Tal día como hoy, en 1999, publicábamos: La ilusión de los pequeños, a cien pesetas
Tal y como publicó este periódico hace veintisiete años, el 14 de octubre de 1999, la superstición del “día 13” no fue obstáculo para que los niños disfrutaran de su día especial de feria. Aunque la mañana y el mediodía estuvieron dominados por la decepción de los responsables de las atracciones, la tarde se tornó en alegría para todos, tanto para los trabajadores como para los niños. La ilusión de conducir una motocicleta o incluso un coche, el arte de subir a un caballo que da vueltas o la aventura de chocar con el amigo de enfrente, se hicieron realidad para quienes no levantan un palmo del suelo. El módico precio de 100 pesetas se convirtió en los últimos años en el principal reclamo publicitario para que los niños se acerquen a las más de 30 atracciones existentes en La Vestida. Una variada gama de sensaciones pueden vivir durante este día los más pequeños de la casa. Los progenitores no tienen excusa para satisfacerlos en este insaciable deseo de diversión. Es la otra cara de la feria. Mientras los adultos viven y conviven en las casetas que componen el recinto ferial, los niños duermen. El día de antes les tocó a ellos vivir, y convivir con una amalgama de colores cuyo resultado son imágenes auténticas de un cuento y los padres tuvieron que formar parte de la trama. Los responsables de la novedad de este año, la montaña rusa, se quejaban a las dos de la tarde de la inexistencia de niños en el recinto ferial. “No entendemos cómo hay colegio cuando Jaén está en feria. Creemos que el día de los niños debería haber sido el martes, cuando los pequeños estaban libres”. Añadieron que la idea de celebrar el “Día de los niños” el 13 de octubre no había sido muy buena, puesto que había un partido importante de fútbol y estaba a punto de llover. Quienes opinaban lo contrario mostraron su esperanza en que a partir de las cinco de la tarde una multitud de infantes colmara las calles donde se ubican las 32 atracciones festivas. Fue a esta hora cuando las madres y las abuelas, fundamentalmente, fueron llegando paulatinamente a La Vestida para acompañar a “nuestros hijos y nietos” para que sacien sus ganas de disfrutar del ambiente festivo de los “cacharros”. Sobre las ocho de la tarde los bolsillos quedaron vacíos y los pequeños, con lágrimas en los ojos, se vieron obligados por los mayores a salir de la ficción y entrar en el albero mojado.