María Amador, defensora de la identidad gitana: “Sufro por los que no tienen techo, porque sé lo que cuesta tener una casa”

Diario JAÉN, a diez días de su 85 Aniversario, recopila diez historias de personas anónimas procedentes de las distintas comarcas. Hoy, Sierra Mágina
La protagonista de esta historia, María Amador.
Manuela Rosa Jaenes

No levantaba un palmo del suelo cuando empezó a trabajar. Nunca fue a la escuela, no tuvo la oportunidad de aprender a leer ni a escribir, apenas sabe trazar las líneas de su firma y, sin embargo, viajó por toda España en busca de un horizonte laboral sin más GPS que el de su inteligencia. Lo que tiene lo ganó a base de esfuerzo, sacrificio y el sudor de su frente. Es de lo único que presume, de su trabajo y de algo muy especial para ella y para toda su familia: ser gitana. María Amador Romero (Beas de Guadix, Granada, 1947) es una de las vecinas más ilustres de Huelma, una mujer de bandera, de las que representan los valores del mundo rural, de las que luchan por el bienestar de los suyos con un mandil con capacidad para tapar el cielo y de las que se empeñan en guardar y promover tradiciones como esas gachas de cardo que nadie como ella sabe hacer mejor.

“Mis padres levantaron el vuelo y hemos estado para arriba y para abajo durante toda mi niñez”. Rememora, con una memoria prodigiosa, hasta el mínimo detalle de su infancia, aunque hay ocasiones en las que intenta borrar de su mente palabras como el “hambre” de la posguerra. “De eso no me acuerdo”, subraya. La menor de seis hermanos, cuatro hembras y dos varones, se dedicaban a la venta ambulante de todo lo que caía en sus manos hasta que, por fin, pudieron instalarse en el pueblo de sus antepasados, en Huelma, para empezar una vida de integración plena, porque hay que tener en cuenta que tanto ella como los suyos son respetados dentro del pueblo gitano y, lo más importante, fuera.

“Mis padres levantaron el vuelo y hemos estado para arriba y para abajo durante toda mi niñez”.

Cuando los niños de su edad jugaban en la calle, hacían travesuras en las albercas y aprendían lo básico en la escuela o en los domicilios, ella recorría los cortijos de Sierra Mágina, de la mano de su madre, para llevar las habichuelas a su casa, esas que ahora prepara con hinojos con el arte de quien obliga a chuparse todos los dedos de la mano. “Vendíamos juegos de encaje, sábanas, telas...”, relata. ¿Cómo les trataban? “Hemos encontrado siempre agrado”, responde. Con la “vendeúra” sólo pudo aprender una “miaja” a defenderse con las letras, porque de los números es una auténtica maestra. Nadie le gana. Ha tenido que cuadrar tantas cuentas a lo largo de su trayectoria que, como la mayoría de las amas de casa de su época, estiraban la peseta hasta el extremo con tal de que no faltara ni gloria.

“El señor me ha dado fuerzas”, repite una y otra vez María Amador, que se considera afortunada con la familia que ella misma modeló. “Mi madre me mandaba a comprar, cuando yo era una mozuela, y el que luego se convirtió en mi marido me acechaba hasta que ya tuve que decirle que sí”, sonríe. Tenía dieciocho años cuando contrajo matrimonio y, aunque no tiene ni una sola fotografía de uno de los momentos más especiales de su vida, asegura que la boda gitana fue “muy bonita”. Se casó “muy enamorada” de Luis Muñoz Rodríguez y junto a él permaneció hasta que, hace cinco años, también levantó el vuelo, pero su memoria seguirá siempre con ella. La protagonista de esta historia anónima, de las muchas que atesora esta tierra, tuvo cinco hijas que le dieron doce nietos y cinco bisnietos. Mucho trabajo hay detrás de una mujer convertida en un ejemplo para la comunidad gitana.

No sólo se dedicó a la venta ambulante dentro y fuera de Huelma. “La vida de antes era muy mala”, recuerda. Ella es experta en la elaboración de canastas de vareta, una tradición que traslada a las nuevas generaciones a pesar de la escasez de materia prima. Es habitual ver a María Amador en la Feria de los Pueblos, celebrada en los últimos días en la Institución Ferial, demostrando un verdadero arte con las manos como hilo conductor de una tradición que homenajea la memoria, porque hay que tener en cuenta que el uso de este tipo de artilugio domiciliario se ancla en la ausencia de las lavadoras. “Cuando íbamos al río a lavar, las mujeres necesitábamos las canastas. Me enseñó a hacerlas mi suegra y todas las que hacíamos las vendíamos”. Y eso que es zurda.

“Sufro por los que no tienen un techo, porque yo sé lo que cuesta tener una casa en propiedad”

La crianza y la educación de sus hijos fue siempre su obsesión, empeñada en darles lo que ella no tuvo. “Todos los días las levantaba, las lavaba, las peinaba y las mandaba a la escuela”, un gesto que puede parecer normal en la sociedad actual, pero prácticamente inédito en los años sesenta del siglo pasado en el pueblo gitano. No sólo fueron al colegio y estudiaron, sino que cuatro de ellas tienen “hasta el carné de conducir”, algo de lo que le gusta presumir. “Todas están bien casadas, ninguna se escapó con el novio”, apunta, otra costumbre en la que esta familia rompió moldes. Dos viven cerca de ella, en Huelma, y otras tres están fuera, pero son una verdadera piña, porque siempre que tienen oportunidad hacen lo posible por juntarse y hacer honores a tradiciones que no se pueden perder, como degustar la comida de toda la vida, cantar, bailar... y lo que se tercie.

Venta ambulante, vareta, cocina y, sobre todo, campo. Nada se le resiste a María Amador, que no sólo fue a la recolección de aceituna durante su etapa laboral, sino a recoger fresas en Huelva, fruta en Lérida... Ha viajado tanto, siempre en busca de trabajo, que tuvo la suerte de ver y pisar la playa, siempre desde la orilla, cuando muchas mujeres de su quinta, imprescindibles en el mundo rural, se fueron al otro mundo sin verla. “Yo no sé nadar, pero me compré un bañador y me lo ponía”, señala.

Esta huelmense de raíces tiene un corazón tan grande como la Catedral que levantó Andrés de Vandelvira en Jaén: “Yo no puedo pasar sin darle algo a quien está pidiendo. Me da mucha lástima y sufro por los que no tienen un techo, porque yo sé lo que cuesta tener una casa en propiedad”. La suya la compró con mucho sacrificio, con apenas dos habitaciones que, poco a poco, fue ampliando hasta tener una vivienda digna.

Orgullosa de ser gitana y de haber conseguido el respeto y la integración plena en la sociedad jiennense, atraviesa una racha de salud regular de la que, sin embargo, se levantará, porque el cariño de quienes tiene a su alrededor es la mejor medicina para una mujer de carácter alegre, que nunca tiene un mal gesto y que es un ejemplo para Coral, Euduviges, Susana, Carmen y Luisa, orgullosas de la herencia de amor, honradez y dignidad de unos padres entregados por completo a la familia. María Amador Romero es un ejemplo para las generaciones presentes y futuras de lo que significa saber guardar la identidad cultural de un pueblo sin renunciar a la integración.