LA ENTREVISTA
La poesía de Ángel Rodríguez López (Jaén, 1982) ha ido construyéndose al margen de las urgencias editoriales. Logopeda de profesión, especializado en neurología, su trabajo con el lenguaje ha impregnado una obra en la que las palabras son una herramienta para explorar la condición humana. Desde la publicación de “Poesía para perdedores” en 2011, su trayectoria ha ido consolidándose con títulos como “Nombres escritos en la corteza de los árboles”, “La Gabia” y “Pequeñas canciones para un circo mudo”, además de una constante presencia en revistas editoriales.
—”Trapo” es su quinto poemario. ¿Cómo siente que ha evolucionado su poesía a lo largo de estos cinco libros?
—Noto una diferencia importante entre el primero, Poesía para perdedores, que publiqué con 22 o 23 años, y este último. Aquel era un libro mucho más visceral, mucho más duro, con una versificación más violenta. Trapo es un libro más apaciguado, con un ritmo casi salmódico, más lento. Sí, noto que ahora mi poesía es mucho menos desgarrada.
—El título es llamativo, ¿qué simboliza “Trapo”?
—El libro está dedicado al que fue mi galgo durante trece años. Se llamaba Trapo porque me lo encontré hecho un trapo: completamente abandonado y en un estado muy lamentable. No todo el poemario gira en torno a él, pero sí hay partes en las que no se diferencia bien dónde está el humano y dónde está el perro. Se crea una especie de diálogo ficticio con él y se utilizan recursos que construyen realidades paralelas y situaciones con giros surrealistas.
—Es logopeda especializado en neurología, ¿influye su trabajo en su escritura?
—Creo que influye en el amor que siento por la palabra y la capacidad que tiene el lenguaje. Trabajo con pacientes que no son capaces de expresarse, y eso te hace darte cuenta de la libertad que supone transmitir un mensaje de una persona a otra. Creo que mi profesión tiene una relación muy directa con el hecho de haber decidido escribir poemas.
—¿Qué espera que encuentre el lector en “Trapo”?
—Espero que encuentre a Trapo. No espero otra cosa. Espero haber sido capaz de que el lector entienda el vínculo que hay entre un ser humano y su compañero. Que descubra la ternura irreductible del perro, el respeto, la dignidad de un animal de compañía y el vínculo inexorable que supone el tenerlo contigo.
—Después de cinco libros, ¿qué le sigue motivando a escribir?
—Lo que me impulsa a escribir es la capacidad de crear realidades paralelas, de tener una mirada diferente sobre el mundo. El mundo actual, sinceramente, no me gusta demasiado, y poder crear otros mundos utilizando herramientas reales me parece algo asombroso.