Un manto que sigue abrazando a los vecinos de la Estación de Huesa cada agosto
La Virgen de la Aurora sigue llamando cada año a los muchos nacidos y criados en la Estación de Huesa, la pequeña pedanía perteneciente a Cabra del Santo Cristo. Cada agosto, entre los hijos de la Estación de Huesa hay una fecha señalada: el regreso. Vuelven los que un día tuvieron que marcharse. Llegan desde lejos, con maletas, con niños que ya nacieron lejos del pueblo, pero que aprenden enseguida que hay lugares a los que se pertenece para siempre. Regresan quienes llevan meses contando los días, quienes guardan en la memoria el sonido de la campana, el olor de las noches de verano y las calles donde aprendieron a ser quienes son. La Estación de Huesa los recibe como siempre: con sus casas, sus calles y sus rincones llenos de recuerdos.
En estos días la aldea despierta de una manera especial. Las puertas se abren, los saludos se multiplican y los abrazos tienen ese calor inconfundible del reencuentro. Porque aquí no solo se vuelve a un lugar; se vuelve a la infancia, a los padres y abuelos, a los amigos, a las raíces. Y en el corazón de ese regreso está la Virgen de la Aurora. Las fiestas son celebración, pero también memoria y gratitud. Bajo su mirada se encuentran generaciones distintas: los pocos que nos se fueron, los que regresan cada verano y los que vuelven aunque solo sea por unos días. Todos comparten una misma emoción cuando llega el momento de honrar a la Virgen, porque en esa tradición hay algo que permanece intacto a pesar de los años y la distancia.
Cuando llegan estos días de agosto, el camino parece conducir siempre al mismo sitio. A la casa familiar, al encuentro con los amigos, a las fiestas de la Virgen de la Aurora. Y así, año tras año, la Estación de Huesa vuelve a ser punto de encuentro. Los mayores transmiten sus recuerdos; los jóvenes descubren las tradiciones; los niños corren por unas calles que, con el tiempo, ellos también aprenderán a echar de menos. Porque hay pueblos que se habitan, y hay pueblos que se llevan dentro. Este pueblo es uno de ellos. Después de la misa, con la ermita llena, los vecinos se turnan para llevar a la Virgen por la calles de la estación. Es un día festivo, y el coro rociero le canta a la Virgen en cada sombra del camino, la veneran, le lanzan sus vivas y se fotografían con ella. Después, vuelve a su ermita, y comienza la convivencia en la verbena.
Cuando termina la fiesta y llega la hora de marcharse, nadie se va del todo. Queda una promesa silenciosa: volver el próximo año. Volver a ver a los de siempre, volver a escuchar la campana, a sentir el calor de la gente y volver a mirar a la Virgen de la Aurora con la misma emoción. Y mientras los coches abandonan la aldea, la Estación de Huesa queda atrás en silencio. Pero permanece encendida la memoria y la devoción.
Entre los vecinos que acompañaban a la santa, Juan Silva García, presidente de la Asociación Cultural Estación de Huesa, comentó que “para los que se cían aquí, la ilusión es juntarse y la Virgen es un vínculo especial que hacer estar aquí a todos”. José Tejero Ligero: “Yo llegué aquí en el año 70. He trabajado 40 años en la Rende cuando encontré el amor y me casé en esta misma ermita”. En el caso de Francisco Moreda Castro, relataba que nació en esta aldea pero ya no vive aquí: “Cada año venimos a la fiesta de la Aurora y pertenecemos a la asociación”. Virtudes Márquez Castillo: “Mi familia es ganadera y venimos siempre aquí a los pastos del verano. Desde que conocí la fiesta de la Virgen de la Aurora no falto”. La teniente alcalde de Cabra del Santo Cristo también dedicó unas palabras a esta tradición para que “esas personas que vivieron en la estación, vuelvan a revivir su infancia y recordar a todos lo que se hacía aquí entonces”.