante ustedes con uno de esos poemas tan visuales como brevísimos con los que pareciera que el corazón estalla de pura contención. Un par de haikus:
Blanca la hoja.
Bendita sea la mano
de quien la escriba.
Yo, piel mestiza,
derroché mi blancura
con mil historias.
“¡Escribid! Es una manera de despachar la soledad letra a letra hasta hacernos híbridos con el mundo. ¡Escribíos! Es sanador y conduce a la inmortalidad. Pero, antes... leeros en vuestro interior. Os sorprenderéis a vosotros mismos de la cantidad de gente que cabe en uno solo. Y... ¡Leednos! Porque es justo y necesario”, concluyó.