Alfonso Díaz, hostelero, ganadero y olivarero: “Lo que he hecho ha sido para que la Hoya de Charilla no quede despoblada”

Diario JAÉN, a diez días de su 85 Aniversario, recopila diez historias de personas anónimas procedentes de las distintas comarcas. Hoy, Sierra Sur
Alfonso Díaz Zafra, hostelero, ganadero y olivarero.
Juan Rafael Hinojosa

La Hoya de Charilla es un microcosmos, una especie de Babia de Alcalá la Real. Entre la Martina, el Marroquí y el Rompezapatos se abre un valle, a más de 1.100 metros de altitud que representa un paraíso para desconectar. La cobertura de móvil brilla por su ausencia y es complicado llegar por carretera. En ese recóndito núcleo de montaña, con apenas diez vecinos, llegó a haber dos establecimientos para alojarse y comer. Detrás de esa pujanza se encuentra la figura de Alfonso Díaz Zafra, un auténtico todoterreno. Lo suyo ha sido una vuelta a los orígenes en toda regla.Después de regresar de las Islas Baleares, el 29 de diciembre de 2026 inauguró Hostal Restaurante Sierra de la Martina.

El negocio coincidió en su primera época con La Quinta de Charilla, abierto por una empresaria después de reformar una casa que le había pertenecido a él, pero sin actividad desde hace ya años. El “hotelillo” se construyó sobre la casa donde él mismo nació hace más de 64 años. La idea ha sido siempre poner en el mapa la Hoya de Charilla y evitar que este rincón de la Sierra Sur se despoblara. “Con altibajos, pero nos ha ido bien. Este no es un sitio para hacer dinero”, manifiesta Díaz. El negocio llegó a ir tan bien que su mujer, Isabel Romero Castro, estaba en nómina e incluso había una trabajadora a media jornada. En los primer tiempos, de vino y rosas, la cortijada estaba de moda, con los dos establecimientos rurales e iniciativas tan curiosas como el torneo de tiro con honda —utensilio indispensable otrora en eso lares y manejado con maestría por él mismo—, que se celebraba en septiembre, con presencia e numerosos visitantes. Durante diecisiete años, este espacio serrano ha acogido la convención de BMW. También ha habido huéspedes ilustres, como el director de cine navarro Montxo Armendáriz. La difusión se hacía a través de Booking y acudían tantos extranjeros que llegó a haber, de forma simultánea, doce nacionalidades. En primavera, este idílico valle alberga encuentros de convivencia promovidos por el área municipal de Juventud de Alcalá la Real. Con más de treinta plazas para pernoctar y capacidad para alrededor de cuarenta comensales entre el salón y la terraza, todo iba muy bien, con frecuentes celebraciones sociales.

“La cocina es tradicional, hecha con productos de proximidad, que tenemos nosotros mismos, como el choto, las setas, los cardillos, las collejas...”, resalta el empresario. Sin embargo, desde hace cosa de un año y medio ha habido un bajón. Díaz se queja de la burocracia, “que no da tregua”. Desde el pasado puente de la Constitución, se encuentra cerrada la parte de hostal de Sierra de la Martina. Cuando está a la vista el vigésimo aniversario, pero también la jubilación, Alfonso Díaz se muestra cansado. Y es que en estas décadas ha desarrollado una labor ingente, un no parar. Su intención es, cuando acabe la campaña de la aceituna, “darle una vuelta” a todo con la familia y decidir qué camino tomará este proyecto hostelero tan singular.

“A lo largo de mi vida he coincidido con mucha gente famosa. En el alojamiento hemos tenido, por ejemplo al cineasta Montxo Armendáriz o al piloto del rey Fahd, sin contar a los que vi en la isla de Formentera, que es un destino selecto. En mi establecimiento hostelero he llegado a tener doce nacionalidades el mismo día, incluso con gente llegada de Australia”

Aunque parezca sorprendente, cuando ha entrado la primavera astronómica, a Díaz Zafra todavía le queda más de una semana de recolección. El suyo es un ejemplo de pluriempleo, pues compagina la oleicultura con la ganadería y con la hostelería. En cuestión de meses, su idea es dejarle su explotación pecuaria, con más de cuatrocientas cabezas entre ovejas y cabras a su hijo varón, también llamado Alfonso —las otras dos son Jennifer y Melisa—. En cuanto al olivar, cultiva más de 2.000 árboles. La Hoya de Charilla, gracias a gente como él, se ha mostrado como un portento. Como detalla, la tierra virgen ha permitido que los árboles que se plantaron décadas atrás den cincuenta kilos o más de media, con una cosecha constante. Para esto, aparte del suelo, la clave está en el clima. “Aquí los años secos caen setecientos litros por metro cuadrado. Esas son las campañas buenas para mí porque es cuando casi no hay producción en otros sitios, pero el aceite se paga mucho más caro”, reflexiona este polifacético vecino criado a los pies de la Martina. La vida del empresario daría para una novela. Siete hermanos. Vino al mundo en una familia numerosa —rodeado de seis hermanas era el segundo y el único varón—. Aquellos tiempos eran muy distintos de los actuales de vacío rural, pues todos los cortijos —muchos de ellos ahora ruinas— estaban poblados de familias. En la escuela de la Hoya de Charilla había medio centenar de niños.

Cursó allí los tres primeros cursos, pero al cerrar ese colegio tuvo un año sabático. Hizo quinto en Valdepeñas de Jaén, hasta donde iban andando en un camino de más de once kilómetros, más la vuelta, en unos tiempos en que las nevadas, de hasta un metro, se prodigaban, hasta el punto de que los niños hacían “conejeras” por debajo del blanco manto. Terminó los otros cursos de lo que hoy sería Primaria en Alcalá la Real, donde estuvo interno en la residencia de El Coto. Con once años ya empezó a trabajar en la vendimia y en otros menesteres, como la aceituna o la manzana. Con diecisiete cambió la aldea por la gran ciudad, al colocarse en Barcelona como agente de publicidad de Henkel Ibérica.

“Todo lo que he hecho ha sido para que la Hoya de Charilla no se quede despoblada, como ocurre en muchos sitios de la España vaciada. He estado en muchos sitios, pero no he visto ninguno como el valle espectacular que hay a los pies de la Martina”

“Ganaba un dineral, 1.660 pesetas al día”, recuerda. Sin embargo, a Alfonso Díaz le pudo la nostalgia y al cabo de unos meses regresó a una casa donde sus hermanas menores eran aún niñas. Después trabajó con los tendidos telefónicos, con una contrata que prestaba servicios de mantenimiento en Andalucía para una firma de Madrid. El gran cambio llegó en Formentera. En la isla pitiusa ejerció de comercial de licores, responsable del correo, chófer, emprendedor del transporte y, por si fuera poco, en un chiringuito. Él y su mujer ahorraron, lo que le permitió comprar tierras. Llegó el momento de decidir si se quedaban o volvían a los orígenes. Y así el matrimonio regresó a sus raíces. Por mucho que a duras penas funcionen el teléfono y la wifi, Alfonso Díaz Zafra no se arrepiente del paso que dio para poner en órbita la Hoya de Charilla.