Tal día como hoy, en 2002, publicábamos: Rostropovich brinda música desde las más altas cumbres de Jaén
Tal y como publicó este periódico hace veinticuatro años, el 30 de septiembre de 2002, al Festival de Otoño no se le cayó su hoja más carismática y, junto a una espléndida Orquesta Sinfónica Nacional de Lituania (OSNL), dirigida por el no menos espléndido Robertas Servenikas, maravillaron a un Aula Magna repleta de atentos y felices oyentes. Aquellos que creyeron escuchar un gran Tchaikovsky semana con la frialdad de la Filarmónica de Siberia, tuvieron el ejemplo contrario y el más necesario, ofrecido por otra orquesta formada también en la antigua Unión Soviética. Nada tiene que ver la ocupación de teatros en Rusia por actividades extramusicales para presenciar tantas orquestas soviéticas de gira por nuestro país. El constante pulso y ágil tempo que imprimió Servenikas a la Quintade Tchaikovsky le permitió mostrar un encendido fraseo, repleto de innumerables detalles y acentos, mostrados en un Allegro inicial soberbio, seguido de un andante de oscuros colores y una paleta orquestal poco común por su calidad. A inferior altura el conclusivo Maestoso, algo estruendoso pero eficaz. Todo un éxito de versión y aún no se habían pronunciado las palabras mágicas más esperadas de la noche: Mstislav Rostropovich. Hablar de Rostropovich es, sin duda, hablar del Concierto de Dvorak y hablar de Dvorak es encontrar a Rostropovich. No existía violonchelista que hubiera tenido tanta relación con esta obra, ni siquiera Du Pré, Tortelier o Feuermann. Rostropovich fue testigo y responsable de la evolución que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX sufrió esta obra. Con Rostropovich el Concierto de Dvorak se dirigió en lo más alto del repertorio y en Jaén, demostró el por qué de la trascendencia que supone el binomio Dvorak-Rostropovich. Hoy por hoy lo toca más violento en su lentitud, maravillosamente sólidos sus “pianos” y de una humanidad y capacidad de encontrar música, únicas. Fueron tantas las cosas que emocionaron de este histórico músico, más director que solista, que habría que rastrear en el interior de cada uno de los que allí nos encontrabamos. Qué suerte tenemos.