Un año del apagón: Así se vivió en Jaén
Conforme iba cayendo la noche, el personal de la Policía Local ocupó sus puestos en las principales vías de la ciudad. El Paseo de la Estación vio como en los principales cruces de la vía se colocaron una patrulla, con dos policías para dirigir el tráfico y que la oscuridad no significara sinónimo de accidentalidad. A la altura del Hotel Condestable Iranzo, una hilera de coches esperaba el permiso de los agentes para poder circular en sentido ascendente hacia la Plaza de la Constitución. “Estamos intentando que el tráfico sea lo más fluido posible”, confesó uno de los agentes interrogados. Siguiendo las estelas de las luces azules y las varas de luz de los agentes, en Los Jardinillos también se instaló otra patrulla, la cual guiaba el acceso desde la Calle Castilla y la subida hacia la Diputación de Jaén. Allí, el continuo trasiego de peatones hizo que los agentes se emplearan a fondo para intentar frenar a los coches que subían y bajaban. Bajando por la avenida de Ruiz Jiménez, en el cruce con la avenida de Madrid, de nuevo dos agentes dispuestos en sentido ascendente nos dieron el alto. Pese a todo, el servicio de control de tráfico no reportó incidencias antes del cierre de este periódico. Fueron continuas las idas y venidas de los vehículos de la Policía Local. También se pudo observar que los compañeros de la Policía Nacional y, a veces, Guardia Civil echaron una mano en el control del tráfico. En las gasolineras también se vio movimiento de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, pues presenciamos durante la noche la llegada de automóviles de los diferentes cuerpos para repostar. La complicidad se notó en uno de los días más negros y oscuros de la Historia reciente de este país, y eso, habiendo pasado una pandemia mundial hace no tanto tiempo, es mucho decir. Como siempre, los equipos de seguridad dieron la talla ante semejante empresa.
De la actividad frenética al desierto oscuro en el polígono Los Olivares
La mañana del apagón comenzó como cualquier otra en el Polígono Industrial Los Olivares: un hervidero de actividad. Las calles, habitualmente repletas de coches estacionados, de operarios cargando y descargando mercancías, de trabajadores entrando y saliendo de las naves. Eran poco más de las nueve de la mañana y el polígono, que acoge a numerosas empresas de distintos sectores, vivía una jornada que nada hacía presagiar lo que estaba por venir. A partir de las 12:30 del mediodía, aproximadamente, todo cambió. Un apagón generalizado sumió de golpe a toda la zona industrial en la parálisis. La electricidad, pilar fundamental de cualquier actividad en el polígono, desapareció sin aviso previo. Sin ordenadores, sin maquinaria, sin teléfonos, sin climatización: la actividad empresarial empezó a desmoronarse de forma inmediata.
En cuestión de horas, las calles se transformaron. Los coches comenzaron a abandonar el polígono. A la incertidumbre inicial le siguió el goteo constante de empleados que, ante la imposibilidad de continuar sus tareas, recogían sus pertenencias y se marchaban. No fue una marcha repentina, pero sí progresiva: las oficinas se vaciaban, los portones de las naves se cerraban y la actividad se evaporaba. A pesar del corte de electricidad, algunas empresas optaron por mantener su operativa, esperando que la luz regresara en cuestión de minutos o, a lo sumo, de un par de horas. La esperanza de una pronta solución hizo que, alrededor de las 16:00 horas, volviera a observarse cierto movimiento. Algunos empleados regresaron tras la pausa de mediodía. Se reanudó tímidamente el tráfico por las calles internas del polígono. Sin embargo, la incertidumbre planeaba sobre cada paso. No había energía, ni previsión de cuándo volvería, y el silencio roto solo por el sonido de pasos y motores daba una sensación extraña a un lugar que suele ser pura actividad.
La falta de información terminó por inclinar la balanza. Varias empresas decidieron cerrar definitivamente sus instalaciones para el resto del día. Sin luz, sin sistemas informáticos, sin posibilidad de producción o venta, no había otra opción razonable. Poco a poco, otra vez, el polígono empezó a vaciarse. Conforme la tarde fue cayendo y la oscuridad se adueñó del paisaje, la desolación fue total. Las farolas no se encendieron, las calles quedaron sumidas en una oscuridad absoluta. Solo los faros de los últimos vehículos que abandonaban el polígono alumbraban fugazmente las calles vacías. A pie, resultaba imposible orientarse sin luz; en coche, era necesario circular con suma precaución para evitar percances. A medida que la noche avanzaba, el polígono industrial de Jaén se convirtió en un territorio fantasma: naves cerradas, calles silenciosas... Donde habitualmente reinaba el bullicio de operarios, camiones de reparto y comerciales, no quedaba ya rastro de actividad.
La hostelería experimenta altas y bajas en su noche más oscura
La jornada, que comenzó como un lunes cualquiera de primavera se convirtió en un caos cuando la electricidad cayó de manera monumental en toda la geografía española, una cosa que no había sucedido nunca antes y que pilló en jaque a todo el mundo, pero especialmente a los bares y restaurantes, que vieron comprometida su actividad laboral. Algunos negocios pudieron seguir, de manera atropellada, su actividad hostelera, pero otros que no contaban con la misma suerte tuvieron que bajar las persianas y rezar porque la luz llegase pronto y poder preservar el género del que disponían.
A lo largo de la tarde, por zonas muy activas de hostelería como pueden ser el bulevar o el centro, se podían ver los camareros de los bares que todavía resistían al cierre, pero que no pudieron seguir sin más género frío y sin poder cocinar para realizar un turno de noche a gusto de los consumidores.
Agustín Aybar abrió hace casi un mes el bar “Agustito” en el Paseo de España de la zona del Bulevar. El propietario del establecimiento pudo atender a sus clientes gracias a una plancha de gas. “Las comidas de a medio días las servimos bien, pero por la noche ya tuvimos más problemas. Estamos muy agradecidos por el respaldo de la clientela”, aseguró a este periódico. Pese a la oscuridad de la noche, la terraza del local estaba concurrida y en cada mesa había una vela. “Es una experiencia que vivimos en esta corta andadura del bar”, dijo. La postal nocturna que ofrecía la calle Bernabé Soriano y las aledañas a la Catedral rozaban lo distópico, una inmensa sombra agujereada por miles de estrellas oscureció el cielo jiennense y las calles, semivacías, ya marcaban el tono de la noche.
De los cientos de bares que existen en esa zona, la gran mayoría se encontraban cerrados a cal y canto y lo poco que se pudo ver fue gente buscando ya el cobijo de su hogar. Y aunque fue así la tónica mayoritaria, no todos los bares cerraron, el restaurante de la estación de trenes se mantuvo abierto en todo momento, ya que contaba con la electricidad generada por los grupos electrógenos de la propia estación.
Sin alarmas ni cierres en el comercio local durante horas
El apagón afectó a todos los comercios de la zona del centro jiennense que rodea la Plaza de la Constitución. Sus empleados salieron casi al mismo tiempo a la calle para comprobar que los establecimientos de enfrente padecía el mismo problema. Sin embargo, algunos lo tuvieron más difícil que otros. Los sistemas de cierre y de seguridad no eran los mismos en todos los casos, y aquellos que solo funcionaban a base de electricidad quedaron totalmente inservibles. Tanto es así, que sus responsables debían quedarse allí para evitar robos. Al contrario que las verjas manuales, éstas no podían ser forzadas físicamente para cerrar el establecimiento. En la tienda Lola Ruiz, como en otras muchas de la zona, padecían además el problema de la falla en el sistema de alarmas. El apagón se había llevado por delante cualquier barrera disuasoria que impidiese a un paseante sentir la tentación de llevarse alguna prenda consigo sin pagarla, y esta situación, tal como comentaron las dependientas de este local a Diario JAÉN, hacía inviable abandonar su puesto de trabajo hasta que la electricidad volviese. Como cualquier día del año, muchos vecinos se habían acercado a esta zona para hacer sus compras. En el edificio de Esfera, la oscuridad que generó el apagón fue especialmente llamativa.
La luz natural no entra fácilmente en este comercio, pues se trata de una tienda de dos pisos cuya única abertura al exterior no cubre apenas un tercio de la pared. El piso superior, dedicado a las prendas masculinas, no podía cobrar con tarjeta de crédito, mientras sí era posible en la femenina. Además, los clientes no podían utilizar los probadores, bañados en una total oscuridad. En todo este caos, la mayoría de los empleados que en aquel momento tenían la responsabilidad de estar a cargo del local, debían consultar cada movimiento con sus superiores, pero las líneas telefónicas ya estaban fallando, y las aplicaciones de mensajería estaban caídas. Este fue uno de los motivos que llevó al nerviosismo y a la máxima improvisación a estos profesionales.
Otro ejemplo de las dificultades de muchos trabajadores fue Sergio Prada Gil, quien, a las 22:35 horas continuaba en su propia tienda debido a que no podía utilizar el cierre manual y no le servía el motor para bajar las rejas. Es por ello por lo que se vio en la obligación de realizar guardia durante toda la noche para evitar posibles daños al local, ya que en esos momentos había cerrado la caja y guardado los productos. Por otra parte, no recibió ayuda por parte de los agentes policiales, quienes lo único que le pudieron decir se centró en la recomendación de llamar al servicio del 112 en caso de que sucediese alguna incidencia. Todo ello en una noche tan oscura que todos los transeúntes tenían que utilizar linternas para poder caminar por las calles. También los locales gastronómicos u hosteleros tuvieron problemas similares. No obstante, en estos casos se añadió un inconveniente mayor: sin electricidad, sus productos podían perecer en apenas minutos. Así fue en la Heladería Montelado, cuyos responsables dieron por perdidos sus helados en apenas dos horas.
Noche de excepción en hospitales
Hacia las doce y media de la mañana del lunes, cuando España y buena parte de Europa se quedó sin suministro eléctrico, los hospitales de todo el país continuaron funcionando gracias a los generadores de energía. Uno de ellos fue la Clínica Cristo Rey de Jaén, en pleno Paseo de la Estación. Sin embargo, cuando oscureció en la capital, la situación podía ser crítica en apenas unas horas. “Los generadores funcionan con gasoil, y si se acaba el que tenemos en el hospital, y las gasolineras no lo suministran, todo puede empeorar”. Así lo afirmó Raúl, un auxiliar de enfermería del centro que llevaba ya unas horas haciendo su turno de noche. El gasoil podía durar, al menos, toda la noche, hasta el martes. No obstante, para evitar un gasto innecesario de energía, los servicios sanitarios se redujeron al mínimo: “Se han suspendido las intervenciones o pruebas más accesorias”, explicó “Sólo permanece lo más urgente, lo básico que no puede esperar”.
José Luis, del servicio de ambulancias, reconoció que el trabajo estaba siendo “complicado”, más de lo habitual. Como ocurría en el interior del hospital, en las ambulancias también daban los servicios mínimos. La causa era la misma: el combustible. “Las gasolineras no dan suministro, no repostan”. Además, surgieron problemas derivados del apagón que resultaban más dañinos y arriesgados para los pacientes. “La gente que tiene oxígeno en casa no puede conectarla a la máquina, y las botellas que tienen de reserva se les están acabando”. Así las cosas, estos profesionales se dedicaron a darles servicio”. Por suerte, no se registraron accidentes o incidencias por motivo del apagón en este centro hospitalario. Tampoco en los domicilios. Los pacientes que acudían al servicio de urgencias, advirtió José Luis, lo hacían en su mayor parte por los ya mencionados problemas respiratorios, o derivados de las distintas residencias de ancianos de la ciudad.
Por otra parte, el Centro de Salud del Bulevar se quedó como único consultorio médico. Las fuentes consultadas en dicho centro comentaron que “solo se estaban atendiendo a las urgencias más graves”. Los servicios médicos se encontraban en las mismas condiciones que en un día normal, así como todos los vehículos operativos. Las fuentes del consultorio también explicaron que no existía una línea dictada por ellos, sino que desde la coordinación de los hospitales estaban organizando al centro para que lanzasen las ambulancias necesarias para asistirlos.
Las farmacias fueron unos de los establecimientos más afectados durante todo el día. Los profesionales únicamente pudieron dispensar medicación que fuera sin receta y, además, cobrarla en efectivo. Sin duda, fue una situación muy complicada para todos los pacientes que necesitan una medicación en concreta.
Asimismo, estuvieron presentes para atender cualquier necesidad que tuviera la ciudadanía. Sin duda, cabe destacar que el dispensario de medicamentos se encontró verdaderamente amenazado, no solo por la imposibilidad de realizar el trabajo debido a la falta de corriente, sino a la posible pérdida de medicamentos que necesitan frío para mantener sus condiciones y realizar su efecto, como son el caso de las vacunas o la insulina.