Tal día como hoy, en 2005, publicábamos: El mercadillo en Jaén, entre “gangas” y calor

Miles de compradores desafían las altas temperaturas en busca de la mejor ganga en el mercadillo más castizo de la ciudad
Señoras en un puesto del mercadillo comprando prendas de ropa. / Archivo histórico Diario JAÉN.
Diario de Jaén

Tal y como publicó este periódico hace veintiún años, el 29 de julio de 2005, Gran ganga, gran ganga... yo soy de Teherán!. La misma sintonía que cantaban Pedro Almodóvar y Mac Namara en la película del manchego, “Pepi, Luci, Boom y otras chicas del montón” se podría aplicar a cualquier jueves de mercadillo en la capital. Los vendedores de los más de trescientos ochenta puestos que trabajaban en el recinto ferial no escatimaban voz a la hora de pregonar sus productos como si de una coro se tratara con frases como: ¡Camisetas de Zara a un euro!, ¡chanclas a dos euros!, ¡Piratas a tres euros! ¡Niñas, mirad y comprad! Un placer para los oídos y, sobretodo, para el bolsillo. Y es que esa era su vida. Los comerciantes pasaban cada jueves de mercadillo más de cinco horas a pleno sol y después de la jornada, aún tenían tiempo, para tener una charla con el vecino del puesto, al que consideraban su familia, y hablaban de los temas más diversos. Decían que a los jiennenses les gustaba comprar en el mercadillo y eso se nota en el ambiente. Un día cualquiera pueden pasar por el laberinto multicolor de puestos cerca de once mil personas, y prácticamente todas piensan lo mismo: No hay calor que valga para ir en busca de la ganga. Dicen que el mercadillo se había convertido en unos grandes almacenes, pero al aire libre. Entre sus calles se encontraba todo aquello que el cliente buscaba, desde ropa de calle a ropa de fiesta, desde cualquier tipo de cosmético femenino a un edredón de última temporada, desde un macetero andaluz a toda una batería de cocina. No había artículo que se resistiera al calor del asfalto del recinto ferial y que, finalmente, no cayera en las manos de algún comprador. Y si vendían es por que, como explicaban, sabían vender. “Nosotros tenemos la última moda. Que se llevaban las faldas de volantes, aquí las traemos... Que se llevaban los zapatos de tacón, aquí los traemos, y todo más barato, por eso nos compra”, explica un trabajador. Quienes añadían que llegaban incluso a hacer de “verdaderos estilistas de moda, porque aconsejamos a las clientas y no hay tanta frialdad como en otros establecimientos”. De todas maneras, ellos también se quejaban y notaban la llegada del verano y la consecuente bajada de las ventas. Manifestaban que la gente se marchaba al campo y no acudían a comprar y que las rebajas también dejaban huella en su economía. Antonio Jiménez, dueño de un puesto de textil, aseguraba que en época estival las ventas podían bajar más del cincuenta por ciento y que la llegada del euro también les había perjudicado. Su compañero Eusebio Tejada tenía la misma opinión y confirmaba que, a pesar de que siempre baja gente, el bullicio y la caja se resentía cuando llegaba el calor. “¡Pero aquí estamos, y es porque la venta la llevo en la sangre desde hace veinte años, así que la gente no nos abandone!”, apostillaba. A las doce y media, Eusebio Tejada comenzó a recoger sus bártulos para comenzar otra jornada y marcharse con su ganga y su música otra parte .