El origen del olivo silvestre o “acebuche” (olea europaea silvester) se remonta a tiempos prehistóricos. Los testimonios más antiguos en el Mediterráneo corresponden al Paleolítico Medio, alrededor del año 43.000 a. C. en Palestina. En la España mediterránea se ha determinado la presencia del acebuche en los yacimientos de la Cueva de Nerja (Málaga), hacia el año 10000 a. C. y poco más tarde en las zonas costeras y en el Valle del Guadalquivir.
Es difícil establecer una visión clara de la presencia del olivo “cultivado” (olea europaea sativa) en la península ibérica. Una de las teorías más difundidas es la de la introdución del cultivo por los fenicios, pero no existen datos contrastados arqueológicamente. Recientes estudios realizados por la Universidad de Jaén sitúan el inicio de la domesticación del olivo en esta provincia en la época romana, en la que debió alcanzar una gran difusión como demuestran los numerosos yacimientos encontrados por toda la provincia y datados entre los siglos I y IV de nuestra era.
En los últimos años, se han encontrado dos yacimientos arqueologicos dentro del casco urbano de Jaen, en el lamado “distribuidor norte”. Dos importantes complejos industriales aceiteros, cada uno de ellos con 6 piedras-contrapeso que corresponden a seis enormes prensas de viga. Fechados en época de Augusto hasta el siglo II de nuestra era. Demuestra la gran importancia que el cultivo del olivo y la elaboración del aceite de oliva tuvo en nuestra provincia durante la dominación romana.
A través de los siglos, las distintas civilizaciones han utilizado el aceite de oliva no sólo como alimento, materia prima para el alumbrado o ungüento medicinal, sino también como aceite sagrado destinado a las unciones, a los rituales y a las hogueras de sacrificio.
El olivo y su aceite han sido vehículos de tradiciones y culturas en el área mediterránea y han constituido un símbolo general de paz, progreso y sabiduría.
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