La flora y la fauna se ahogan a causa del calor y la poca lluvia

Los cambios de temperatura modifican los ciclos hormonales del ganado

28 dic 2019 / 11:10 H.

Parece algo muy lejano, e incluso para muchos es una auténtica quimera. Hay quien lo niega, pero lo que está claro es que los datos —como el algodón— no engañan. El cambio climático es real y el calentamiento global hace que desde muchos sectores se pida la activación de la Emergencia Climática, un concepto que a cualquier mortal, al menos, le suena de leerlo en las líneas de este periódico o escucharlo en televisión.

Pero, ¿cómo afecta a los campos jiennenses? La respuesta a la pregunta es sencilla, pero la solución a un problema que lleva aparejado un aumento progresivo de temperatura y una disminución de las lluvias —por poner solo los dos ejemplos más visibles— no lo es tanto. “Hablamos de seres vivos y ellos tienen un sistema hormonal, por lo que se ven afectados por estos cambios”, afirma Juan Extremera, secretario de la Asociación de Oveja Montesina y presidente de una cooperativa en Valdepeñas de Jaén que se dedica a la gestión de pastos en la zona. En esta misma línea, se centra en los animales. Pero, ¿en qué nota Extremera los efectos? “Lo percibo mucho en el cambio de celos”, indica, al mismo tiempo que explica: “Los rumiantes, cuando hay menos horas de luz y hace más frío —en otoño e invierno— es cuando se ponen en celo. Ahora, con más horas y una sensación térmica mayor, viven en una especie de confusión, puesto que no puede ser que un día como hoy, en el que debería hacer tres grados, haga unos veinte”.

Acerca de este descontrol de los animales, que se muestran —se puede decir— “confundidos”, también opina el experto en trashumancia Miguel Mesa, que ve en el aumento de temperaturas progresivo y en la falta de precipitaciones uno de los principales problemas. “¿Cómo afecta a los animales? Cada vez se alimentan de productos menos naturales”, indica Mesa. Pero, ¿qué relación puede tener esto con el cambio climático? “No llueve y hace cada vez más calor. Normalmente, cuando llega noviembre, los ganaderos bajan de la sierra a los campos y en mayo hacen lo contrario. Antes, el pasto que había en la sierra duraba todo el verano. Sin embargo, ahora llega agosto y apenas hay hierba”, lamenta el también presidente de la Asociación de Trashumancia de Jaén, a la vez que indica que, por ese mismo motivo, los ganaderos se ven obligados a alimentar su ganado con productos menos naturales como piensos o forraje que deben comprar.

Asimismo, Mesa expone que el cambio climático produce, a fin de cuentas, una variación no solo en los propios ciclos de los animales, tal y como aseguraba Extremera, sino en las fechas y plazos con los que trabajan los ganaderos. Es decir, que en función de las temperaturas deciden empezar, o no, la trashumancia. “Este mismo año, en Sierra Morena la hierba estaba muy cortita”, puntualiza, al mismo tiempo que añade: “Además, se trata de una zona de la provincia donde no hay tantos arroyos y fuentes como en otros lugares”.

¿Quién tiene la culpa? Lejos de señalar a las administraciones públicas, a las empresas emisoras de gases contaminantes o a los ciudadanos en particular, Extremera lo que cree es que “no hay consideración”. “Veo cómo los usuarios de las redes sociales publican que las generaciones anteriores somos responsables... Eso no es así. La población que hay en el mundo es mucho más grande que antes y eso afecta”, asegura el secretario de la Asociación de Oveja Montesina, que, en esta misma línea, se desmarca de la línea “drástica”. “Creo que, además del cambio climático por las emisiones de gases contaminantes y otras razones, hay un porcentaje que tiene que ver con el factor cíclico de cambios en la atmósfera”, dice.

Por su parte, Mesa es más directo: “Hay una cosa clara, y es que el ser humano produce elementos contaminantes que cambian nuestra atmósfera”. De este modo, el experto en trashumancia considera que se deben modificar las costumbres de cada uno para paliar este problema, que, a fin de cuentas, afecta a la agricultura y a la ganadería —sobre lo que él más entiende— tanto en la provincia de Jaén como Andalucía y en todo el país.

Lo de las lluvias es otro cantar y, por supuesto, afecta más de lo que parece no solo a la vida de la flora de los campos jiennenses —que puede parecer lo más evidente— sino también a la fauna. La escasez de precipitaciones que se encadena desde hace ya algún tiempo hace que la vegetación sea menos abundante, por lo que los animales disponen de menos alimento y, por ende, los ganaderos tienen que optar por una alimentación menos natural.

Pero es que, además, cuando ocurre todo lo contrario, casi que producen aún peores efectos. “Ha habido un pequeño arreglo gracias a las últimas lluvias fuertes”, afirma el presidente de la Asociación de Trashumancia de Jaén. El paso de la última borrasca por la provincia ha descargado en fuerza y cantidad no solo sobre las ciudades, sino también en los campos jiennenses. En este sentido, Extremera indica: “Cuando en dos días cae lo que tiene que llover en todo un mes puede producir problemas de erosión en la tierra y modifica la orografía, por lo que también es perjudicial”. Asimismo, además de que nunca llueve a gusto de todos, cuando lo hace parece que tampoco conforma a la unanimidad.

Como clara muestra de que el cambio climático está ahí y produce desórdenes tanto en la flora como en la fauna, Extremera utiliza un ejemplo de su tierra. “Ahora, en invierno, en Valdepeñas de Jaén, hay margaritas que ya están florecidas”, asegura sorprendido, acerca de algo que, a buen seguro, nadie está acostumbrado a ver en este municipio de la Sierra Sur, donde las temperaturas en invierno suelen —o a este paso habrá que decir solía— ser extremadamente bajas. “Esto es algo que afecta a los animales, pero también a las plantas. También son seres vivos y necesitan de unas condiciones específicas para su crecimiento y desarrollo”, explica.

El experto Mesa, en otro orden de cosas, explica que, además del cambio climático, la trashumancia ha cogido un camino hacia la desaparición y que esto tiene que ver, fundamentalmente, con dos factores. En primer lugar, todos los efectos que lleva consigo el cambio climático —temperaturas cada vez más altas, menos precipitaciones, fenómenos meteorológicos más virulentos que erosionan el suelo o la contaminación del aire y sus acuíferos, entre otros— y, por otro, la “falta de generacionalidad”.

“No hay descendientes, no hay hijos que se interesen y quieran continuar con la labor de sus padres y que, al mismo tiempo, fue heredada de sus abuelos”, afirma, a la vez que asevera: “En lugar de dedicarse a la ganadería, lo hacen al turismo”. Al menos, así ocurre, según dice, en Sierra Nevada, en la provincia de Granada, por lo que piensa que, progresivamente, la ganadería deberá adaptarse. “No es que vaya a desaparecer, porque animales habrá siempre, pero sí es cierto que lo que no hay son ganaderos, por lo que se tendrá que producir una evolución para conseguir encajar en los cambios que propone la sociedad actual”, apostilla el experto en trashumancia, que reconoce, además, que “el campo se industrializa cada vez más”. Acerca de las posibles soluciones, Mesa indica: “O se cambia o se ponen los medios necesarios, porque en esto del medio ambiente hay mucho ‘postureo’”. Lo que quiere decir, tal y como explica, es que en tanto en las redes sociales como en televisión, son muchas las personas que se muestran comprometidas con el cambio climático. “Habría que ver a todos esos que van a las manifestaciones multitudinarias cómo se comportan en su vida diaria”, afirma el experto con decepción, que recuerda con añoranza cómo los campos jiennenses “estaban llenos de plantaciones de cereal desde el término municipal de Huelma hasta el límite de la provincia de Jaén con la de Granada”.

Pero, ¿qué se puede hacer para frenar un cambio climático que preocupa demasiado en el campo? La trashumancia —desconocido por muchos— atrae beneficios tanto a la agricultura como a la ganadería. Por poner un ejemplo, los animales transportan diariamente cinco millones de semillas en distancias superiores a los 100 kilómetros, o lo que es lo mismo, como de los Campos de Hernán Pelea —en el término municipal de Santiago-Pontones— hasta la dehesa de Sierra Morena.