David Uclés: El cortejo luminoso en una ciudad oscurecida
Si me preguntan qué novela de las tres publicadas de David Uclés (Úbeda, 1990) me gusta más, y en una primera lectura, pues en las relecturas hay veces que cambio de opinión, esa es la primera, “Emilio y Octubre” (Editorial Dos Bigotes, Madrid, 2020); le seguiría “La ciudad de las luces muertas” (Destino, Barcelona, 2026). La tercera sería “La península de las casas vacías” (Siruela, Madrid, 2024), la que lo ha llevado a convertirse en un icono cómodo o incómodo que desborda lo literario con aviesa intencionalidad. Que sea esta la tercera podría deberse a mi propio relato de la Guerra Civil después de varios años de lecturas sobre aquella locura nacional y de escribir algún que otro libro sobre ella. En las dos primeras la editorial se tiró al barro y acertaron. Y ahí sí cabe la crítica al escritor y su obra, pero en los cánones de oda crítica literaria, no en el “chafardeo” de los poetas muertos”. Me contaba un testigo presencial que Vitold Gombrowicz vivió entre los años 1939 y 1963 en Buenos Aires por razones que no vienen al caso. Allí el escritor polaco, autor de Ferdydurke, en condiciones propias de paria, escribió parte de su producción literaria. En esos veinticinco años conoció y tuvo trato con muchos jóvenes escritores, algo común entre los porteños. Ya en Puerto Madero, y antes de tomar el barco que lo devolvería a Europa, hubo quienes, entre amigos y periodistas, le preguntaron varias veces qué había que hacer en Argentina para que triunfara un escritor. Nada, respondió el polaco entonces. Fue ya después cuando a voz en grito respondió diciendo que solo había que “matar al viejo”. Pero con Borges no había quien pudiera. ¡Qué cuidado hay que tener con los mandarines de las letras, incluso en democracia!
Una novela luminosa por personajes que tanta luz dieron a Barcelona. Con “La ciudad de las luces muertas”, David Uclés hace una nueva entrega de realismo mágico. Y lo hace en su manera de entender el realismo mágico en la literatura. En 24 capítulos divididos en un prólogo, dos interludios y un epílogo, pintar con la misma brocha el polvo del camino y el brillo de las estrellas; lo imposible florece como si siempre hubiera estado allí. Una novela con la fuerza narrativa propia del autor. Escritura brillante, respeto por la lengua y la gramática, preciosismo metafórico y esa peculiar manera suelta de hacer que haya párrafos que son sublimes más allá del contexto.
“Licht, Mehr Licht, Inmer Mehr Licht”, dicen que fueron las últimas palabras de Goethe contemplando la luz que entraba por la ventana. David Uclés, con la poca o mucha luminosidad de esta pléyade de personajes, trae luz a una ciudad en la que la luz es elemento esencia; esa luz que trae el Mediterráneo y que por las noches ilumina la ciudad de los prodigios. Es un relato que hace que el lector acepte milagros con la misma naturalidad con la que acepta la lluvia, y que vea magia en los gestos más simples. Leyéndola, me ha venido al recuerdo Georges Perec en Especies de espacios, en donde acaba diciendo: “Escribir es tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos”.
Y todo ello se ve en la escritura de Uclés en esta novela premiada. El simbolismo en “Nada”, la primera novela premiada en Nadal, es una de las características más destacadas. Carmen Laforet utiliza una gran variedad de símbolos para transmitir sus ideas y emociones. También los mandarines de la posguerra se echaron las manos a la cabeza cuando una mujer de 21 años, se hizo con el primer Premio Nadal en 1944, y con un tema y un manejo de técnicas literarias que chirriaban en los odios de los laureados hijos de aquella nueva España que ganó la guerra, pero no trajo la paz. Aunque bien escrita, con la prosa melódica y el cuidado con las formas del lenguaje, el autor cae en algún que otro error histórico de poca importancia en el contexto. Un ejemplo solo. No puede hablarse de La Regente María Cristina como Reina consorte y mucho menos decir que, en el tiempo del apagón, en la posguerra, en 1941, María Cristina llevaba solo doce años muerta, pues falleció en 1929.
Los líos de los escritores rompedores. Edgar Allan Poe, Virginia Woolf, Franz Kafka, Sylvia Plath, John Kennedy Toole... Son muchos los autores incomprendidos por sus contemporáneos, pero que siguieron su propio camino, ajenos a las críticas o a la indiferencia más absoluta, hasta alcanzar la inmortalidad literaria. Qué me dicen de José Saramago en su Ensoñación, que combina la prosa lírica con la investigación filosófica y el realismo mágico. O del mismo Borges pionero de la metaficción, las estructuras laberínticas y los temas filosóficos. O de Kafka, conocido por sus narrativas surrealistas y absurdas. O de Claude Simón, un novelista francés y ganador del Premio Nobel. Para no alargarme me remito al Diccionario de las Vanguardias en España (1907-1936), de Juan Manuel Bonet, o Literatura Europa de vanguardia, de Guillermo de la Torre.
Coda sobre los jurados y sus sorpresivas decisiones. En la noche del 15 de octubre de 1952, en la Lhardy de Madrid, el jurado del primer Premio Planeta se decantó por el manuscrito Tierra de promisión que, abierta la plica, llevaba el título original En la noche no hay caminos. Su autor, Juan José Mira, un jiennense de La Puerta de Segura, era conocido por algunas novelas policiacas que había escrito y con poco éxito. Pero, también, el nombre que en la plica aparecía no era realmente el suyo, aunque eso se supo después. El ganador del premio se llamaba Juan José Moreno Sánchez, y desde que empezó a escribir adoptó el de Moreno Mira para, así, poder esquivar a la férrea censura. Era afiliado al Partido Comunista y pertenecía a una célula clandestina de Barcelona, habiendo sido su avalista Goytisolo. Las 40.000 pesetas del premio entonces no eran, ni por asomo, el millón de euros de ahora. En 1955, tres años después, publicó “Mañana es ayer”, novela que, con el título “Pago más que nadie”, había presentado al Premio Nadal en 1951.
Amigo David, sigue soltando las palomas que te ofrece en sus libros Mercé Rodadera, esas “palomas mensajeras” que como tributo a ella y a quien lleva el nombre de la beca, Monserrat Roig, has hecho en el capítulo 15 de tu novela, Palomas mensajeras. Y que estas lleguen aquietando los ánimos de este reñidero español en el que vivimos y sufrimos cuando hay gentes de un solo libro.