Antonio del Real: “Es maravilloso evadir a la gente de la miseria y el dolor”
LA ENTREVISTA
Rueda, en este momento, el final feliz de una historia dura, de supervivencia que, como excelente guionista, ofrecerá en forma de auténtica lección de vida para quienes tienen el privilegio de estar cerca de él. Antonio Fernández del Real (Cazorla, 1947), conocido como Antonio del Real, luce un brillo especial en su mirada cada vez que pisa suelo jiennense. Bastó con mirarlo a la cara, esta misma semana, cuando regresó a casa para recoger el premio especial de la Academia de Cine de Andalucía en la 25 Muestra de Cine Español Inédito de Jaén. Irradia la energía que necesita el ser humano para superar obstáculos irremediables.
—Lo primero es, siempre, preguntar por la salud...
—He pasado un largo calvario, porque emprendí una película de miedo que me tocó rodar y que está como yo deseaba gracias a todas las buenas vibraciones que he tenido de mi familia, de mis gatos y de mis amigos del alma. Me ha hecho reflexionar mucho sobre cuánto te quiere la gente y qué poco lo sabes. Ha sido una experiencia muy dura, pero muy de aprendizaje importante en la vida. Yo creo que si todo el mundo pasara por un cáncer seríamos, como dice mi amigo Borja Sémper, mejores personas, diferentes, le daríamos importancia a lo que realmente la tiene y comprenderíamos el valor del cariño, del amor y de todas esas cosas que pasamos por alto a la desesperada y con esta locura de vida que nos ha tocado, de demasiado estrés. Es muy importante que la película tenga final feliz y estoy en ello gracias al invento de la inmunoterapia. Siempre me acuerdo de la frase del actor Michael Caine, que decía que ser mayor, viejo y tener enfermedades es maravilloso cuando las puedes superar, porque la otra opción es peor.
—¿Qué supone, a estas alturas de la película, volver a la tierra en la que están sus raíces?
—Estoy muy emocionado. Para mí, todo lo que venga de mi tierra y de mi gente, es lo mejor. Me fui a Madrid con siete años, pero siempre he vuelto a veranear, en Semana Santa... He hecho pregones en Cazorla, en Peal de Becerro, me han dado el Premio Miguel Picazo que, por cierto, decía un guionista que no hay muchos pueblos que tengan dos directores de cine y Cazorla los tiene, con una calle que nos puso el Ayuntamiento a los dos. Todo eso, cuando veo fotografías, revivo toda la película de mi vida y, en este sentido, un premio de la Academia de Cine Andaluz tiene mucho valor, porque significa que se acuerdan de mí, aunque sea un renegado y viva en Madrid. Ya me gustaría a mí estar en mi Cazorla del alma.
—¿Tuvo buena infancia?
—Yo era muy feliz, fui al colegio de monjas y la recuerdo de forma alegre, a pesar de la ruina de mi familia con tenerse que marchar a Madrid por historias políticas. Mi padre era de izquierda republicana y, cuando llegó Franco, le castigaron. Mi madre, de Peal de Becerro, que era muy de derechas, estaba desesperada porque encima la sacaban como la mujer de un rojo.
“Es muy importante que la película de mi vida tenga final feliz y estoy en ello gracias al invento de la inmunoterapia, que es maravilloso”
—¿Por qué director de cine?
—Desde muy pequeño, ya en Cazorla, hacíamos funciones de teatro y cobrábamos la entrada. En Madrid, en mi chalé, vestía a las niñeras de mis niñas para hacer funciones caseras y una de mis hijas hacía los decorados, que de ahí le vino la afición de ser actriz. Mis tíos tenían un comercio muy grande y, como vieron que me gustaba mucho la fantasía, me hicieron un teatro para mí. Siempre me ha gustado inventar. En los guateques, en vez de hacer el pollino, me dedicaba a escribir. No sé de dónde me viene, porque no hay antecedentes en mi familia.
—Algo tendrá el agua de Cazorla.
—Sí, el agua y el aire, dos elementos fundamentales.
—¿Qué hay de Cazorla en su obra cinematográfica?
—Mucho. Por ejemplo, “El clavo de oro” está concebida acordándome de las montañas y de la Virgen de la Cabeza. Quería haberla rodado en Cazorla, pero la economía hizo que fuese en Madrid. Está todo.
—¿Qué es para usted el cine?
—Es una pasión muy grande. Tengo un libro que me publicó Ana Diosdado y Juan Antonio Porto, “Antonio del Real, el cine, una pasión”. Todos me recuerdan contando historias y fabulando, aunque no sé por qué. Cuando fui a mi casa a decir que quería ser director de cine, mi padre, que era un tío preparado, me advirtió de que era una profesión de alto riesgo, pero me apoyó. Mi madre, sin embargo, que era de Peal de Becerro, me dijo que hijos de puta y maricones nunca habría en la familia. Me echaron de casa y me tuve que ir a la de Emilio Gutiérrez Caba.
—¿Cómo fueron aquellos años de “El río que nos lleva”?
—Muy agradables. Me enamoré de la novela de José Luis Sampedro. Mi padre, además de tener negocios en Cazorla, ser juez de paz y ser una persona de posibles, recuerdo que viajaba a Jaén a ver al gobernador civil y había un panadero que siempre quería ir con él, pero le pedía que no hablara porque solía meter la pata y, cuando llegaban, le daba la mano y le decía: “Me alegro infructuosamente”. Se daba la vuelta y añadía: “Toma ya”. No lo podía remediar. Mi padre llevaba también las maderas por el río Guadalquivir a caballo y con capataces. A mí me tumbaban en un canastillo y recuerdo ver el cielo de Cazorla, de tal forma que, cuando leí la novela de José Luis Sampedro, me vino a la memoria todo aquello, los troncos por el río... Me empeñé y fue maravilloso, porque la Unesco la declaró de alto interés cultural, fui al festival de Cannes, me dieron catorce premios internacionales, me hice íntimo amigo de Gregory Peck, que vino al estreno a Madrid, me llevó a la American Filme Institute y fue un sueño. Por eso siempre digo que me emociona mucho todo lo que viene de mis raíces, porque ha tenido mucha influencia en mi vida.
“Sería maravilloso poder hacer un proyecto que empecé para poder rememorar que una guerra es un horror y que estamos mejor queriéndonos”
—¿Y “La conjunta del Escorial”?
—Fue una machada que hice y me arrepiento, lo asumo, de haberla rodado en inglés, porque tenía que haber sido en español. Me traje una parafernalia de actores internacionales, todos buenos y maravilloso, pero me metí en un fregado económico y fue terrible. La película estuvo en festivales y ganó premios, pero no tenía el soporte de “El río que nos lleva”. Yo competía con un idioma, que era el de ellos, y yo soy más cineasta que productor, más hombre de arte y sentimientos que el tío del dinero, por lo que me arruiné. No pude ir ni a Cannes ni a Venecia por haberla rodado en inglés y tener nacionalidad americana, en lugar de española. Me di una bofetada horrorosa, perdí todo lo que había ganado y estuve mucho tiempo debiendo dinero a Hacienda. Lloré mucho.
—¿Cree que el cine debería estar subvencionado?
—Sí, pero con equidad y mesura, porque se han producido muchos abusos con las subvenciones y se han usado políticamente para beneficiar a amigos de los que estaban en el poder. Eso no es aconsejable, porque es mediatizar el arte, que debe ser libre.
—Dicen de usted que es un director atípico porque sabe proporcionar el cariño que necesitan los actores en los rodajes.
—Sí. Una vez, en los Baños Árabes de Jaén, le preguntaron a Jordi Mollá: ¿Cómo es Antonio del Real como director? Y contestó: “Es maravilloso, porque ha vivido nuestras miserias y nuestras fortunas y nos comprende con la mirada”. Recuerdo una vez, cuando rodé “La mujer de mi vida” con Concha Cuetos, prácticamente recitaba la escena. Entonces corté, me acerqué a su oído y me volví. Luego me dijeron que qué le había dicho para cambiar como cambió. Fue la ternura. Lo importante de los actores es la emoción, y como no tiene límites, siempre tiene que ir desbordada. No hay secretos.
—Por cierto, dijo en una ocasión Concha Cuetos que es usted uno de los directores de cine menos reconocidos. ¿Lo siente de esta manera?
—No me gusta hablar de esto, pero tampoco me importa. Me ha perjudicado mucho que, en una época, cuando hice “Cha-cha- chá”, veía mi profesión muy politizada y siempre decía que había que luchar en el Congreso de los Diputados por que no nos aplicaran Hacienda como al resto de los mortales, porque había un año que ganábamos mucho dinero y luego estábamos cuatro o cinco sin ganar un duro. Decía siempre lo que me apetecía, no lo que quería una mafia que defendía cosas indefendibles. En un momento determinado, aposté por José María Aznar, porque me parecía que lo estaba haciendo muy bien. De hecho, una vez, estábamos bajando a un hijo de Carlos Saura en el coche a Cazorla y quienes me acompañaban me preguntaron que qué tal me llevaba con el Partido Popular y, dicho por un rojo, comentó que es el político que más ha hecho por el cine, porque trajo productores de fuera y les hacían descuentos por invertir, cambió la ley, nos llevaba a todos a la Moncloa, sin distinción de colores... El problema es que todos callaban, hay mucho cinismo. Queda muy bien ser progre de boutique, pero yo quiero ser una persona libre en todo, en sentimientos, en emociones, en libertad de palabra y de obra. No vale la pena vivir engañado.
—¿Le han hecho alguna vez una oferta política?
—Sí, pero dije que yo no quería ser político, aunque tengo amigos políticos. De hecho, me casó la segunda vez Antonio Miguel Carmona, que era del PSOE, y soy muy amigo, sin embargo, de Borja Sémper, de PP, porque lo hace muy bien y estoy de acuerdo con él.
—¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo?
—El contacto con los actores, que son para mí los más importantes, más que los guiones, porque son los que dan la cara en el cine. También me gusta el poder crear, inventar, soñar y caminar hacia esos mundos que a veces la vida no te deja y saber que hay gente que aprende la lección viendo una película. Yo esto lo descubrí muy joven, cuando entré en depresión, iba a la Gran Vía de Madrid a ver “El viento y el león” o “El hombre que pudo reinar” y me acuerdo que entraba deprimido y, al salir, iba cantando por la calle de la emoción que me habían producido Sean Connery y Michael Kent hablando de la vida que habían tenido. Es maravilloso evadir a la gente de la misera y el dolor.
—¿Qué echa en falta en el cine?
—Una industria, porque es la lucha de un enano contra miles de gigantes, la de un director que se enamora de un proyecto y busca el dinero hasta debajo de las piedras... Eso no debería ser así, porque te dejas mucha vida en el proyecto hasta conseguirlo y la mayoría de las películas salen por nuestro empeño. He hecho dieciocho y no ha sido fácil. Coincidí en una comida con Francis Ford Coppola y le conté que me había arruinado. Entonces él me dijo que a él le pasó tres veces, pero en Estados Unidos se arruinan y se recomponen, pero aquí es imposible. El no ser de la banda y decir las cosas libremente me ha perjudicado bastante.
—¿Cree que la cultura, en general, tiene suficiente apoyo de las administraciones?
—Poco. Hay países, como Francia o Italia, que apuestan más por la cultura. La prueba está en que, cuando nombran a un ministro de Cultura, eligen al que no saben que hacer con él. Siempre hay excepciones, pero en general ocurre que tiene poco peso en este país y me da mucha pena porque de la cultura salen seres independientes, mejores personas y gente que ama los animales y propugna una vida con conciencia de que no estamos aquí para siempre.
—¿Hay compañerismo en el oficio de la dirección de cine?
—Regular. Yo tengo muy buenos amigos y otros menos, pero en general, bien, excepto en la época de Pilar Miró, que hubo mucho sectarismo y favoritismo.
—¿De quién se considera usted heredero en la profesión?
—Luis Berlanga se enfadó mucho cuando empecé a hacer películas serias, porque decía que lo nuestro era la comedia, que era una forma de contar historias serias cachondeándonos de todo y me decía que yo tenía que ser anarcoburgués (sonríe).
—¿Elegiría el cine si volviera usted a estar en edad?
—Sí, me ha dado muchos disgustos y satisfacciones, de tal forma que por todos los golpes que me han dado las mafias, he recibido mucho cariño. Ver los cines llenos, riendo a carcajadas, me ha dado mucha satisfacción.
“El no ser de la banda y decir las cosas libremente me ha perjudicado bastante. Yo creo que por eso me arruiné con ‘La conjura del Escorial”
—Aparte de recoger premios, ¿qué proyectos tiene en mente?
—Estábamos preparando una miniserie de seis capítulos el hijo de Fernando Fernán Gómez y yo y escribimos un guion y cinco sinopsis relacionados con la Guerra Civil, justo en el año que se conmemora el noventa aniversario. La presentamos a Televisión Española, gustó, pero a una persona que nos iba a ayudar y a mí nos dio un cáncer, a ambos, y llevamos nueve meses de peregrinaje. Tenemos la fuerza los tres de ponerlo en marcha de nuevo, por lo que estamos esperando a recuperarnos y sería maravilloso poder hacer este proyecto para rememorar que una guerra es un horror y que estamos mucho mejor queriéndonos que matándonos.
—¿Algún parón mental?
—Sí, claro. Cuando me pasó lo de “La conjura del Escorial” me quedé en un sofá eliminado totalmente, incluso con ganas de no vivir. Fue muy duro perder todo lo que había ganado en toda mi vida, porque yo además tuve la suerte de trabajar mucho y muy seguido y, además, mis películas funcionaban.
—¿Qué rincón de la provincia considera usted que es un buen plató de rodaje?
—Úbeda tiene una plaza que giras la cámara 360 grados y todo es del siglo XV, no tienes que tapar más que dos cositas. Baeza también tiene rincones maravillosos.
—¿Qué cine ve ahora?
—La época que he estado muy mal he buscado películas de entretenimiento para evadirme, pero veo cine español, como esa de la chica que quiso ser monja, que además trata de la fe, que es muy importante, porque sin fe no hay nada.
—¿Qué le pide a la vida?
—Vivir con mi mujer, mis gatos, mis hijas y mis amigos del alma. El tiempo que me quede será más fructífero porque lo valoraré más.