El curandero Francisco Ortega “Kikín”: “Si puedes hacer un bien, ¿por qué no lo debes hacer?”
Kikín es una especie de Papá Noel tosiriano con cierto aspecto “Cuéntame” y unos ojos azules inmensos y bondadosos que, si te descuidas, se te cuelan con suavidad y de forma algo inquietante hacia adentro, como si su mirada fuera de aceite, para sondearte en busca de quién sabe qué. Quizá solo quiere saber si su interlocutora es buena gente, si se puede fiar o si debe mantener la guardia en alto porque no entiende bien qué interés puede tener alguien como él para salir en el periódico. “¿Una entrevista a mí, por qué?”, pregunta extrañado negando con la cabeza tras el mostrador, en el que apoya firmes unas manos trabajadas de tanto bregar en el campo, haciendo pistas de tenis por todo el país, echando horas de marmolista y llevando las riendas de su particular trineo laboral: Confecciones Kikín. Su tienda, pegada al Teatro Miguel Anguita de Torredonjimeno, y su peculiar consulta donde, entre la venta de un cinturón y la de unos pantalones, sana de forma altruista desde hace décadas la culebrilla o herpes zóster, elimina el mal de ojo y quita también verrugas. El Papá Noel navideño regala juguetes una vez al año. Él, salud todos los días.
Kikín se llama en realidad Francisco Ortega Villar, pero si alguien pregunta así por él en Torredonjimeno, nadie sabrá decirle quién es ni dónde encontrarle, porque para todo el mundo es simplemente Kikín. El nombre con el que le llamaban los amigos, cuando jugaba en la calle siendo un crío. Y el nombre que le puso a su tienda cuando la abrió en 1979, y que ha regentado hasta 2015, cuando se jubiló, traspasando su gestión a su hijo Alejandro. Una de esas tiendas de las de antes, de dimensiones diminutas, llena hasta arriba de cosas, en la que encuentras casi de todo. Billetes de la Lotería Nacional y tirantes. Bragas y cazadoras. Capiruchos de Semana Santa y boinas. Una de esas tiendas donde se fiaba a los jornaleros que se iban a trabajar a Francia hasta que cobraban allí su buen dinero para poder pagar, a la vuelta, lo que debían a Kikín, cuya tienda ya no fía tanto “porque ahora hay menos respeto y educación y la gente es menos formal”. Una de esas tiendas donde el dueño sabe mejor que el marido la talla de falda que usa su señora o si la abuela usa la XL o la L para las batas de andar por casa.
Pero lo más singular de este establecimiento es que Kikín sigue acudiendo a sus 73 años mañana y tarde a la tienda, pero no para vender, sino para curar: “Vengo todos los días, incluso los festivos porque pienso —dice— que si puedes hacer un bien, ¿por qué no lo vas a hacer? Así que yo voy de la casa a la tienda, y de la tienda a la casa. Es lo que hago. No voy a andar ni nada de nada. Me gusta esto más que irme al hogar del jubilado a echarme un tute con los amigos o a sentarme al parque”. Así que Kikín está siempre de guardia, esperando a sus “pacientes”, que son muy numerosos. Solo por la culebrilla atiende una media de 15 o 20 personas diarias no sólo de Torredonjimeno, sino también de Jaén, Porcuna, Jamilena, Martos... Lo de curar el herpes zóster es un don que aprendió de su abuela. A los ocho años tuvo una culebrilla muy dolorosa, su abuela se la curó y, antes de fallecer, le enseñó lo que tenía que hacer si le volvía a aparecer una. ¿Cómo lo hace? “Cuando empecé a curar —cuenta— usaba manteca sin sal, pólvora negra y ceniza de enea quemada. Hacía una masa y la aplicaba para que el herpes se secara, pero dejaba una mancha más negra que el copetín”. Con el tiempo, su técnica evolucionó. Ahora usa Talquistina para secar la herida en vez de la receta de su abuela, reza (no dice qué) y hace un ritual con lechuga en el que dice para sí: “Culebrilla que te corto la cabeza y la colilla”. Así, una y otra vez hasta que “la pupa se cae, la persona sana y ya está”. Asunto resuelto.
“Para saber si alguien tiene mal de ojo, metes el nombre y apellidos de la persona en un cacharro con agua. Echas unas gotas de aceite y si desaparece el aceite, no tiene. Y si se quedan todas las manchas de aceite, es que sí que tiene”
Mari Carmen Cruz, paisana de Kikín, entra en la tienda mientras hablamos para que le revise el herpes que le salió en la boca. Las manos rudas del curandero se mueven gráciles en torno a los labios de la mujer, sin que parezca rozarla. “Llevo un mes viniendo. Tenía unos dolores tremendos en la garganta por las llagas y ahora estoy estupendamente. Él corta la lechuga, dice su oración, hace las cruces y ya está. Yo lo que sé es que poquito a poco fue a mejor y me acaba de decir que no hace falta que vuelva, así que tan feliz”, cuenta Mari Carmen. Además de la culebrilla, Kikín también cura verrugas y el mal de ojo. ¿Pero eso existe? “Claro que existe. Hay gente que se pone muy mala, muy mala... Llegan hasta poder morirse. Le dan cólicos, vómitos y se pueden deshidratar”, explica muy serio. Pero, ¿cómo se sabe si una persona tiene mal de ojo? Muy sencillo: “Haciendo la prueba. Metes el nombre y los apellidos de la persona en un cacharro con agua. Echas gotas de aceite y si desaparece el aceite, no tienes. Y si se quedan todas las manchas de aceite, es que tienes”. Para eliminarlo, a veces tiene que hacer su ritual una, dos, tres veces... Kikín usa su oración, pronuncia el nombre del doliente y echa gotas de aceite... hasta que se curan.
El Papá Noel de las culebrillas y el mal de ojo tosiriano no ha encontrado, de momento, sucesor. De hecho, muchos, en su pueblo, se preguntan qué harán cuando Kikín ya no esté en este mundo. “Mis hijos —afirma con cierto desencanto— no quieren seguir con esto y no sé si podrían hacerlo o no. Porque, aparte de fe, es muy importante la fuerza que tiene uno. Tienes que tener fuerza, energía, para aguantar y tolerar lo que te toque”. Descartados los hijos, Kíkín le ha “pasado su don” a otras personas, pero duda de su eficacia, porque “ellos vienen a curarse aquí, conmigo, así que no serán muy efectivos cuando tienen que venir a mí para que les ayude”.
Kikín, que viste solo ropa de la tienda que ahora lleva su hijo y que no sabe lo que es El Corte Inglés o el Centro Comercial Jaén Plaza, se define como un hombre religioso. “Soy muy devoto de la Virgen de la Cabeza. Vamos muchas veces andando a la Sierra y yo hago de guía. A la Romería voy por promesa, hasta que pueda”, afirma. Añade que todas las mañanas reza el rosario, pero no es “de confesión diaria”. “No voy mucho a la iglesia porque estoy un poco despegaillo de los que rigen ahí”, sostiene. En Torredonjimeno, la gente lo aprecia y valora tanto que le dicen, a menudo, que le van a hacer un monumento antes de que se muera, para lo que pueda ver antes de irse. “Pero yo les digo que ni se les ocurra, que luego llegan los perros y se mean. A mí, me dejáis que yo quiero pasar desapercibido”, dice este hombre humilde y tranquilo, de voz trabajada de tanto rezar para curar, como lo están sus manos de recoger ciruelas, manzanas, fresas, melocotones...
“Aprendí a curar el herpes zóster de mi abuela. Empecé usando manteca sin sal, pólvora negra y ceniza de enea quemada. Hacía una masa y la aplicaba sobre la culebrilla. Ahora uso Talquistina, rezo y hago un ritual con lechuga en el que digo para mí mismo: ‘Culebrilla, que te corto la cabeza y la colilla’. Así hasta que la pupa se cae, la persona sana y ya está”
Otras veces, sus paisanos le dicen que el teatro situado justo al lado de su tienda debería llevar su nombre porque se lo merece más que nadie por el bien que hace. “Eso son tonterías. Venga ya hombre... Yo no me merezco tanto... Pero sí, la gente me tiene mucho aprecio”, afirma sonriente mientras que, con el rabillo del ojo, se mantiene constantemente atento a si llega alguna persona más que necesite su ayuda. Y, ¿qué hace entre paciente y paciente? Pues Kikín se entretiene cuidando a los pájaros que tiene expuestos en la fachada de su tienda. Cuando marcha a comer, los mete dentro y cuando regresa, los saca de nuevo. Esa es su vida ahora. Curar y cuidar a sus pájaros.