La periodista y escritora Azahara Palomeque presenta “Pueblo blanco azul”
LA ENTREVISTA
Quizá haya algo más doloroso que la muerte, la ausencia. La periodista y escritora cordobesa, Azahara Palomeque presenta mañana a las 20:00 horas en la librería El Agente Secreto de Úbeda “Pueblo blanco azul” (Cabaret Voltaire) en la que narra, de manera ficcionada, su historia y la de su pueblo (ficticio) Villasueño de las Flores Secas, en Córdoba. Elaia, la protagonista vuelve al pueblo tras 12 años fuera, con el objetivo de escribir una novela de su familia, que poco a poco se convierte en un entramado de historias de un pasado que aún está vigente. La guerra, el hambre, el campo andaluz y el papel de su abuela Luciana como elemento vertebrador de una historia llena de grises.
—¿Cómo se afronta el escribir, sobre la historia familiar?
—Por una parte se afronta con mucha ilusión y con mucho cariño, porque al final lo que ha motivado este libro ha sido mi retorno a las raíces, que está más o menos recreado en el retorno a las raíces que efectuó Elaia. Entonces hay una buena noticia de fondo, que es el hecho de que estoy aquí. Y eso era algo que quería hacer y que llevaba mucho tiempo anhelando. Por otra parte, hay una exploración de esas raíces que implica un esfuerzo de memoria, un esfuerzo de investigación, de documentación, hacerse una serie de preguntas incómodas sobre el pasado familiar, pero también sobre el pasado nacional, qué ocurrió en esa Campiña Roja durante la Guerra Civil, cómo la gente vivía en la posguerra, quién pasaba hambre, quién no, qué tipo de acusaciones se dieron... Entonces todo ese proceso también de preguntas, de indagación era necesario hacerlo, y de ahí ha salido Pueblo Blanco Azul.
—Es un relato naturalista que al fin y al cabo cuenta esa historia de un pueblo desde una versión bastante comunitaria.
—Sí, completamente. La novela narra la vida en el pueblo durante la guerra y la posguerra, más o menos la primera mitad del franquismo, a través de los ojos de esa narradora/protagonista, Elaia, que retorna después de mucho tiempo, pero al mismo tiempo se va abriendo a las distintas voces de los personajes, en concreto Antonio y Luciana, que son los abuelos de la protagonista, que están basados en los míos, pero también otros personajes secundarios, como el Migajas, que es el emigrante que va a Francia y luego vuelve; Ramiro, que es el emigrante que se fue a Cataluña y luego volvió; Bartolomé, el padre autoritario de Luciana, y otra serie de personajes. Entonces yo he querido que cada personaje hable con voz propia, que intercalara el habla oral, el habla popular de esas personas, con el registro culto que pueda tener la protagonista. Incluir también incluso canciones que ellos cantaban, coplas, letrillas, porque era parte de la sociabilidad del pueblo, y con todo eso, por supuesto, contar una historia colectiva.
—Comienza el libro con el funeral de Luciana, una situación que se vive con mucha naturalidad. ¿Se ha desnaturalizado la muerte como una parte de la comunidad? De la pérdida en este caso.
—Claro, ese funeral, de alguna manera, recrea o ficcionaliza las tradiciones que hay en torno a la muerte en Andalucía específicamente, donde la muerte —mucho más antes, pero ahora también se sigue practicando así— simboliza una especie de retorno a lo colectivo y un llanto comunitario. Lo importante de la muerte no es tanto quién se muere, sino quién está ahí dándote apoyo. ¿Quién te va a llevar comida? Porque tú esa noche has estado velando al muerto. ¿Quién te va a sostener o te va a agarrar del hombro o te va a dar un beso? Entonces yo lo que hago es recrear ese tipo de tradiciones, ahí se puede ver que es un entierro con cortejo fúnebre, con comitiva, que la banda de música participa, que luego en el segundo capítulo eso se matiza. Pero es interesante cómo hemos perdido ese vínculo con nuestros ancestros. Creo que el mundo en el que vivimos se ha ido comiendo esos espacios de ritualización y de celebración de los nuestros, de nuestros lazos, y hemos ido externalizando cada vez más los servicios relativos a la muerte, incluso comportándonos como si nosotros no nos muriéramos.
—Así lo deja claro en ese extracto. No hay tabúes con la muerte, porque Luciana tenía todo preparado para su funeral.
—Desde luego, aquí no hay un tabú. De hecho hay un duelo que es explícito, porque la novela nace de un duelo que es el mío propio y el de la narradora de no haber podido ir a los entierros reales de mis abuelos. Entonces, ella retorna a las raíces precisamente para rearticular esa muerte, para hacerla viva, para hacerla existir, porque no la había visto, no la había podido celebrar o solemnizar y a partir de ahí, pues enfrentarse precisamente a esas raíces. Creo que una novela que parte del duelo elimina todo tabú posible.
—Comenta que la protagonista quiere rearticular esa vivencia. ¿Cuál es la necesidad de volver al pasado después de 12 años fuera de su pueblo?
—La pregunta que se hace ella es sobre la muerte de los ancestros inmediatos, pero también eso la lleva a explorar otro tipo de muertes, porque al final lo que estamos viendo es una concatenación de un pasado que abre la puerta a otro pasado, hay como una especie de juego de matrioscas del pasado y eso la acaba llevando a la fosa común. O sea que no solo estamos hablando del entierro primero de la abuela, sino de qué personas murieron o fueron asesinadas en torno a la guerra civil, quiénes están bajo tierra.
—También es relevante el papel de la mujer, totalmente supeditado al hombre en esa posguerra y años posteriores. Una situación que debería entenderse poniéndonos en su posición.
—Claro, a la hora de hacer personajes mujeres, de trazarlos en la cabeza y de ponerlos en papel, tienes que tener en cuenta las circunstancias que esas mujeres vivieron. Entonces ahí lo que está operando es la propia verosimilitud del texto y mi documentación histórica. Tú puedes hacer mujeres que más o menos sean voluntariosas, valerosas o valientes en algunos aspectos de su vida, pero siempre dentro de un marco histórico que además se tiene que ceñir también al contexto del pueblo, donde ellas van a estar controladas o tuteladas por miembros de la familia que van a ser miembros, hombres, ya sea el padre, el marido, algún hermano. Eso le ocurre a Luciana, que es la abuela protagonista. En concreto, ella tiene un padre muy autoritario que se llama Bartolomé, que fue un padre autoritario para todos los hermanos, también los hermanos hombres. Y luego, aunque mi abuelo, el personaje de Antonio, era un hombre muy bondadoso y generoso, también había que hacerle caso por el hecho de que era el marido de la casa. Ese tipo de subjetividad constreñida que tiene que ajustar sus deseos a las voluntades ajenas masculinas la trabajé bastante y creo que al final se hace justicia a las mujeres de esa época de una manera realista.