José Montané: “Reivindico la revisión del patrón de artistas plásticos”
El artista plástico y docente, jiennense multidisciplinar, intelectual sin jerarquía y creyente de la política, hace un repaso por su pensamiento y obra con la excusa perfecta de la pintura oculta que muestra en los Salones Provinciales de la Diputación
LA ENTREVISTA
Hasta los materiales con los que dio vida a las obras que expone en las Salas Provinciales de la Diputación son fieles a la originalidad del personaje, un artista plástico poliédrico, complejo, dispuesto a dinamitar protocolos y a alterar el orden para poner orden. José Ángel Montané Ramírez (Córdoba, 1948) desnuda su pintura oculta en “Memoria del paisaje”, una muestra de ayer y de hoy que, como el autor, va por libre. La exposición es la excusa perfecta para adentrarse en las interioridades de la multiplicidad del fotógrafo, docente, pintor y facedor de todo lo que maquinea su mente y ejecutan sus manos.
—¿Cómo justifica su exposición?
—Este material es producto del trabajo de hace años, y de la investigación. Yo no me conformo con trabajar en los campos habituales. Si justifica algo mi dedicación a las artes plásticas es el ensayo, también en la fotografía, con la que conseguí el Premio Constitución, cosa que en Jaén no se conoce. Y me agrada.
—Dice Juan Manuel Molina Damiani que es usted un carrusel.
—No sé a lo que se refiere... Yo soy un espíritu móvil, una vitalidad que me ha ayudado en los tiempos difíciles, como el deporte.
—¿Cuál es la memoria del paisaje de su infancia?
—Mi paisaje infantil está lleno de grises y de negros, por lo que tengo un recuerdo muy malo y no he sido capaz de llevarlo a ninguna modalidad plástica. Mi residencia en Baeza y la cercanía con Úbeda en el tiempo en el que estuve destinado a la Escuela de Arte me sirvió para compaginar esto con la lectura de “Beatus Itle”, porque en el texto de Antonio Muñoz Molina fui capaz de vislumbrar ese paisaje que pude constatar que estaba allí, en esas vaguadas y esas caídas que hay desde la iglesia de San Lorenzo que tan bien conectan con las huertas. Quise exponer estas obras en Úbeda, pero el Ayuntamiento perdió el expediente. También se lo ofrecí a Baeza, pero tampoco me contestó. Menos mal que me han dejado ahora aquí.
—¿Puede explicar ese salto desde la infancia a Úbeda?
—Porque la realidad es que la exposición se refiere a la memoria del paisaje que, mediante la técnica pictórica, salió en aquellos tiempos. Era entonces concejal, cuando me debía a mi trabajo político y dedicaba cuatro ratos a este material expuesto.
—¿Por qué estuvo la pintura de José Montané oculta?
—No quise compaginar la labor estética ni con la política ni con la educación, porque hay que ser honesto y, además, demostrarlo. Qué hubieran dicho si un concejal de Cultura ofrece sus cuadros al comercio...
—¿Cuestión de valores?
—Sí. En general, la obra plástica no tiene que estar obligatoriamente destinada al consumo, es decir, la idea del profesional de la pintura de relacionar pintar con vender es algo con lo que yo no estoy de acuerdo, porque tampoco he vivido yo del arte. Hay una cuestión intermedia en la que cada cual pone en juego sus propios valores.
—¿No vende sus obras?
—Ahora sí puedo vender, pero a quien yo quiera y bajo las circunstancias que acordemos. De hecho, hay algunos ya reseñados.
—¿Le cuesta desprenderse?
—Sí, en cierto modo, aunque la imagen ya la tengo catalogada.
—¿Qué tiene en mente ahora?
—Estoy pendiente de varios trabajos más. Tengo una despensa grande. Por un lado, la “Vera Icona”, que es una carpeta donde, desde la pintura transfiero la imagen al vídeo, es decir, establezco una correspondencia en un trabajo plástico que creo que es muy interesante. Por otro lado, la “Canasta de Caravaggio”, una pieza única a través de la multiplicidad con nuevos medios de reproducción con los que se puede contar una historia. La “Vera Icona” rastrea los antecedentes del paño de la Verónica, con sus pros y sus contras, compilados en un cuadernillo. Después, hay veinticinco rostros que muestran, sin ver mis manos, cómo la pintura va avanzando. Todo ello ha sido grabado en alta definición y permiten ver la correspondencia de algo que es pura especulación, que es necesaria en el arte y en la política, porque los tiempos que vienen son de mucha trascendencia.
—¿Con qué objetivo ensaya?
—El objetivo es encontrar y proyectar una imagen inicial en algo de mayor condensación e interés para el espectador, que se aburre en las salas de exposiciones. En Jaén hay un tufillo seudoconservador o seudoacadémico, seudo siempre... Son transvanguardistas todos estos que ya pasaron a la historia, tuvieron su tiempo. Lo que viene ahora es una especie de nube densa de eclecticismo que consiste, básicamente, en estar a gusto, y en el fondo hay un nuevo academicismo que pretende negar la evidencia.
—¿Cuál es la evidencia?
—El camino que ha llevado el arte hasta aquí, con las vanguardias incluidas. ¿Por qué no?
—¿Con qué mirada hay que acercarse a “Memoria del paisaje”?
—Con curiosidad. Yo no pretendo convencer a nadie. Cada cuadro tiene su energía, su sentido y es muy distinto uno del otro. Todo eso se basa en un experimento que tiene que ver con la geometría del cuadrado, cuya descomposición de la figura puede dar lugar a rectángulos que están en proporción con la base a través de perpendiculares y diagonales. Me llamó la atención en su día, aunque no todos están bajo esa influencia. Ya no volveré a hacerlo, entre otras cosas porque están hechas con pigmento en polvo que ya no existe.
—¿Es un paisaje idealizado?
—La analogía no se relaciona con la realidad. Puede haber cierta sintonía analógica con la realidad, pero nada más. Por eso se llama “Memoria del paisaje”. He observado el sol, cómo cambiaba, lo dejé grabado en mi cabeza y, después, me puse a trabajarlo.
“El objetivo es encontrar y proyectar una imagen inicial en algo de mayor condensación e interés para el espectador”
—¿Cuál es el lenguaje pictórico de José Montané?
—Trabajo mucho con la tablet. Últimamente he hecho un trabajo de investigación sobre la figura de ese Jesús Nazareno hecho a finales del siglo XVI y principio de XVII y que tiene un sentido enigmático para mí, no sólo por la autoría, sino por todo lo que supone el fenómeno de los Nazarenos en Andalucía y en toda España, incluida la cercanía de San Juan de la Cruz, que estuvo mucho por aquí. Es importante el entorno antropológico, porque la gente quería un muñeco para vestir... Y en eso estamos.
—¿Por qué se desenganchó del vagón de artistas de la época, por ejemplo, de Carmelo Palomino?
—Con Carmelo Palomino no me desenganché. Yo tengo un concepto muy diferente. Estos seudoacademicistas pretenden hacer ver a la opinión pública que con la mano se soluciona todo, pero la mano sirve para lo que sirve, porque la mano ejecuta y ordena la cabeza, algo que dijo ya Da Vinci, es antiquísimo. Eso conduce, al final, a un nivel de capacidades que, más que artísticas, son artesanales. Yo creo que el arte requiere más terraza (se toca la cabeza) que otra cosa.
—¿La complejidad del personaje es acorde con la de su obra?
—No lo sé. Procuro abordar la vida con sencillez. Esta exposición, por ejemplo, es radiográfica, de tal forma que no tiene nada que ver con lo de ahora.
—¿Qué es lo de ahora?
—Estoy trabajando en “Grajerío”, que empecé con Carmelo Palomino, pero se hizo imposible, porque él llevaba una vida en consonancia con su arbitrariedad. Siempre nos respetamos y tuvimos una amistad muy seria, con mucha distancia cuando había que tenerla, pero éramos afines en muchos aspectos, porque a él tampoco le gustaba el mamoneo. La verdad es que el resto de la pandilla no ha contado conmigo cuando se han hecho exposiciones. Es curioso. Yo he participado en muestras colectivas fuera de Jaén, que es donde yo me desenvolvía, por aquello de no contaminar mis relaciones políticas. Reivindico, porque no se puede ser egoísta, que se revise el patrón de artistas plásticos de la provincia. Jaén tiene una deuda con muchos de ellos.
—¿Por ejemplo?
—Nacho Criado. Es un artista plástico de Mengíbar, que se fue a Madrid y falleció muy joven, pero su obra debe ser expuesta, y la provincia, que yo sepa, no lo ha tenido en cuenta. También Miguel Arjona, un pintor muy reconocido al que no me gusta encasillar, porque una cosa es la técnica y otra el estilo. Yo, en esta exposición, puedo tener rasgos de expresionismo, pero no soy expresionista.
—¿Tampoco le gusta que encasillen su obra?
—Es que creo que es un error de la propia historiografía del arte. Es ganas de confundir. Esto es muy complicado, merece una tesis doctoral.
—Docente, fotógrafo, pintor, creador audiovisual. ¿Cómo se define exactamente?
—Yo soy un facedor de imágenes, me gusta el término. Hago imágenes y algunas cosas más, porque no me gusta una sola cosa, eso es muy aburrido.
—¿En qué situación se siente más cómodo?
—Yo me siento cómodo trabajando. Me gustó la Educación, en Magisterio, con los maestros y maestras pasé muy buenos y malos ratos, sobre todo cuando vi que había alumnos de Quesada y no conocían a Rafael Zabaleta. Mal lo estamos haciendo. El arte y la educación se tienen que revisar continuamente, no podemos seguir con patrones de hace veinte años, ni de diez siquiera, no somos conscientes y, sin embargo, de ahí vienen muchos entuertos. Ahora estamos viendo los resultados de no explicar el Franquismo ni la Transición.
—Es usted muy crítico...
—Siempre. Yo en un periódico duraría una semana. Lamentablemente, creo que hace falta crítica, porque si no hay, falta democracia. Se tienen que sostener las instituciones. Esta sala, por ejemplo, si no fuera pública, yo no podría hacer esta exposición. En Madrid me cobraban por una sala buena, no la mejor, seis mil euros por el alquiler, y luego me pedían el cincuenta por ciento de la venta. Yo eso no lo podía pagar y, además, no me daba la gana, porque para qué tengo yo que enseñarle esto a los madrileños, si se debe a la provincia de Jaén. Tengo que agradecer, expresamente, a Vicente Barba, que me ha gestionado esto con una solvencia extraordinaria. También doy las gracias a la diputada de Cultura. Cuando no exista lo público, tendremos menos democracia y más problemas. El arte no está en otra dimensión.
—Tuvo escuela política en su familia, también periodista. ¿Algún referente?
—Mi familia... Mi abuelo fue diputado del partido conservador y periodista de la regeneración, aunque no lo llegué a conocer, aunque me habría venido muy bien por muchas cuestiones, pero la vida es así. Yo tengo los apellidos de mi madre, que fue la que tiró de esto para adelante, porque siempre hay una mujer en todos los episodios personales. Tuve vocación artística desde el principio, pero luego me atrajo la política porque no podemos estar cruzados de brazos. Ambición, no. Me invitaron a participar en cuatro legislaturas y la primera no sé si me resistí mucho, pero las siguientes, sí.
—¿Por qué lo hizo bajo el paraguas del Partido Socialista?
—Porque no tenía militancia en ese momento. Yo creo que soy el último o penúltimo fundador de “Cauce” que existe vivo. Por eso me gustaría que la rotonda del pino se llamara Ronda de la Asociación de Vecinos Cauce, porque el asociacionismo está por los suelos y qué menos que rendir honores a aquel grupo de gente.
—¿Le preocupa la ciudad?
—Mucho, porque tiene la manía de votar al conservadurismo y no deja que se prueben otras cosas. A nosotros, después de hacer muy buena gestión, nos mandaban a la oposición. En aquellos tiempos había una Izquierda Unida que tenía un escalón suficientemente alto para apoyarse en él y gobernar. Me consta el esfuerzo que hace el actual alcalde, pero si faltan recursos, tenemos las mismas. También hace falta el impulso ciudadano, necesitamos grandes tareas que la gente apoye. La ciudadanía no puede estar en un estado de observación permanente, hace falta implicarse, y Jaén ha sido siempre para eso una ciudad muy mala. Ya lo dijo Miguel Hernández. Los proyectos que son atrayentes y tienen viabilidad encuentran la suma de la gente, eso es seguro.
—Usted es de la escuela de Cristóbal López Carvajal. ¿Le pasó factura su fidelidad?
—Cuando Gaspar Zarrías hizo aquello que yo llamé golpe de Estado, me consta que fui el único que no fui a reclamarle un cargo. Yo tenía claro quién era Cristóbal López Carvajal. Si hay una persona que me llama y no es de mi confianza... no. Las cosas hay que hacerlas con seriedad. Lo mismo que, cuando te regalan en Navidad una cesta, hay que devolverla, porque después puede venir un soborno.
—¿Devuelve usted los regalos?
—Yo he devuelto todos los regalos que me han hecho en mi vida.
—¡Qué desagradecido!
—No. Se hace con buena intención, pero mi norma es que no. Tampoco esto tiene mérito, el mérito está en aguantar cuatro años una legislatura sin presupuesto. Los ayuntamientos están mal y seguirán peor si no hay una nueva ley de financiación. Es como lo que ocurre en Jaén, que no se acomete la reforma de Martínez Molina y es un galimatías. Esa zona está sin solución y hay que hacer una cirugía de precisión. Nuestra razón de ser no es el mundo musulmán, sino el romano, pero aquí nos hemos empeñado en hacer un Museo de Arte Ibero, cuando hace falta un Museo de Arte Arqueológico. Todos los restos que hay están en naves.
—Ya no se hacen tantas cosas en política, Lagarto Rock, San Antón... ¿Considera que falta imaginación o dinero?
—Falta imaginación. Yo, cuando no hacía estos cuadros, volcaba mi esfuerzo en cosas para Jaén. La Carrera de San Antón es una obra personal y el Lagarto Rock existía como festival, pero acabó a tortas con el grupo Semen Up porque no dejaron que actuaran grupos de Jaén teloneros a los que yo defendía. Así que se acabó el festival y organicé un concurso que empezó como provincial, continuó como regional y, al tercero, nacional. Esto abrió las puertas a los grupos de Jaén que antes se morían de asco. Me dejaron tirado, pero cuando las cosas salen bien, se dan la vuelta y aparecen a compartir los beneficios del éxito.
—¿Se ha pervertido la idea original de San Antón?
—Yo creo que la Carrera de San Antón no debe tener crono. Hay una concejala de Deportes, creo, a quien corresponda que tome nota, porque es un follón apuntarse. Este año me he visto negro para conseguir un dorsal. La gente empezó a hacer ejercicio gracias a esta iniciativa. Antes habíamos inventado fórmulas como “Pon un chándal en tu vida”, los domingos cortábamos el Gran Eje... Sin embargo, la finalidad higiénica del ejercicio hoy se está viendo, porque hay menos gente que pasa por los médicos porque corre la San Antón. O la Milla Urbana, o la Media Maratón. Las tres son mías. Me quedé con la gana de hacer la Maratón, pero... Lo de la Carrera de San Antón ha sido una vergüenza. Yo nunca he pedido que me condecoren, pero...
“En aquellos tiempos había una Izquierda Unida que tenía un escalón suficientemente alto para apoyarse en él y gobernar”
—Fue duro cuando el Ayuntamiento decidió cambiar la fecha. ¿Está superado?
—Tengo que reconocer que aquella idea romántica mía del 16 de enero no era, probablemente, la correcta. Lo que no puede ser es que la gente, en veinte minutos, se quede sin dorsal. Y, además, mentalizar que esta carrera no es para cronometrar, sino para hacerla y terminarla bien, aunque haya atascos y caídas, no pasa nada. Este año tuve una lesión y no pude correr, pero espero poder hacerlo el año siguiente, yo no me rindo.
—Usted dignificó la Feria de San Lucas y apostó por Joaquín Sabina cuando en Úbeda no le hacían mucho caso. ¿Le gusta presumir de sus éxitos?
—No, no, yo nunca presumo de mis éxitos. La feria de Jaén no tenía pregonero cuando yo llegué. El primero fue un escritor de Cádiz, Quiñones, tengo el original, donde no escribió nada. Sacó un papel, se encaramó al balcón y pidió una guitarra con la plaza llena de gente. Había un concejal que la tenía en su casa y la trajo. Salimos del atolladero como pudimos. Luego lo dio Manuel Urbano. A Joaquín Sabina lo traje varias veces porque no tenía conciertos y necesitaba trabajar, por lo que, cuando le dije lo del pregón, me dijo, coño, pues voy a ir porque en mi pueblo no me hacen ni puñetero caso. Vino a despecho de Úbeda.
—¿Qué le quedó por hacer en sus cuatro mandatos como edil?
—No lo sé. Quizás esto que decía antes de la conexión y el desarrollo de La Magdalena. Hay que hacer un gran aparcamiento, ver qué hay en el colegio y, sobre todo, en el subsuelo.
—¿Ya no hay agitadores de la cultura popular jiennense?
—No, entre otras cosas porque hay un decrecimiento de la democracia muy grande, la clase política está denostada y se han ocupado todos, unos más que otros, de que la política sea algo repudiante, y no es así. Vivimos en un estado de descomposición tan grande que veremos a ver cómo acaba, bien no, desde luego, si seguimos así. Espero que la gente reaccione, porque se tiene que ir siempre hacia adelante, en mayor o menor zancada, los retrocesos no son buenos. Estas ciudades pequeñas necesitan, sobre todo, financiación. Los alcaldes y alcaldesas necesitan ayuda, porque mucho aceite de oliva, pero...
—¿La última vez que colaboró fue con Carmen Peñalver?
—No, no. La última vez que colaboré fue con la campaña electoral de Manolo Fernández como candidato a la Alcaldía. Hice unos vídeos sobre el estado en el que estaba la ciudad, que era espantoso, pero no sé si tuvieron repercusión suficiente.
—¿Echa de menos la política?
—No, yo la política la vivo, pero con mayor mesura. Hoy en día creo que tiene que haber entendimiento y diálogo, porque el estatus de vida que tenemos no puede ser, porque los hombros están para arrimarlos, no sólo para sacar procesiones.
—¿Qué pasa con la esencia jaenera de la Semana Santa?
—Ha desaparecido. Hace un año leí a alguien que decía que la Semana Santa de Jaén es un remedo de la de Sevilla. ¿Quién es responsable? Ya no es sólo que los tronos vayan a costal, porque cuando dicen eso de “todos por igual, valientes”, no saben lo que dicen. Se lo comenté a uno de una cofradía. El origen de esa frase está en Sevilla. En los años veinte o treinta, los costaleros iban pagados y eran cargadores del puerto y albañiles, con buenas espaldas. En aquellos tiempos había capataces que hacían la selección y decían quiénes servían y quiénes se desechaban. Me parece que daban dos duros por procesión y cobraban según la posición que tenían debajo del trono, lo que creaba malestar. Llegó un momento en el que se produjeron muchas renuncias y hubo un capataz que puso orden y dijo que aquí vamos a cobrar todos lo mismo. De ahí viene eso de “todos por igual, valientes”. ¿Eso qué tiene que ver con Jaén?
—¿Cómo son los paseos de José Montané por Jaén?
—Paseo y corro un poco, aunque prefiero trotar. Ando por la Carrera de Jesús y el entorno de la Catedral, antes de que desaparezca el friso gótico que hay ahí, porque al paso que va, como le cae el agua a plomo desde 2005, cuando el Ayuntamiento puso un tubo en un lugar de una gárgola en la esquina sur, golpea la piedra y desaparecerá... Yo suelo pasear por la zona vieja, pero está mal iluminada, hay mucho tráfico y demasiados espacios que no tienen sentido.
—¿Y la salud?
—Bien, ahora mismo estoy sin tratamiento de nada, porque me he negado a tomarlo. Tengo alguna molestia en los pies y una lesión que me hice en el gemelo por no calentar. Ha llegado un momento en el que he desistido de tomar fármacos y me va bien. Ya estamos en el final de la recta. Por eso hay gente que dice que esta es mi exposición necrológica.