“Mi estilo es muy particular y es mi seña de identidad”

ANDRÉS ORTIZ TAFUR, POETA Y ESCRITOR

30 sep 2020 / 14:17 H.
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El amor y su crudeza son dos de sus temas recurrentes. En su última obra, El agua del buitre, vuelve al cuento, un género en el que, además de sentirse cómo, está más seguro de sí mismo. Espera que los lectores aprecien su evolución, aunque inconscientementes intenta que se note el cambio entre sus primer y últimas obras.

—Regresa al cuento en El agua del buitre. ¿Qué se encontrará el lector conocedor de su obra anterior?

—Sin tener demasiada conciencia de ello, creo que eso ha sido lo que más me ha preocupado en la escritura de estos cuentos, seguir avanzando, intentar que a los que ya son mis lectores les cueste reconocerme a la primera. Y digo de manera inconsciente, porque ese intento de no repetirme, de no descubrirme en los personajes e historias, sí ha sido mi principal ocupación, casi una obsesión. Escribí mis tres anteriores libros de relatos en muy poco espacio de tiempo, menos de cuatro años. Y cuando inicié la aventura de El agua del buitre, muy al principio, me llegó a suceder eso: sentarme a escribir y sentir que, de algún modo, me estaba reescribiendo, sin romper el hilo de esos otros tres libros. Así que decidí parar, darme unos meses, un año, dedicarlo a leer, y afrontar, ya sí, estos nuevos relatos.

—¿Y los que no conozcan su obra?

—Dicho lo anterior, mi estilo es muy particular. Esto, por más vueltas que le dé, y a Dios gracias, se ha convertido en una de mis señas de identidad. Hace algunos días, el escritor Luis Foronda, que me acompañará en la presentación de Úbeda, el próximo 16 de octubre, me decía que él me calificaría como “surrealismo sucio”. Y sí, creo que da en la tecla, que encierra muy bien por dónde van mis creaciones. No hay fantasía, ni ciencia ficción; pero sí empleo mucho el absurdo, situaciones poco verosímiles, para terminar dibujando mi visión de la realidad. Ojalá a esos nuevos lectores les guste. Ya se sabe, uno siempre quiere sumar y espero que El agua del buitre venga a incrementar ese número. Y, en cualquier caso, ambos, los que ya me venían leyendo y los nuevos, se van a topar con una imagen maravillosa del Nono Guirado en la portada. Un regalo impagable, que ya me acompañará siempre.

—¿Es el género en el que se siente más cómodo a la hora de crear?

—Eso me empeño en decir. Pero también me sentí muy cómodo escribiendo Mensajes en una botella que estoy acabando, el poemario que publiqué en 2018 con Juancaballos, el brazo editorial de la Fundación Huerta de San Antonio. E igual me ocurre con mis colaboraciones en prensa. Cómodo no sé. Sí es cierto que se trata del género en el que me siento más seguro, que no es poco.

—¿Cuáles son los temas más recurrentes de su obra en general y de esta última en particular?

—Hay mucho lío amoroso en mis cuentos, muchos conflictos de pareja. Siempre. Y personajes que no cesan de deambular en busca de la felicidad o de los motivos por las que esta se les fue. No obstante, en El agua del buitre, hago una especie de compendio de los males de nuestro tiempo, de esos dramas que nos sacuden a diario, tanto en lo personal como en lo colectivo. Hay gente mayor sola, hay violencia de género, bullying... En fin, sin engaños: no es la alegría de la huerta esta compilación de relatos. Pero, aun sin moralejas de ninguna clase, porque siempre intento huir de ellas, creo que, en la medida de mis posibilidades, su lectura puede venir a enfrentarnos a ese espejo, el de nuestra realidad, y tratar de reconducir camino.

—¿Cuándo estará a la venta, en qué formato y dónde se podrá adquirir la obra El agua del buitre?

—Ya está en librerías. Y si no se encuentra en alguna, se puede encargar sin problemas, que en cosa de uno o dos días te lo traen. Cuenta con muy buena distribución “Baile del sol”, la editorial que ha apostado por el libro, a la que aprovecho para agradecer la confianza aun en este año tan malo. El formato: papel. Supongo que dentro de unos meses llegará en formato digital, pero, por ahora, papel.

—Se define, al menos en su biografía de Twitter, como escritor y vago. ¿Qué hay de verdad? ¿Cuánto tiempo le ha costado que El agua del buitre salga a la venta?

—Es que me echa para atrás esa manía por ensalzar la capacidad de trabajo y esfuerzo de las personas. El trabajo no es importante, es indispensable, porque nos permite comer, ya está. Sin embargo, nos empecinamos en encumbrarlo por encima de otros quehaceres o circunstancias, a la hora de valorar a la gente. En fin, de ahí mi amor y mi idolatría hacia la vagancia. La escritura de El agua del buitre me la he tomado con mucha calma. La compaginé con la de Mensajes en una botella que estoy acabando. Y le he dado muchas vueltas a los descartes. Finalmente, lo componen 18 cuentos, pero en la carpeta llegó a haber más de treinta.

—No es la primera vez que presenta una de sus obras en Linares, su ciudad natal. ¿Le provoca eso un sentimiento especial?

—Todos mis libros, y siempre con los amigos de la librería Entre Libros. Ellos promueven un certamen anual de cuentos, y aunque no fue el primero que gané en mi vida, sí fue el primero que se transformó en un libro. Linares es mi casa, mi vida, allí tengo a mis amiguitos del alma. Y este sábado sé que me voy a dar una buena borrachera de ellos. Lo mejor, en realidad, de este camino.

—¿Es difícil ser profeta en la tierra de uno como suele decirse?

—No me quejo. Cobro por mis colaboraciones en prensa, algo bien difícil en estos tiempos. Hasta el momento, consigo que distintas editoriales apuesten por los manuscritos que les envío, algo también sumamente complicado en la actualidad, en la que prima tanto la autoedición. Me hacéis caso, prueba de ello es esta entrevista... En fin, me abro camino, sin ninguna aspiración. A mí, aunque suene a mentira, me basta con que mis perros muevan el rabo cuando me ven volver a casa.

—¿En qué ha cambiado su manera de contar historias desde su primera obra hasta la última?

—Esta pregunta la contestarían mejor los lectores. Yo trato de mejorar, de leer mucho para conseguirlo, porque pienso que no existe mejor manera. Como apuntaba más arriba, me empeño en reinventarme, en seguir divirtiéndome. ¿Evoluciono? Quiero pensar que sí. Pero el tiempo lo dirá.

—¿Cree que cobra más importancia la palabra escrita en los tiempos que corren? Me refiero al auge de las nuevas tecnologías y a que se prime el valor de las imágenes, la importancia del directo y el “cuanto antes mejor”.

—Lo tenemos muy, muy difícil los que nos dedicamos al oficio de escribir. Existen tantas maneras de pasar el tiempo, además de con un libro, que casi se me antoja una heroicidad y un acto de rebeldía cuando veo a la gente joven leyendo. Pero no nos vencerán; no hay plataformas televisivas, etcétera, que puedan con algo tan mágico como los libros.

—¿Es cierto eso de que vale más una imagen que mil palabras?

—Depende de la imagen y de las mil palabras. A veces, una palabra aplasta a un millón de imágenes.

—¿Cómo se siente en sus incursiones al Periodismo a través de la ventana que le da Diario JAÉN?

—De maravilla, sin peloteo de ninguna clase. No es la primera vez que colaboro en este y otros medios, casi siempre sobre temas políticos, candentes. Pero esta ocasión en concreto está resultando muy especial porque Juan Espejo, pese a pedirme al principio que tratara de escribir sobre temas relacionados con la provincia, me consiente que le desoiga y que lo haga sobre la que se me antoja; un hecho que, en la medida de mis posibilidades, me permite crear un espacio que yo, al menos, echo en falta en la mayoría de periódicos: la literatura, historias exentas de rabiosa actualidad.

—¿Cuál cree que es el mayor problema de una provincia como Jaén, tan rica y tan dispar?

—El negacionismo que las instituciones emplean con nosotros. Todas, sin librarse ni una, actúan como esos locos que se empeñan en decir que la covid-19 es un invento. Todas, con el favor de todos los partidos políticos —de nuevo sin salvar a ninguno—, nos ningunean. Necesitamos gritar basta. Unidos, sin las clásicas luchas estúpidas y estériles que se crean entre Linares y Jaén, o Úbeda y Baeza, Segura y Cazorla.



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