La Misionera, de UJO Teatro, llega a Jaén tras triunfar en Argentina y Uruguay
LA ENTREVISTA
Paquita siempre quiso ser misionera, pero tiene ochenta y tres años y está ingresada en un hospital andaluz. Su nieto Alonso viaja desde Argentina a España para cuidarla. Los días de internación son largos, pesados y calurosos. Paquita llevó consigo a la Virgen del Carmen y Alonso sus cuadernos de escritura. Es entonces que nace esta historia, la que imagina una mejor vida para ambos. Presentado en formato unipersonal, estamos ante un cuerpo frankenstein reconstruido en vivo, donde el nieto invoca a la abuela y la abuela se manifiesta a través del nieto. Con motivo de la llegada de “La Misionera” a la Sala La Paca de Jaén, su autor e intérprete, Alonso Gil Gil habla sobre esta dramaturgia que transita entre la memoria familiar, la enfermedad, la migración y el humor para construir un conmovedor homenaje a los vínculos emocionales que nos sostienen.
—La obra surge de una historia muy personal, ¿cuando siente que la experiencia con su abuela debía convertirse en teatro?
—A mi abuela Paquita la ingresan en un hospital estando yo en Buenos Aires. Vengo a España para asumir su cuidado en el pueblo, y la obra se va escribiendo según ella se va recuperando a lo largo de un año. Me doy cuenta de que se debe convertir en obra cuando cuenta el secreto que ha estado guardando toda su vida.
—Paquita quería ser misionera y ese deseo se convierte en el motor de la obra. ¿Qué le interesaba explorar a partir de ese sueño?
—Ella quería ser misionera, pero para viajar por el mundo, y a mí se me ocurre imaginar cómo hubiese sido esa vida de haber tenido la suerte de que así fuera.
—La obra trata temas como la enfermedad, la vejez o la muerte desde el humor. ¿Por qué es importante esa mirada?
— Yo soy el nieto disfrazado de mi abuela, y eso en la obra se dice así. El nieto aborda su identidad con mucho humor porque es la manera en la que yo he podido afrontar mi propia identidad. Además, aun estando enferma, ella nunca pierde el humor, y eso es algo que me ha dejado en herencia.
—¿Cómo se aborda la puesta en escena?
—La obra es un mecanismo para que mi abuela comprenda el teatro. Yo quería hacer una obra para explicarle a ella cual es mi oficio. La puesta en escena tiene mucho artificio, y no se esconde. Mostramos los focos, los atrezzos, tratamos de deconstruir el teatro para explicarle qué hacemos y cómo lo hacemos. Lo más importante al pensar en la escenificación de la obra fue crear una apuesta que ella pudiera desengranar y fundamentalmente comprender.
—El espectáculo reivindica los vínculos intergeneracionales, ¿qué ha aprendido de esa relación?
—Que nunca es tarde para conversar, nunca es tarde para hablar de todo. Eso es algo que me ha enseñado esta obra, que el dialogo siempre es posible. Pensamos que no se puede hablar de ciertas cosas con los abuelos, y yo me di cuenta de que sí se puede.
—¿Cómo están reaccionando los espectadores?
—La obra se estrenó en Buenos Aires y fue muy bien acogida por el público y la prensa. La sorpresa nos la llevamos en Uruguay, donde fue una fiesta. La reacción del público fue emocionante. El estreno en España fue en Sevilla la semana pasada y confirmamos que guste más o menos, la gente siempre se lleva algo de ella, y eso es muy lindo. Es un trabajo conjunto de mi equipo, que se ha formado en diversos países, y por lo tanto también misiona. Está formado por personas de Argentina, Italia, Venezuela, España... yo me sostengo gracias a ellos y es importante para mí mencionarlo.