Manuela Montiel, costurera: “Además de servir, acudía a las labores del campo y a la atención que los animales requerían”
Cuando el sol inicia su rendición la mecedora es refugio de los recuerdos, el vaivén agita las noches largas y la titánide helena Mnemósine penetra en la serenidad de Manuela. A través de su ventana comienza a ordenar sus pensamientos, siempre observada por la atenta mirada de Lorena, su sexta nieta, que hoy ha venido a visitarla a la residencia de Peal de Becerro. No siempre recuerda su nombre, pero hay algo en sus continuas visitas que le resultan familiar, que la sostienen. Es como si cada atardecer alumbrara ese rincón que la edad está oscureciendo, rozando con las yemas de los dedos el siglo de vida, una vida que no quiso y no consintió para su descendencia y que se antojó insomnio en las lejanas tierras galas de Jeumont.
Su nieta, que ahora reconstruye su vida, sabe que esos momentos en los que se abre la puerta de la memoria son infinitos, como sin nunca se hubieran ido los recuerdos que comenzaron a recolectarse un 19 de diciembre de 1926 en Toya, una pequeña aldea al suroeste de Peal. En aquel lugar que es entrada del Parque Natural, el frío del invierno se colaba por debajo de las puertas, y el calor del verano caía como una losa cuando el campo pedía agua. Segunda de seis hermanos que hoy añora, nació del matrimonio formado por Francisca y Eusebio, sus padres, los que tanto por lección como por omisión le enseñaron. Él era maestro, daba clase en el salón a los niños más pudientes de la época. Ella no estaba invitada a su “aula”, a sentarse en el pupitre, porque atender las casas ajenas era su medio para ayudar a la maltrecha economía familiar. Aún así, junto a sus hermanos, las puertas hicieron de escondite privilegiado para atender, lo que le sirvió para identificar letras y sonidos, aprender a leer y escribir con dificultad, pero con ahínco y tesón: escuchar, susurrar y repetir. “Nos escondíamos, callaícos, casi sin respirar”, reproduce Lorena, mientras Manuela asiente con una media sonrisa en la cara.
“No había otra cosa, además de servir también acudía a las labores del campo y a la atención que los animales requerían. No había otra opción en aquella época”
Ese primer acto de rebeldía, de estar presente donde no se la requería, fue la mirada sostenida a los ojos de un mundo que no estaba pensado para ellas, en el que las niñas tenían otros deberes asignados, otro lugar reservado, otro destino escrito, marcado, sellado. “No había otra cosa, hija, ya sabes que además de servir, también acudía a las labores del campo, y a la atención que los animales requerían. No había otra cosa, Lorena”, alecciona Manuela, mientras su nieta enciende la luz de su habitación, porque la penumbra ya invade el Alto Guadalquivir. La Guerra Civil la marcó, como a tantas tiernas generaciones. La sorprendió cuando apenas sumaba una década de vida, y la golpeó cruelmente contra el suelo cuando su padre fue acusado de ser “rojo”. Dos años pasó “a la sombra”, dos años que el hogar de la familia Montiel Paz quedó en silencio, porque el miedo y la ausencia pesaron más que el hambre. El hambre llegó después, llegó y se quedó durante años anclado al suelo.
“Siempre nos ha insistido mucho, sobre todo de pequeños, cuando decíamos que algo no nos gustaba, o nos dejábamos comida en el plato. Hablaba de que en su casa se comía lo mismo durante días”, cuenta su nieta “favorita” como ella misma se autoproclama entre risas. En medio de un tiempo famélico, duro, Manuela aprendió a coser. Su madre le enseñó lo poco que sabía, y ella se encargó de convertirlo en su medio de vida. Aguja, hilo y necesidad. Los pespuntes siguieron un rastro nocturno, con la luna como testigo del sobreesfuerzo que le pedía la situación. Pasó la juventud y lo que comenzó como una habilidad más a la que acudir, se tornó en oficio, el que la llevó a Madrid junto a Pedro, su marido, en busca de la esperanza que representaba la capital.
La promesa incierta de acabar con las penurias, o al menos alejarlas, tan solo duró un bienio. Afincada en una zona deprimida de Vallecas, se marchó, porque así se lo requirieron, con una familia a medio formar, y los sueños de prosperidad de nuevo atados en el hatillo. Pero esta vez los cantos de sirena resonaron al otro lado de los Pirineos. Uno de sus hermanos se convirtió en benefactor y consiguió trabajo para su marido, por lo que con las maletas hechas, la aguja y el hilo volvieron a trenzarse en el país vecino. Allí llegó la estabilidad, nació el quinto de sus hijos y fue el clavo ardiendo donde las manos que hoy surcan arrugas sacaron adelante una vida mejor para su prole. Aún hoy, cuando algún extraño perturba su calma, se refugia en el francés que aprendió con sus hijos, un modo de esquivar los oídos indiscretos y advertir, opinar y sentenciar sin que nadie tenga la necesidad de entender sus sabias palabras.
Pero pese a los cuartos que pagaron las facturas, siempre se echó de menos el sol del sur. Con la noche haciendo acto de presencia en su cuarto, Lorena le pregunta por sus “escapadas”, las que realizaba para volver a ver a los suyos cada vez que el calendario lo permitía. Porque la vida construida fuera siempre tuvo un apéndice marcado por el anhelo. Esos retornos con fecha de vuelta que sabían a poco se esfumaron. La jubilación había llegado para Pedro y Manuela, y la idea de regresar a Toya no pudo hacerse más intensa en su horizonte. Volvieron, sin celebración, sin algarabía, pero con la inmensa felicidad de pisar de nuevo los campos, recorrer los olivares y contemplar el castillo que había sido guardián de su pedregosa juventud.
“Mi abuela siempre nos ha insistido mucho a los nietos, sobre todo cuando éramos pequeños, cuando decíamos que algo no nos gustaba o nos dejábamos comida en el plato, que en su casa se comía lo mismo durante varios días”
Al abrigo de la sierra, sus cinco hijos, sus diez nietos y sus ocho biznietos escuchan sus historias, sonríen cuando permuta nombres y cambia generaciones y porfían con los detalles del camino. Pero hay algo que ninguno desconoce, y que Manuela se niega a que caiga en la oscuridad: el trecho recorrido, las “faltas”, y el dedal. La realidad de hoy, con el trabajo marcando la vida de sus descendientes, le deja tiempo para pensar, para contar, para recordar. Las constantes visitas de los suyos la revitalizan después de enviudar al poco de volver y compartir dos décadas en el hogar de su hija, con las tres cifras asomando en el frío y venidero diciembre. Lorena, que toma su mano para despedirse con los dos besos protocolarios, comprende, al igual que todos que su memoria es un mosaico de escenas que aparecen y desaparecen, una tela descosida y remendada, deshilachada unas veces, vigorosa y tensa otras. Y ante un mundo que se empeña en repetir sus historias más “negras”, hay algo que permanece constante, inamovible, inapelable: las certeza de sus relatos, contados a retazos, que siguen vivos en quienes los escuchan y que gracias a su familia, son un álbum compartido, mimado con celo para honrar a una mujer que luchó por ellos, por brindarles una vida mejor, con coraje, esfuerzo y corazón.