Estanislao Fernández, maestro: “La vida avanza si hay reivindicaciones”
Estanislao Fernández Sancho (Chatún, Cuéllar, 1932) cumplirá 94 años el día 7 de mayo y hoy echa la vista atrás en un ejercicio de relectura para compartir los redaños de una vida “muy bien aprovechada”. Así lo destaca la menor de sus ocho hijos, Isabel Fernández, cuyo empeño ha hecho posible que hoy estas páginas rezumen tinta. Toda su descendencia nació en Linares, a donde la vida de la posguerra lo llevó y donde echó raíces gracias al desarrollo industrial de la ciudad minera. De Chatún se mudó a Segovia capital cuando tenía siete u ocho años, quizás seis —la memoria baila—, y no tardó más de dos en cambiar una vida eminentemente rural por el Madrid más urbano.
En aquellos años, Estanislao aún gozaba de su tierna infancia y apenas guarda recuerdos de unos tiempos en los que ya se podía oler la guerra por su inminencia, al menos no demasiado malos, y menos en Chatún: “En el pueblo apenas lo notamos; en Segovia sí, escuchábamos las sirenas y nos metíamos en los refugios, que eran generalmente sótanos de comercios y otros locales. En Madrid también, pero la guerra no me marcó”. “En aquel tiempo, en el 36, no había nada en los pueblos, tampoco trabajo. Más o menos, casi todos éramos familia, pequeños propietarios de terrenos que nos daban lo justo para subsistir”. Sobre la conciencia de izquierdas que acrecentó en él a la par que se le quedaban chicos los zapatos, señala que no fue herencia familiar. “Mi madre servía en casa de unos señores en Madrid”. Esa frase, que no es una puntada sin hilo, sirve para enmarcar otra conciencia, la de clase: “En casa siempre hubo una tendencia hacia la participación y lo social”. Así prefiere llamarlo en una huida entendible de los polos izquierda y derecha.
“En bastantes ocasiones, nos planteamos si debíamos cambiar el cristianismo por el humanismo; un mundo humano en el que las personas, hombres y mujeres, estemos para ayudarnos y hacernos más felices”
No fue hasta 1944 cuando deshizo la maleta en territorio jiennense; primero en Úbeda para acabar en Linares. Entonces, Estanislao apenas tenía 12 años y las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia (SAFA) le abrieron las puertas de la educación y más tarde de la docencia: “Me gustaba la enseñanza profesional e hice prácticas en los astilleros de Cádiz para adquirir los conocimientos técnicos [...] En los oficios, uno tiene que hacer prácticas para dominar la parte mecánica y los trabajos manuales. Es muy importante introducirse en la industria”. Uno de los primeros centros que abrió, si no el primero, lo hizo en Alcalá la Real en 1940. Jaén y Villanueva del Arzobispo llegaron después. En este último municipio estaba la Escuela de Magisterio que posteriormente se trasladaría a Úbeda. “Luego Andújar, Linares y Villacarrillo”, enumera Estanislao sobre la expansión de la SAFA. “Mi profesor era ingeniero, venía de Madrid y como en el 56 se fundó Santana, se fue a Linares para examinar a los estudiantes que ingresaban”, relata.
A pesar de que la mayor parte de su vida transcurrió en la capital de la comarca de Sierra Morena, no olvida los Cerros: “Cuando fui a Úbeda, era como mi casa. Allí me vestían y me daban de comer [...] Estábamos en otro tiempo totalmente opuesto. Si me daban 15 días de permiso para estar con mi novia no iba a una pensión o un hotel; iba a la SAFA, donde comía y dormía. Éramos como familia: hermanos, padres, las mujeres de la cocina que limpiaban como lo hacían nuestras madres... ellas nos amaban”. En esta historia que Estanislao recuerda con algo de emoción adopta un papel especial la familia Benavides, en concreto doña Anita: “Tenía un chalé que cedió para que fuera el internado y a clase íbamos al Palacio de los Medinilla. A ella le mataron al marido y se quedó con sus dos hijos, que fueron los primeros en entrar a la escuela”. Después de sus prácticas en los astilleros de Cádiz, le llegó la edad de irse a la mili: “La hice en Aranjuez y el campamento en El Robledo, Segovia. Entre Caballería Mecanizada y Caballería de Caballo estábamos unas 16.000 personas. Después me fui de maestro a Alcalá la Real. Allí estuve dos años y allí me casé con mi mujer, Petra, que era de Úbeda”.
La boda fue en el 57 y al año siguiente ya vivía en Linares, que de una forma u otra le devolvió la llama del activismo social, si es que alguna vez se le apagó. Siempre le interesó. Cuando cumplió la mayoría de edad, empezó a participar de movimientos sociales de izquierdas vinculados a la Iglesia. “No sé por qué, quizás por el sentimiento que tenemos, hay algo ahí en contra de los creyentes...”, reflexiona vagamente. Eran movimientos “muy fuertes y comprometidos”. A través de ellos, asistió a numerosas reuniones secretas durante su etapa en Madrid, de las que surgió la Organización Revolucionaria de Trabajadores, que derivaba en comisiones que se celebraban en las fábricas para tratar de solucionar los problemas y que se disolvían casi por obligatoriedad del guion, pero que cristalizaron en sindicatos clandestinos. Hubo otros movimientos de corte estudiantil, como Vanguardia Obrera Juvenil y Vanguardia Obrera Social, también relacionados con la Iglesia y que hoy tienen su eco en la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC): “Con 18 años, yo ya formaba parte de todo eso”.
Aquella época se trasladó a su vida en Linares, donde conoció al padre Gómez, una figura clave en el activismo. Como había mucho movimiento con Santana recién echada a andar y las minas activas aunque en desescalada, llegaron incluso a plantearse la idea de importar la Vanguardia. “El pobre padre Gómez falleció de golpe con 39 años”, lamenta. “Fueron tiempos de mucho trasiego, movimiento y reuniones, la mayoría a escondidas. Cuando quedábamos en los bares, conocíamos perfectamente a los policías y ellos a nosotros”. Estanislao Fernández sitúa el relato en los años ochenta, en los que España ya no vivía en dictadura, al menos “teóricamente”. “Nada salía a la luz porque los medios de comunicación no podían publicarlo o se cortaban, pero a la voz pública era algo que hablábamos todos [...] Después de la muerte de Franco... seguía, seguía, seguía”, reconoce.
“La vida avanza si hay reivindicaciones. Si no existen, nadie te va a dar nada”
Otro de los pasajes más interesantes de su vida ocurre en la Sierra de Gredos. Allí participó en uno de los campamentos que organizaba el Hogar del Empleado de Madrid. “Allí te crujían”, avanza. Iban en grupos de cinco, tres novatos y dos veteranos, y la idea era que replicaran la experiencia en el entorno del Puente de las Herrerías, en Cazorla, pero también tenían el objetivo de fomentar la movilización social entre los jóvenes. El campamento se dividía en tres partes: la preparación, la gran marcha y una tercera más lúdica. “A mí, como era de pueblo, me cargaron como a un mulo. Íbamos por un sendero hasta la plataforma, escalábamos los picos más altos de Gredos y a veces se oían lobos. Había sitios muy peligrosos. Recuerdo que uno llegó a deslizarse por un nevero”, cuenta Estanislao, que resume que la intención de los campamentos era desarrollar la capacidad de “vencer físicamente las dificultades”. “Cuando eso pasaba, ya estabas preparado para luchar social y espiritualmente por todo lo demás. El sistema estaba bien ideado”, sostiene.
Con Linares, donde vive desde el 58, mantiene un vínculo muy especial por “haber seguido de cerca sus procesos más duros”. Primero, el cierre total de las minas, momento en el que recuerda varias manifestaciones. Y segundo, la puntilla de Santana: “Había protestas todos los días. Cortábamos el tren en la Estación Linares-Baeza, cuando había más tráfico ferroviario que ahora, y donde dejaron tuerto a uno al pegarle en el ojo con una pelota de goma. También cortamos la Nacional IV por Guarromán y La Carolina”. Con Santana, e incluso antes, Comisiones Obreras y la Unión General de Trabajadores “empezaron a reactivarse”. “Linares siempre ha sido un pueblo que se ha movido mucho socialmente”.