Realidades

    16 feb 2026 / 08:45 H.
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    No acaba la lucha de la conciencia en sobreponerse a los engaños ajenos para someterla y a los del cerebro para cautivarla; porque el simio portador de la misma necesita de pan para vivir, y no solo de las bellas palabras de Cervantes, que reconocía dichoso a quien el cielo le dio pan sin tener que agradecérselo a nadie, consciente de que ya no vivimos en esa edad de oro en la que se ignoraban las palabras tuyo y mío. Precisamente de dinero se conforma la realidad. Precisamente aquella edad de oro era una ficción dentro de otra ficción porque no era de oro. Así como los españoles modernos renunciaron a su imperio para ponerse a traficar con esclavos y con los réditos de la caña de azúcar segada con la sangre de África alzar sus industrias. Así mismo, aquellos negreros enriquecidos se convirtieron en banqueros, los dueños del dinero que dictaminan qué es real y qué no es “solvente”, qué es tuyo y suyo también, quién existe y quién está bloqueado por motivos regulatorios o cancelado sin motivo confesable, también por razones regulatorias. Hay que recordar que Cervantes no sólo estuvo preso por los moros, también lo estuvo por deudas y desfalcos, por razón del dinero que tan seductoramente se ofrece, bajo la imagen de seguridad, confianza, trato personal y cercano que promete la publicidad bancaria. La auténtica libertad estrangulada por el auténtico poder, el del dinero.

    ÁNGEL ARGÜELLES LÓPEZ DE MATURANA / BILBAO

    Con y contra dos extremos

    Extremos se repelen. Yo estoy de acuerdo con Pedro J. Ramírez, el de aquel “Diario 16”, cuando hoy insiste en que: “Invertir en defensa no es una opción ideológica, sino una necesidad estratégica”. Opuesta “a muerte” a ello (y propiciando con nuestra indefensión y quizá muerte) está quien ya ha eliminado a un político y, de hecho, a un partido al otro extremo, Irene Montero, que defiende la regularización de inmigrantes; aunque ella lo hace por política, “contra los fachas”; yo en cambio, lo primo por motivos económicos y por justicia contra los países que pasiva y activamente hemos subdesarrollado.

    MARTÍN SAGRERA CAPDEVILA / MADRID


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