Juan Eslava Galán: “No tendré vida para escribir lo que tengo en mi cabeza”
LA ENTREVISTA
Nunca dirá el portero de un histórico edificio de la céntrica calle Mayor de Madrid cuál es el piso en el que tiene su actual residencia el viajero más internacional de la provincia de Jaén. Puede que ni siquiera lo sepa o, quizás, la negativa por respuesta sea por pura discreción profesional. El caso es que Juan Eslava Galán (Arjona, 1948) abre las puertas de su casa con la naturalidad de quien recibe a un paisano, en femenino en este caso, en el hogar en el que hay tanto de modernismo como de tradición. Una biblioteca llena de libros con su nombre y apellidos conduce a la luz de unos grandes ventanales desde los que se asoma al mundo con mirada de escritor. Es el rincón de sus creaciones.
—Es de obligado cumplimiento preguntar por la salud...
—Ha estado mejor. Hace casi un año me falló el riñón trasplantado, ahora estoy en diálisis y no sé si esperando otro, porque dependerá de si el corazón aguanta. Además, me rompí la cadera y estoy poniéndome al día. Las desgracias no vienen solas.
—Sobreviviendo.
—Sí. Tiene una parte positiva. Antes tenía muchos compromisos exteriores, de conferencias y presentaciones, ahora lo he anulado todo y escribo el doble.
—¿Qué le parece que un instituto de educación permanente reciba su nombre?
—Es el mayor honor que se me podía conceder, casi me conmueve pensarlo, porque yo le he dedicado toda la vida a la enseñanza. Me ha dolido mucho su decadencia, ahora es un desastre, a pesar de que tenemos las mejores generaciones de enseñantes que hemos tenido nunca, pero por razones políticas es un desastre. Veo con una gran esperanza centros en los que, personas que no necesitan para nada aprender, porque tienen hecha su vida, sin embargo, demuestran amor por la enseñanza y quieren seguir aprendiendo. Eso es lo más maravilloso que podemos tener y, afortunadamente, en la sociedad española hay mucha gente así.
—¿Cómo es su vida en Madrid?
—Antes viajaba mucho, pero desde que me ha ocurrido esto he renunciado a toda vida exterior. No lo lamento. Como decía Tony Leblanc, en el personaje Kid Tarao, yo de mi casa al gimnasio y del gimnasio a mi casa. En mi caso es del hospital a mi casa.
—La gente de su generación estudiaba Francés. ¿Por qué eligió usted Inglés?
—La gente de mi generación estudiaba Francés porque España, desde el siglo XVIII, ha dependido mucho de la cultura francesa. El idioma tenía mucha más importancia antes que ahora y, hoy en día, el Inglés se ha hecho la lengua franca y lo ha invadido todo. Yo era un buen alumno de Francés, porque los veranos me iba a Francia haciendo autoestop, también a Alemania... Era un buen estudiante, pero me cambié porque cuando llegué a la Universidad, los profesores de Historia no tenían mucha fama y entonces pensé que podía estudiarla por mi cuenta. Además, en el mundo moderno el Inglés es muy necesario. En la parte práctica, catedráticos de Francés había muchos, pero no de Inglés.
“Ver mi nombre en un instituto es el mayor honor que se me podía conceder, casi me conmueve pensarlo, porque le he dedicado toda la vida a la enseñanza”
—¿Cómo fue su infancia?
—Bastante feliz y socialmente muy interesante. En Arjona, mi padre era propietario de una fábrica de aceite y, como eran muy contaminantes en aquella época, tenía que estar en un barrio extremo, en las afueras. Crecí rodeado de casas muy humildes y yo tuve cierta convivencia con los molineros y con aquellas familias de agricultores que los estudiantes que eran mis compañeros en la Universidad no tenían.
—Una familia privilegiada, entonces, en tiempos difíciles.
—En ese sentido, sí. En mi casa no había escasez, obviamente, pero yo veía detalles de necesidad en las casas de mis amigos que me han dejado cierta impronta. Recuerdo a Pepín, de mi barrio, que cuando tenía que tomar la merienda iba a su madre, que siempre estaba cosiendo en la puerta, cogía la hogaza de pan, se la apoyaba en el pecho y, con el cuchillo, marcaba el corte y se lo tasaba. Me llamaba la atención porque en mi casa se ponía el pan hasta duro. Y otra cosa. Las únicas proteínas que tomaban los pobres eran conejos, porque todos tenían en el corral un jaulón donde los criaban. Los niños de mi edad tenían la obligación, por la tarde, de salir con un saco y volver con él lleno de hierba. Interrumpían los juegos y yo me quedaba solo, porque en mi casa se compraban los conejos, hasta que decidí irme cada día con uno. Mi madre me montaba unas broncas... El dedo se me quedaba verde y por mucho que me frotaba tardaba en quitarse. Ella quería que mis amistades fueran del centro de Arjona.
—¿Por qué no se dedicó usted al campo, al olivar?
—Al principio fui un estudiante desastroso y, de hecho, mi abuelo materno, cuando me expulsaron de dos colegios, le decía a mis padres que todo el dinero que se gastaban era como tirarlo al muladar y que lo que tenían que hacer era llevarme al campo. Si le hubieran hecho caso, yo sería hoy tractorista y estaría jubilado.
—El castillo del Berrueco despertó su interés por la Historia. ¿Y por la literatura?
—Una vez, en un cortijo arruinado de la Cañada de Zafra, en el poyete de una ventana encontré un librito de Edgar Allan Poe. Cuando lo leí, me llamó la atención que era una historia interesante que se podía escribir, y así empecé. Escribí muchas. La carrera normal de un escritor es empezar con poesía, luego relato corto y después novelas. De hecho, yo tengo una definición: “Novelista es el poeta que quiere ganar dinero”. A los trece años, que estaba enamorado, escribía más poesía que novela. Mi influencia era Rubén Darío, que me tenía fascinado. No he conservado ninguno. Con dieciocho o veinte años me decanté por los sonetos, tendré en torno a quinientos, porque continúo con ellos de vez en cuando, pero me da vergüenza publicarlos. Solamente una vez que estaba medio borracho, y yo soy absolutamente abstemio, le di a no sé quién del Ayuntamiento de Jaén una selección y me la publicó. Tampoco voy a decir que mis cosas las quemen, porque, cuando lo dices, no las queman, de tal forma que lo haré yo, si es que quiero, antes de morirme.
—Tiene usted más de cien libros publicados. Aparte de para pagar facturas, ¿para qué o para quién escribe, además, de una forma tan prolífica?
—Si digo la verdad, primero es por afición, porque escribir y leer es lo que llena mis días, pero también, como dicen los anglosajones, para pagar las facturas, porque llevo para adelante dos casas, la mía y la de una de mis hijas.
—¿Cuál es el motivo por el que no pasa de moda la novela histórica en España?
—Es curioso, en España se puso de moda por un fenómeno televisivo, una serie que impactó mucho en los años setenta, “Yo, Claudio”, que es fantástica. Eso dio un impulso al libro de Robert Graves, que se empezó a vender muy bien y, también, el mismo año se puso de moda “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. Tuvo mucho que ver que me dieron el Premio Planeta, porque había que darlo a una novela histórica por narices. A mí me convino mucho. Después, eso se pensaba que era un sarampión, que la novela histórica hacía la competencia a la social en España y al boom latinoameriano de forma pasajera, pero no fue así y, de hecho, nos hemos aficionado y lo que más leemos es histórica y policiaca.
—¿Por qué escribe tantos libros para escépticos?
—Es curioso y decepcionante. El primero que escribí fue “La Historia de España para escépticos” y, como sabrá, los libros tienen una caducidad limitada, que depende de la categoría del escritor. Si eres como yo, del montón o de segunda, te puede durar un año y, si eres bueno, tres o cuatro años. Si eres un difunto clásico, te puede durar más. Cuando alguno muere, ponen sus libros en el escaparate al día siguiente y, a los quince días, no se vuelve a hablar de él, lo entierran en el olvido. Cela, Delibes, Cortázar... El caso es que esa obra, milagrosamente, se sigue vendiendo después de diecisiete años y yo, lo mismo que los presidentes, lo pongo al día cada cinco años con nuevas ediciones. La cosa funciona. A veces, tengo que decirlo porque es cachondo, ocurren cosas como esta (muestra una página con una imagen de Jordi Pujol y, al lado, una fotografía de una tarrina de mantequilla con el mensaje: “Fácil de untar”), que la Generalitat se queja y tengo que modificar algún detalle (cambió la tarrina por unos chorizos).
“Escribo por afición, porque escribir y leer es lo que llena mis días, pero también, como bien dicen los anglosajones, para pagar las facturas”
—¿Hay censura en literatura?
—Sólo me he censurado dos veces, esta vez fue por evitar una denuncia contra Planeta. El caso es que tuvo tanto éxito como una finca. Por eso Planeta me pide que sean para escépticos.
—¿Por qué es decepcionante?
—Porque los lectores pueden creer que los libros los hago para escépticos, cuando es una cuestión de marketing.
—¿Queda impulso sobrante de un libro a otro para su salud como novelista?
—Muchos novelistas tienen el problema de la página vacía, en barbecho, pobrecitos... A mí eso nunca me ha ocurrido. Tengo ideas para ocho o nueve novelas que nunca las escribiré porque no tendré vida para tanto.
—¿Lo más difícil es podar?
—Sí. Yo tengo un sistema fijo. Siempre hago tres repasos a cada libro. Una primera lectura, en la que no corrijo nada, ni siquiera le pongo la “h” a huevo, si es que se me ha pasado. La segunda, un repaso general, en el que intento coordinar la sintaxis y, como le pasa a Benito Pérez Galdós a menudo, a lo mejor hay un señor sordo en el tercer capítulo y en el octavo sale escuchando detrás de una puerta. Intento que no haya fallos, pero siempre los hay y me escriben los lectores, sobre todo en los números, cuando digo treinta divisionarios y murieron seis y luego los cambio. El tercer repaso es el literario, que parezca bien escrito y además fijo los capítulos para que sean cortos. Soy muy escéptico, evidente, pero no lo hago para ellos, aunque los de tema religioso sí.
—¿Y las obras políticas?
—Intento repartir a diestra y siniestra. Procuro recoger el pensamiento de cada uno de los extremos que casi siempre coinciden en el centro.
“Yo me he codeado con unos cuantos ambientes y todos me han servido para entender la naturaleza humana y lo utilizo mucho en mis libros”
—¿Es usted agnóstico?
—Absolutamente, defiendo ser agnóstico más que ateo, porque qué seguridad tienes de que no haya Dios. Ninguna. Sin embargo, soy agnóstico porque creo que, en caso de que haya Dios y yo me tenga que presentar ante él, le puedo decir, Señor, no me diste suficientes pruebas... Además, será tan buena persona que en el infierno no habrá nadie. En dos o tres libros lo apunto con fundamento teológico, que todo el mundo está en la gloria.
—¿De quién le viene el sentido del humor que impregnan sus creaciones literarias?
—Estuve unos cuantos años en Inglaterra y siempre he leído mucha literatura inglesa. Será por eso. Iba al teatro y tenía una vida cultural muy intensa que, al volver a España, dejé de tenerla. Curiosamente, la muerte de Franco me pilló en Bristol y, al volver, me sorprendió cómo había cambiado la sociedad en tan poco tiempo. Me impactó. Ya había tenido barruntos cuando trabajaba y estudiaba en Aston, la pobre, porque allí hay tres tipos de Universidad: la AD University, que son Cambridge y Oxford; las “Red Brick”, que se hicieron en el siglo XXI, y las más modernas, son las “White Tile”, las de azulejo blanco. Yo trabajaba en una de estas “White Tile” y, un día, en la clase de traducción que daba un gibraltareño llamado Salvador, viene uno de mis compañeros valenciano tarde a clase y suelta encima de la mesa la revista Interviú con Marisol desnuda. Nos quedamos impresionados. El caso es que iba como tres veces por semana al teatro aficionado, con compañías de alto copete, porque como son tan hipócritas les sale muy bien ser buenos actores. Cuando volví a España, recuerdo que fui con mi madre al Teatro Asuán a una obra que debería de ser de Alfonso Paso, que es el que estaba de moda por aquel entonces, y lo que más me llamó la atención fue una escena en la que sale Mary Paz Pondal y lo primero que hace es ponerse de cara al público y enseñar las domingas. Ya no he vuelto al teatro.
—Decía Tolstoi que cuando uno describe su aldea está describiendo el mundo. ¿Le sirven sus referencias a Jaén para describir el mundo?
—Sí, mucho. Yo me he codeado con unos cuantos ambientes, los campesinos, los obreros, los universitarios... Todo me ha servido para entender la naturaleza humana y lo utilizo en mis libros. A veces me paso en las referencias a Jaén y tengo que discutirlas con Planeta.
—¿Un ejemplo?
—En mi libro “Yo, Aníbal”, los mercenarios de Jaén, cuando hablan acaban diciendo “Ni po”. Cuando me preguntaron por el significado les dije que era una expresión de la época ibera que, completa, es “Ni pollas”, pero no quise ponerla entera, y entonces me la aceptaron así.
—Usted, que ha escrito mucho sobre la provincia, sus castillos y sus batallas, ¿cómo la ve en este momento?
—La provincia tiene varias desgracias, y eso que yo quiero mucho a Jaén y la llevo en mi corazón, pero no tiene solución. Una desgracia es el monocultivo. Yo comprendo que no son tierras muy fértiles y, por lo tanto, lo único que se da es el olivo, que es un arbusto que tiene el defecto de que depende de la climatología. El porvenir está muy negro, porque no tenemos quién coja la aceituna, traemos gente de fuera, mi primo los trae de Mauritania. También es una desgracia que en Marruecos plantan aproximadamente un millón de olivos al año, lo mismo que en Chile, Argentina y China. Cada vez se va a tomar más aceite de oliva, pero va a ser de calidad en cualquier sitio, porque todo el mundo compra sistemas alemanes que son perfectos para sacar un producto decente. Pronto tendremos una competencia que nos arruinará el negocio, porque no podemos competir con los salarios en el mercado internacional. Teníamos que haber diversificado los ingresos de alguna manera. El boom del olivar en Jaén es del siglo XIX. En la Edad Media, el aceite que vendíamos a los moros por el puerto de Alcalá la Real procedía del Aljarafe sevillano, de tal forma que el olivo es reciente por cuestiones sociales, pero Dios nos trajo esa desgracia. Por otra parte, la capital en realidad tendría que estar en Andújar, porque lo natural sería Despeñaperros, Andújar y el Guadalquivir, Córdoba y el Guadalquivir, Sevilla y el Guadalquivir y Cádiz. Eso sería lo lógico, pero por cuestiones militares se puso donde está en la Edad Media. Fernando III se dio de dientes tres veces intentando conquistar Jaén y no lo consiguió, fue simplemente por un acuerdo con mi paisano el Rey Alhamar, con lo cual se puso en un lugar inadecuado. Nunca vamos a crecer más. Por otra parte, tenemos la belleza de la sierra de Otíñar, pero la hemos desperdiciado turísticamente. Claro, nos quejamos del tren, pero es que no compensa, si estuviera en Andújar, sí.
Siempre que puedo presumo de Jaén y, cuando alguien me dice que va a ir a Austria, le digo que el mayor bosque de Europa está en nuestra provincia y, además, virgen”
—¿Hay que reescribir la Historia para aprender de nuestros propios errores?
—No, reescribirla es siempre pernicioso, porque cuando se reescribe lo que hacemos es falsificarla. Por ejemplo, los mexicanos la reescriben y enarbolan que tenemos que pedir perdón por lo que hicimos allí, un típico ejemplo de reescritura dolosa. Algunas culturas que ahora nos parecen espléndidas habían desaparecido por completo cuando llegaron los españoles. En México había un sistema mediante el que una raza dominante puteaba a las otro ocho o diez que había, las cazaban para tener material para los sacrificios y luego parte se los comían, es decir, eran antropófagos. Llegan los españoles, con la Santísima Trinidad, impiden todo eso, imponen una religión, y no perdamos de vista que la Reina Católica, cuando Cristóbal Colón le mandó el primer barco de esclavos, que eran indios taínos, los devolvió. Quiero decir que la Corona española siempre estuvo muy a tono con los tiempos modernos. El Imperio español, con el romano y el persa, es el único del mundo que ha civilizado a los pueblos que dominaban, los demás eran extractivos.
—No aprendemos entonces.
—No, porque cuando la ingeniería alemana supera a la inglesa, por ejemplo, ellos provocan la Segunda Guerra Mundial, que es consecuencia de la Primera, y entre las dos hemos suicidado a Europa. Ahora hay unos nuevos imperialismos basados, descaradamente, en el dinero y, además, sin necesidad de presencia física, es decir, los zapatos que llevamos pueden ser fabricados en una factoría en Asia y no tenemos que tener a los esclavos aquí, sino los zapatos. Esa es la mundialización. La Historia es una gran maestra, pero nadie aprende de ella, desgraciadamente.
—¿Le gusta presumir de la provincia de Jaén?
—Siempre que puedo presumo de Jaén y, cuando alguien me dice que va a ir a Austria, le digo que el mayor bosque de Europa está en Jaén y, además, virgen.
—¿Se siente usted reconocido?
—No tengo queja, sobre todo ahora que le ponen mi nombre a un instituto. Es un reconocimiento a mi persona como escritor y como docente.
—¿Por qué no vive usted en Arjona, en Fuerte del Rey o, incluso, en Jaén?
—Yo siempre doy un consejo a mis hijas y a mis nietas: no vivas en ciudades de menos de doscientos mil habitantes.
—¿Por qué?
—Porque entras en dinámicas un poquillo estrechas, un defecto de los pueblos pequeños. Aparte, como estoy en diálisis, tengo un motivo fundamental para vivir en una ciudad grande. También doy el consejo de no perder las raíces, de volver a la tierra, comer nuestra cocina... Mi mujer es de Arjona, tanto buscar y doy con una de mi pueblo, y siempre comemos los platos de nuestro pueblo.
—¿Se siente heredero?
—Yo tengo una herencia muy amplia. Mi tesis doctoral, que es sobre castillos, la hice por la sensación que me dio en mi infancia ver el Berrueco de pronto, en bicicleta. Me siento heredero de un erudito del siglo XVI español, jiennense, Martín de Ximena Jurado, que se propuso dibujar todos los castillos de la provincia, cuando las comunicaciones no eran como las de hora. Dejó folios con el nombre de otros que no le dio tiempo a trazar y decidí hacer lo que él no pudo. Al mismo tiempo pienso que lo que yo he hecho será interesante arqueológicamente para los que vengan después, por lo que tengo el sentimiento de ser una escala intermedia.
“Me interesa el sexo en mi obra”
—¿Cómo se define Juan Eslava Galán?
—No creo que tenga definición. Me pondría como escribidor. Tuve un tiempo que quise ser escritor. Tengo catorce novelas inéditas, de las que sólo se ha publicado “Catedral” y “Vicentito González”. El estilo de “Catedral” es el que yo hubiera seguido si no me hubieran dado el Premio Planeta, pero me lo dieron y me pervirtieron con dinero. Seguí haciendo novelas para el gran público, cuidando la literatura, eso sí. Acabé como escribidor con mucha suerte. Las trece novelas que han quedado inéditas no he dicho que las quemen, quizás debería quemarlas porque hay demasiada vida mía en ellas, tengo ese pudor, como con mis propios sonetos.
—Nunca es tarde para ser valiente. ¿Lo hará?
—No creo, porque a medida que cumplo años, también voy cumpliendo cobardías.
—¿Piensa morir como Molière?
—Sí. Yo he contemplado la vejez de mis padres, que se sobrevivieron tres o cuatro años, y eso me dolió mucho. No me gustaría perder la cabeza, me gustaría morir antes, pero escribiendo.
—Dice que sus libros son una excusa para aprender...
—Sí, mis ensayos. Siempre escojo, obviamente, un tema que más o menos conozco, pero sé que cuando te metes en algo en honduras, después necesitas mucha bibliografía. Hoy en día, si sabes Inglés y Francés, la fundamental está muy asequible en internet. Mi mujer, cuando hacía tu tesis, encontró el libro fundamental sobre los santos de Arjona en una biblioteca de Australia. Es un invento fantástico. Si no lo encuentro, una hija mía me lo busca en libros de segunda mano en Inglaterra o en Francia.
—¿Qué ha aprendido con su último libro?
—Mi último libro se publicará en otoño, como siempre, “La Guerra Fría para escépticos”. A mí me ha interesado mucho la Historia hasta la Segunda Guerra Mundial, lo que me ha obligado a introducirme a fondo en muchas cuestiones. Lo tengo entregado ya. Me encanta aprender y como era un periodo que lo tenía muy crudo, ha sido una auténtica fiesta.
—¿Y con “Amor y sexo en España contado para escépticos”?
—Siempre me he interesado mucho por el sexo en mi obra, porque en todas mis lecturas he ido anotando mis libros, que casi siempre acaban en el Instituto de Estudios Giennenses, de tal forma que voy subrayando todo lo relativo al sexo, porque en nebulosa yo tenía la idea de que alguna vez escribiría alguna historia relacionada con este tema, entre otras cosas porque como mi generación ha sido la del nacionalcatolicismo y hemos vivido después la revolución sexual que trajo la Transición, eran temas que me interesaban, aparte de que, como hombre, desde mi tierna infancia yo he sido un viejo verde. Ahora ya lo soy con todos los atributos. Al escribirlo, me he metido en la literatura y he encontrado auténticas joyas, como un tratado sexual escrito por un morisco en Túnez en el siglo XVI, donde explica cosas que no se han vuelto a tocar en castellano hasta el siglo XX, como si lo hubiera escrito Cervantes.
—¿El mundo se mueve más por la economía o por el sexo?
—El mundo en la Historia, en un noventa por ciento, se mueve por la economía, y el diez por ciento restante, por muchas cosas y, a veces, el sexo es determinante.
El sentido del humor impregna sus obras y las respuestas llenas de sabiduría, conocimiento y bagaje cultural, histórico y literario. En otoño publicará “La Guerra Fría para escépticos” después de que viera la luz, hace apenas un mes, “Amor y sexo en España contado para escépticos”
—¿Es absoluta la libertad sexual en España?
—Absolutamente. Recuerdo un amigo danés que, en los años setenta, cuando salía Rocío Jurado despechugada, decía que ellos no podían poner la televisión porque sólo salían programas de ayuda a los minusválidos, al emigrante... Yo, ahora, lo contemplo, porque la televisión, entre los concursos para horteras y las ONG, ya hemos evolucionado lo suficiente. En el sexo nos hemos puesto a la altura de Europa rápidamente. Voy a contar una anécdota que me dolió y me dejó muy pensativo. Una vez, en una conferencia con los clubes de lectura de Castilla La Mancha, donde había por lo menos seiscientas mujeres y diez o doce maridos con cara de circunstancia, al acabar, vino una señora de pueblo, como las que conocí en mi infancia, enlutada, y me dijo, con ilusión, que tenía un hijo gay. ¡Qué evolución!, pensé. Esta mujer, hace veinte años, estaba avergonzada de tener un hijo maricón y ahora se enorgullece de tener un hijo gay, porque, sin saberlo, se ha incorporado a esta nueva ola
—¿Por qué le entristeció?
—Por lo que suponía de desarraigo de su cultura natural. Ahora bien, me di cuenta de que, en cuestión de sexo, ya no tenemos que envidiar a nadie.
—¿Considera que hay que profesionalizar la prostitución?
—Absolutamente. Yo creo que es inevitable. Hay que perseguir mucho más la esclavitud, la trata de blancas, que vengan jóvenes de cualquier país con promesas de servir para cualquier cosa y acaben encerradas en una casa de putas. Eso, que existe desgraciadamente mucho en España, es una cosa sórdida, porque la prostitución de hace cincuenta años no tenía ese matiz tan sórdido. Contaré otra anécdota para la audiencia jiennense. Yo, cuando era mozalbete en Jaén, tenía amigos mayores que yo siempre, y de vez en cuanto se iban de putas y yo me iba con ellos. Ir de putas no significaba, voy a usar el vocabulario exacto, ocuparse, sino que ibas a las casas, incluso a las más modestas, y eran una especie de casino, donde había una mesa camilla con brasero, tomabas una copa, que pagabas, pero de los cinco o seis amigos a lo mejor se ocupaba uno, el más salido. Las putas solían ser gente de pueblo. En el Rancho, donde ahora está el colegio Altocastillo, había una casilla de carretera que eran dos habitaciones y dos o tres putas, alguna entrada en edad. No había cama. Se hacía en una silla, de esas de veinticinco pelillos andaluzas que se ven en las procesiones con el culo de enea, que se llamaba la silla eléctrica. En la sala de estar había una gran mesa camilla con su brasero y, en una esquina, una chimenea de pobres, las que se construyen en un rincón, con un chisco encendido cuyas ascuas alimentaban el brasero. Nos sentábamos allí, un amigo se iba a la silla eléctrica que, por cierto, sólo soportaba cinco o seis prestaciones, por lo que las tiraban en un corralillo y de allí las cogían para alimentar la chimenea.
—Economía circular.
—Absoluta, antes de tiempo. Recuerdo aquella prostituta treintañera que llevaba una medalla de la Virgen del Carmen de oro muy grande. Me decía que estudiara y, en general, te daban buenos consejos. La mayoría tenía hijas recogidas con las monjas porque habían tenido mala experiencia con algún hombre y no querían que entraran en ese mundo.
—Dicen que usted compró una casa de putas en Sevilla.
—Esto es interesante. Estaba en la Alameda de Hércules, que antes era el barrio de las putas. Compré una casa en la calle Leonor Dávalos, una mártir que murió por la honestidad. Esa mujer era criada de una gran señora a la que la Inquisición procesó y quemó y, cuando se estaba quemando, las llamas le levantaron las enaguas y se le veía el cuerpo... Entonces las mujeres no llevaban bragas. Ella se lanzó a la hoguera para que no se viera el desnudo de su señora. Esta casa no era de putas, pero lo había sido en su momento, y estaba cerrada. Había sido del torero José Zarzo, que tomó la alternativa en 1917 y, cuando ya no triunfaba, se hizo corredor de aceites y tenía la vivienda muy bien montada, un patio de columnas, azulejos sevillanos, de ringo rango. Cuando la vendió se convirtió en un “meublé”, donde iba gente de pelas que tenía amantes. Por ejemplo, José Antonio Primo de Rivera, antes de meterse a falangista, fue amante de una marquesona sevillana. Yo le propuse a Soledad Becerril, que fue alcaldesa, que me diera permiso para poner un azulejo en la fachada, tipo franquista de los últimos tiempos, con el escudo nacional arriba, la bandera de España por otro, la de la falange... y el texto: “En esta casa, antiguo ‘meublé’ fino, ‘copvlaron’, José Antonio Primo de Rivera y el general Sanjurjo (cada uno por su lado, claro). Arriba España”. Era una cosa graciosa, pero la jodimos, no me dejó. Compré esa casa con diecisiete habitaciones y, cuando estoy con la negociación, se me acerca una vieja de la vivienda de al lado y me dice: “Usted la va a comprar barata porque nosotras estamos aquí y nosotras, la nuestra la venderemos cara porque usted está ahí”. Las Tomatas eran dos hermanas muy viejas que habían sido putas en su juventud y sólo tenían en ese momento una, pero aparatosa, de alto standing, dentro de la modestia de la Alameda. Conviví con ellas durante un tiempo, en los años ochenta.