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domingo, 23 junio 2019
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URGENTE

La vida no duele en Santa Clara

Cáritas proporciona un hogar a 13 personas que necesitan rehacer su vida

Entre vivir en un piso nuevo en el Bulevar, con vistas al parque, y dormir debajo de cartones hay un suspiro. Es lo que se termina por pensar después de escuchar un resumen de sus últimos 8 años de vida a María de la Paz Beteta. “Tuve un problema muy gordo”, simplifica. Al insistir, para que sea algo más específica, aporta más detalles que ayudan a entender las razones de que sea una de las 13 personas que Cáritas tiene acogidas en el Hogar de Santa Clara, al que se llega, según la propia organización cristiana, sin vínculos sociofamiliares, ni redes de apoyo; en muchos casos, con gran deterioro tras años viviendo en la calle o en viviendas infrahumanas. Solo hay una plaza libre en el centro. “Mis hijos no me quieren, mi marido me dejó y se fue con una más joven. Me echaron de mi casa”, explica. Se vio al raso cuando se había acostumbrado a una vivienda “buena” en la zona de expansión de la capital. “Me marché a Linares, comía donde podía y dormía en cajeros y la gente de Cáritas fue la que me trajo aquí”, relata. Para situaciones como la suya está pensada la casa que quiere ser espacio de acogida, un lugar donde rehacer la vida, desarrollarse y sentirse, de nuevo, reconocido, el penúltimo paso hacia la reinserción, al menos, eso se pretende. “Sufren muchos tropiezos de la vida en muy poco tiempo. Una sucesión de palos que no dan tiempo a reaccionar y que te dejan en shock”, aclara sobre la situación de esta interna, que es parecida a la del resto, Álvaro Montejo, el responsable del Programa de Personas sin Hogar de Cáritas. El trabajo con este colectivo de “invisibles”, como los denominan, se acomete en tres frentes: directamente en la calle, con acompañamientos; en el centro de día, que ofrece sustento y facilita aspectos como el aseo; y la casa de acogida, en la que se entra tras la firma de un “contrato terapéutico”.

A Hilario Marín Cruz le apodan “qué suerte”. Usa mucho esta expresión y se le ve optimista. “Estoy aquí, acogido, para ahorrar y operarme de la vista. Cuando esté bien, volveré a ganarme la vida como transportista, con los camiones”, anuncia con confianza. Esos son los términos de su compromiso con Cáritas, es decir, no se gasta la pequeña paga que tiene, con la idea de invertirla en su reinserción social y, a cambio, no le falta de nada en el hogar. Eso sí, ayuda al mantenimiento del centro con la elaboración de algunas de las manualidades que se realizan en el taller, desde libretas a llaveros, que se venden para lograr ingresos que repercutan en esta labor social. La historia de Hilario “qué suerte” suena a a las de otros “inquilinos”; se le juntó la ruptura con la madre de sus hijos con la deudas posteriores, contraídas tras confiar en un amigo para abrir un negocio en Torremolinos, y todo se le fue al traste. “Yo tenía un Mercedes y vivía muy bien, con gran nivel, he llegado a ganar 900.000 pesetas al mes”, reconoce. Después se vio en un inmueble abandonado en la ciudad ubetense, en la carretera de Sabiote, y una noche, pasó tanto frío, que no podía respirar, pensó que se moría. Un día se dijo: “Hilario le tienes que dar a esto la vuelta”. Está en ello, cuenta en la capilla de la última planta del Hogar de Santa Clara, y se fía de sus posibilidades. Lo cierto es que tiene muy buen aspecto y comienza a recuperar el contacto con sus dos hijos, recupera los vínculos con su gente, algo clave.

Con Hilario está Inma Fernández Martínez, nacida en Albanchez, que se metió a monja y, como religiosa, estuvo destinada en Paraguay. Dejó los hábitos. “No era tanto una vocación como tal, sino una necesidad de ayudar”, aclara. Este afán le llevó a ponerse al frente, después de ser elegida para el puesto de directora, del Hogar de Santa Clara. En su selección pesó mucho una formación como educadora social, cursada en Navarra, y una experiencia de años en esta “lucha”. “Esta gente no tiene cabida en la sociedad y Cáritas los tutela en su reinserción. Se trata de recuperar a la persona, para lo que son importantes cambios que, a veces, son muy pequeños, como sentarse bien en la mesa o acostumbrarse a que todos los días no hay que tomar café. A estos la sociedad no les ofrece una salida y esto es una plataforma para dar el paso, pero es complicado”, argumenta, sin tirar la toalla, eso sí, aunque consciente de que la exclusión es una “pescadilla que se muerde la cola”. Algo así le ocurre a Inmaculada Higueras Merino. Esta interna asegura que, cuando tenía 25 años, fue legionaria en el Tercio Don Juan de Austria, Segunda Compañía, Séptima Bandera en el Puerto del Rosario, en Fuerteventura. Es una confesión que pilla desprevenida a toda la comunidad de la casa de acogida y se parten de risa. Los sorprende y eso que Inma está en la órbita de Cáritas desde hace once años, con el discutible honor de llevar en el centro casi desde que fue abierto, en 2007. Poco a poco, eso sí, tiene más cerca la puerta de la calle, por sus pasos hacia la “normalización”, no porque piensen echarla.

“Me retiraron la custodia de mis hijos”, aclara. De ahí, tras dejar la relación con el padre de estos, se vio en la calle. Todo cambió al final, ya que, como agradece: “Menos mal que Juan Carlos Escobedo (anterior director de Cáritas Diocesana) me recogió y me trajo aquí”. Es muy conocida en Jaén, su madre acompañaba a las procesiones, a las que perfumaba. No da muchos más detalles, más allá de insistir en que se le complicó mucho la existencia, lo que le hizo malvivir tres años sin techo, “tirada en la calle”. Por suerte para ella, el contacto con sus dos hijos comienza a recuperarse. Es una de los objetivos que le pusieron los que la ayudan en Cáritas. Este avance se traduce en gestos como que le hayan regalado una camiseta del Real Madrid. Es muy aficionada al fútbol y, cada dos por tres, va a verlo con su “chiquillo”. Como en esta ocasión, la pobreza, en muchas ocasiones, tiene rostro de mujer. En Cáritas, también están preocupados por los jóvenes, por los riesgos que conlleva la ruptura de la estructura familiar. Estas casuísticas se repiten cada vez más. Sean los que sean, dejan claro, se comerá caliente en este hogar. Toca pollo con tomate, para 13, que prepara la cocinera, Asun Romero. Mañana será otro día.