Guarromán homenajea a Pablo de Olavide
El pleno del Ayuntamiento de Guarromán concedió el pasado 30 de septiembre el título de Alcalde Perpetuo del municipio a un ilustrado irrepetible, Pablo de Olavide y Jáuregui (Lima, 1725-Baeza, 1803) por su condición de padre de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, entre las que figura esta localidad jiennense junto con La Carolina, Santa Elena, Carboneros, Arquillos, Aldeaquemada y Montizón. El jurista y reformador Olavide fue, en sentido estricto, el fundador de Guarromán. Carlos III, impulsor de reformas para modernizar económica y socialmente el país, le encomendó en 1767, en su calidad de superintendente de las nuevas poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, el proyecto de colonizar y repoblar los territorios del paso de Sierra Morena para asegurar el Camino Real desde Madrid a Cádiz de los bandoleros, impulsar el desarrollo agrario y materializar las ideas ilustradas de reforma social y económica.
Así las cosas, Olavide decidió fundar Guarromán junto a la antigua venta de Guarromán. Y fue quien decidió qué fisonomía debía tener esta localidad. Es decir, organizó el asentamiento inicial y planificó su trazado urbano de calles rectas y manzanas en cuadrícula, para facilitar la ventilación, el tránsito y la higiene, que hoy sigue caracterizando al pueblo y lo distingue de los núcleos medievales de la comarca.
Olavide dispuso que hubiera una plaza central que situaba la iglesia y la escuela como ejes de la vida comunitaria. “Él quería que las celebraciones se hicieran en esa plaza, que los hombres no bebieran en casa, porque si lo hacían acababan pegando a la mujer y él quería evitarlo”, explica José María Suárez Gallego, cronista oficial de Guarromán. El limeño también proyectó viviendas con pequeños huertos y corrales traseros para el ganado doméstico, así como pósitos para almacenar el grano y asegurar el suministro en tiempos de escasez. Por otro lado, construyó, por primera vez en España, cementerios fuera de las iglesias. Y, cómo no, dispuso la llegada de los primeros colonos procedentes principalmente de Alemania, Flandes, Suiza, Francia e Italia. Los apellidos centroeuropeos de muchas familias guarromanenses —Ahufinger, Payer, Moris, Ambú, Basmer—son herencia directa de los colonos que él trajo.
Cada familia recibió unas treinta hectáreas de tierra, animales de labranza y aperos, materiales para construir su casa y semillas para el primer año. Los colonos estaban exentos de algunos impuestos y la educación era obligatoria, una medida sin precedentes en la España de la época. “Se protegió y se apoyó mucho el trabajo de la mujer. Se la reconoció como parte importante del trabajo en el campo. Tanto es así que el artículo 74 del Fuero de las Nuevas Poblaciones, de 1767, reconoce y dice que todos los niños y niñas deberán ir a las escuelas de primeras letras para aprender a leer y a escribir”, algo inaudito en la época, como recuerda Suárez Gallego, que también destaca otra singularidad asociada a las reformas de Olavide. En aquel entonces, las mujeres no heredaban si quedaban viudas. Sin embargo, las colonias de las nuevas poblaciones como Guarromán, sí lo hacían.
Un reformador de alcance europeo
Pablo de Olavide nació en Lima, hijo de un comerciante español y una criolla. Llegó a España con 23 años y su posición en los círculos próximos al conde de Aranda y a Campomanes, los grandes reformistas del reinado de Carlos III, le abrió las puertas del Gobierno. Olavide fue un administrador inagotable que transformaba todo lo que tocaba, como Sevilla, donde ejerció como representante del rey y donde también dejó su legado: calles limpias, mejor iluminadas, un nuevo teatro y reforma en la universidad, en la que introdujo la razón y la ciencia como pilares del saber.
Persecución, exilio y rehabilitación
Las reformas de Olavide le granjearon poderosos enemigos: el clero, la nobleza terrateniente y los frailes capuchinos, llegados de Alemania para atender espiritualmente a los colonos, que difundieron el rumor de que era hereje e impío. Consecuencia: la Inquisición le juzgó y tuvo que escapar a Francia, donde fue encarcelado de nuevo. Carlos IV lo rehabilitó y volvió ya viejo y enfermo a una modesta casa cerca de Baeza, donde pasó sus últimos años. Sus restos reposan en un lugar indeterminado de la iglesia de San Pablo de esta ciudad, donde dos lápidas le recuerdan.