El pintor Francisco González Díez “Gonzho”: “Es un privilegio ser del 6% de los que viven del arte”

Completo recorrido por la trayectoria vital y creativa de un jiennense internacional

05 ene 2026 / 09:31 H.
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LA ENTREVISTA

La evolución de su pintura es el fiel reflejo de su propia existencia, el lugar de partida al que accedió por el camino de la humildad y el mismo que pretende recorrer cuando toque buscar la casilla de salida. “Gonzho”, el invento de una galerista toledana que se atrevió a poner el cascabel al gato, es mucho más que una firma. Detrás se esconde el alma de un jiennense internacional que se niega a renunciar a las raíces de la memoria, un ciudadano del mundo que, después de vender más de tres mil obras de arte, se resiste a darse la vuelta cuando le llaman “artista”. Francisco González Díez (Marmolejo, 1967), aquel primogénito de un matrimonio con seis hijos que nació con un antojo —un higo— en la cara, es hoy en día uno de los pintores más y mejor reconocidos gracias a una estética purista, un realismo sugerente y una perspectiva rompedora, con un lenguaje de resistencia literario tan fuerte que convierte el escenario en una banalidad.

Cuando trabajaba con mi padre como albañil, recuerdo que paraba obras enteras para hacer caricaturas de los obreros que estaban allí y luego los pintores no querían tapar las paredes”

“La vida está sujeta a unos patrones inamovibles a lo largo de la historia y hay que agarrarse a ellos”. Así, a lo “Gonzho”, rompe el hielo de una entrevista que transcurre en un rincón de Toledo que eligió para vivir hace más de tres décadas, una pedanía cercana a Consuegra en la que da forma a una filosofía casi templaria. Nunca olvidará aquel día que sus tíos decidieron vender las cabras y la casa de La Campiña para buscar un horizonte en la segunda comunidad más poblada de andaluces de España, Cataluña: “Me fui con mis padres y mi hermano, ya fallecido, a Sant Adrià del Besòs, en Badalona, donde tengo el recuerdo de mi primer contacto con un lápiz y un papel”. Tenía tres años cuando dejó a los allí presentes con la boca abierta. “Dibujé una mesa con dos personas sentadas comiendo y, de pronto, una tía mía dio un grito”, rememora. “Me sentí importante y empecé a pintar, de tal forma que creo que ese fue el génesis”, añade. Barcelona forma parte de su imaginario infantil, después Valladolid, hasta que, con nueve años, tocó volver a Marmolejo. “Empezaron las penas. Yo no entendía a la gente al hablar, los niños se metían conmigo... Son cosas que conforman al artista”.

Y, en medio de la conversación, en la que hay saltos hacia adelante y hacia atrás, Francisco González se pregunta: “¿Por qué pinta una persona? En la prehistoria, ¿por qué la gente estaba pendiente de comer y de cazar y, de pronto, alguien se aparta de la tribu y gasta la sangre de los alimentos para hacer pinturas. ¿Por qué el ser humano, en algún momento de nuestra existencia, obvia lo pragmático y se dedica a algo que no tiene nada que ver con la supervivencia?”. La respuesta hay que buscarla entre sus palabras, en las que se intuye que está convencido de que un cirujano que tiene la intuición de un artista, por ejemplo, es mejor médico.

No había cumplido los catorce años cuando, sin apartar los libros, empezó a arrimar el hombro en una casa con una familia de las que ya no hay. Fue inmigrante en Francia con la edad propia de jugar a los coches, aquellos que simulaba con piedras en la oscuridad de una noguera mientras su madre preparaba la cena... Se hizo albañil y, mientras llenaba las paredes de retratos de los obreros que le acompañaban, se las ingeniaba para alimentar una formación autodidacta. En bicicleta iba, cada día, a Arjonilla para beber de la sabiduría de Matías Ruz. De noche se trasladaba hasta Andújar para ahondar en la paleta del color... Hoy es él quien imparte talleres con los que, por cierto, consigue que dos alumnos que no pueden ni verse terminen fundidos en un abrazo.

“Fue una galerista, Soledad Arroyo, la que vio que me tenía que llamar Gonzho. Me sentí como un perro. Al principio no me gustaba, porque quería que Francisco fuera el reflejo de la humildad de mi pintura”

Salió de la provincia para cumplir con el entonces obligatorio Servicio Militar y nunca más regresó para quedarse. Siempre hay visitas obligadas, amigos a los que busca y miradas de complicidad eterna, pero el viaje, desde entonces, es de ida y vuelta. Fue de todo, como en botica. Jefe de obra; restaurador técnico de Arquitectura Monumental e Histórica con una intuición única; animador de dibujos animados para series y largometrajes; diseñador escaparatista; profesor de dibujo y pintura en el Centro Cívico del Ayuntamiento toledano de Cobisa, y ante todo, artista. Lleva nueve años dedicado, por completo, a la pintura. Puede presumir de formar parte de ese selecto seis por ciento de artistas que cotizan a la Seguridad Social como autónomos y que se dedican, exclusivamente, a crear belleza con el pincel de brocha fina, aunque sus trazos sean algunas veces más gruesos de lo esperado. Todas sus obras se venden. “No sé qué pasa, pero no doy a basto. Hay una galerista de Canadá y otra de Francia que quieren venir a ver mis cuadros y he tenido que aplazar las visitas porque no tengo nada que enseñarles, y eso que trabajo todos los días del año, incluidos los festivos”, señala.

“Hay mucha gente que se queda en el camino, porque no cree, esto es un acto de fe. Ahora le doy clases a un pintor que hace ilustraciones de libros y no es capaz de vender una. Pertenecer al 6% de los que viven del arte es un privilegio, sobre todo después de haber vivido en un pueblo en el que iba a la obra, recogía aceituna, trabajaba la rebusca...”, subraya. Cada vez que habla de Marmolejo, mueve la cabeza hacia a un lado y hacia otro. ¿Es que no se siente usted querido? “Me siento querido por la gente de mi pueblo y de mi barrio, pero no por las instituciones”, responde. Tan pronto como cierra el paréntesis de su tierra, en el que añade que está dispuesto a dar clases gratis si lo llaman, abre el de la pintura: “Yo todavía no me he dado cuenta de que soy un artista. En mi caso, creo que me iré de este mundo sin sentirlo y vivo de la pintura y pago mis impuestos, pero me parece tan grande y tan seria la palabra que, no sé, quizás seré artista de la vida”.

“Cuando murieron mis padres y mi hermano, me metí durante dos años en una habitación a definir mi arte, es que ni me peinaba. Toqué fondo y ese fue el milagro, salir por donde había entrado”

Marido de una francesa que adora y padre de tres hijas, enfermera, arqueóloga y matemática de profesión, respectivamente, su historia es la de un hombre hecho a sí mismo, con un discurso propio, insumiso a los convencionalismos, aquel que bebió de las fuentes de Fraçois Bard, Miguel Macaya o Philip Guston... También, de sus alumnos con Síndrome de Down: “Ellos atienden más al color que a la forma, a lo que yo entiendo que es de verdad el arte”. Hubo una ocasión en la que ganó un concurso con un cuadro abstracto que, al final, ni siquiera llegó a cobrar. Sin embargo, también le ocurrió que, cuando arrimó el hombro a quien le pidió ayuda, se topó con la misma mano amiga en el momento en el que él más la necesitaba. Aspirante a Astrofísico en un momento determinado de su existencia, “Gonzho” vivió en Jávea y en Pedro Abad antes de elegir como destino Urda, desde donde lanza al mundo unas creaciones pictóricas en las que utiliza el realismo para relatar algo onírico. “Mi pintura tiene mucho de literatura, intento contar, sugerir, pintar un sitio, que algo parezca un paisaje cuando en realidad es una habitación, personajes de espaldas y, sobre todo, animales”, indica. Agrega al respecto: “He pintado muchos. Reconozco más humanidad en los perros que en las personas”. Ahora está sumido más en un realismo mágico, con una búsqueda constante del concepto, la evocación y la invitación al aislamiento.

Sus personajes dorsales esquivan y, a la vez, sumergen al público en su entorno, con capacidad sobrada para eliminar la barrera que se abre, en ocasiones, entre el espectador y la obra de arte. Recurre a esa forma de creatividad, en ocasiones, para dibujar la alteridad en escenarios caracterizados por la ausencia, aquellos en los que cobra protagonismo la figura en un fondo con miradas subjetivas. La experiencia contemplativa del protagonista invita a la reflexión y al silencio visual en el que cada uno puede imaginar lo que realmente le dé la gana. “Yo ya no sé ni dónde he expuesto”, subraya. Albacete, Madrid, Toledo, Ciudad Real, Valladolid, Bilbao, Zaragoza, Barcelona, Alicante... Argentina, Italia, Londres, Alemania. No hay lugar que se le resista. Trabaja, actualmente, para una subastadora francesa, Catawiki, con una producción incontable que le impide apenas pestañear: “Esto, si no es pasión, lo puedes hacer un día, pero todos no”. Francisco González vive con los pies en el suelo y, a la vez, piensa que permanece en un continuo sueño: “Puedes vender una barra de pan, pero ¿un cuadro? Lo veo tan innecesario... Sin embargo, lo vendo todo, es increíble, así llevo nueve años, todos los días, ni fiestas ni nada. Me levanto por las mañanas y me pellizco”. Ahora siente que empieza a ser él.

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