¿Jaén Selección para todos o solo para unos pocos?

    20 feb 2026 / 08:30 H.
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    Hace unos meses, el Consejo Económico y Social (CES) de la provincia de Jaén acordó remitir a la Diputación Provincial una propuesta para limitar el distintivo “Jaén Selección” exclusivamente a aceites amparados por figuras de calidad oficiales (DOP o IGP). Esta iniciativa obliga a abrir un debate que el sector oleícola jiennense no puede eludir. Cuando hablamos de una marca promocional impulsada por la Diputación y financiada con recursos públicos, la representatividad debe ser amplia, objetiva y no excluyente. La neutralidad institucional no es una opción; es una obligación.

    Jaén es líder mundial gracias a la suma de cooperativas, almazaras privadas y marcas independientes. Algunos proyectos están integrados en figuras de calidad; otros no. Pero todos sostienen el prestigio colectivo del aceite de nuestra tierra. Limitar esta plataforma institucional no fortalece al sector; lo segmenta. Traslada la idea errónea de que solo existe una vía para la excelencia, cuando la realidad del mercado demuestra que la calidad y el éxito internacional no dependen de una figura administrativa. Cabe preguntarse: ¿se busca defender el interés general o el de unos pocos? Resulta llamativo que la propuesta nazca en un contexto donde la misma persona ostenta la presidencia del CES de Jaén y de la IGP Aceite de Jaén, organización que se vería directamente beneficiada por esta restricción. Es oportuno recordar que cuando nació la IGP en 2020, el distintivo “Jaén Selección” ya llevaba 17 años premiando la excelencia de forma abierta, sin restricciones.

    Las DOP y la IGP aportan valor, nadie lo discute. Pero la promoción pública no debe ser un mecanismo de delimitación, sino un escaparate plural. El mercado no entiende de etiquetas burocráticas; distingue calidad, marca y profesionalidad. Por ello, es necesario que este debate se aborde con transparencia. La promoción institucional debe sumar, no reducir el perímetro; integrar, no excluir. Hago un llamamiento a los productores y empresas que puedan verse afectados a participar activamente en defensa de un modelo de promoción abierto, plural y, por encima de todo, representativo de todos los jiennenses

    BARTOLOMÉ ORTEGA MORENO

    El Ayuntamiento no me ha pagado

    Expongo que cuando estaba trabajando en el Ayuntamiento de Jaén, en el año 2024, realicé trabajos extras como técnico y mi categoría era oficial de primera. En esa época gobernaba el Partido Popular y como concejal de Mantenimiento Urbano estaba al frente Antonio Losa, quien me hizo un escrito como recompensa por los trabajos realizados en esos seis meses, desde enero a junio, que equivale a 300 euros por mes —un total de 1800 euros—. Sin embargo, mi trabajo como técnico se prolongó hasta final de año. Quiero denunciar que esos pagos nunca fueron abonados ya que se produjo la moción de censura. El PSOE entró de nuevo a gobernar el Ayuntamiento y mi situación fue la misma. Hablé con el concejal socialista Javier Padorno y me dijo que siguiera haciendo los trabajos, que con él no iba a tener problemas. Sin embargo, me dijo que para cobrar lo trabajos hechos con el otro partido me iba a doler la cabeza, dejándome claro que me iba a costar cobrarlos. Yo pensaba que el problema se solucionaría, pero veo que no. Ha pasado tiempo y sigo igual. Me siento engañado. Hablé con el alcalde Julio Millán y no me hizo caso. Hablé con el concejal Carlos Alberca y me dijo que ellos no dejaban nadie atrás, algo que es mentira porque sigo en la misma situación. Yo he realizado dichos trabajos para la mejora de la cuidad de Jaén, independiente de los partidos que estuviesen. De hecho, tengo pruebas de los trabajos realizados con documentos y testigos. Espero que se resuelva pronto está situación.

    FRANCISCO RUIZ HERNÁNDEZ / JAÉN

    Dianas del fascismo: el asedio a la palabra

    En la España del siglo XXI, el acoso a periodistas, humoristas y medios no es algo del pasado: es una estrategia de intimidación. Profesionales como Héctor de Miguel, Cristina Fallarás, Elena Reinés, Antonio Maestre, Sarah Pérez Santaolalla o Jesús Cintora son señalados, deshumanizados y hostigados por hacer su trabajo: informar, opinar y fomentar el pensamiento crítico. El fascismo —no como exabrupto, sino como práctica— no tolera la crítica. Se alimenta del miedo, el odio, la mentira y la deshumanización del adversario. Por eso ataca a quienes desmontan sus discursos y evidencian su enorme miseria moral. Sin embargo, el peligro real no reside solo en el que señala, sino en la mano que blanquea. La neutralidad ante la intolerancia no es objetividad, es complicidad. No cabe la equidistancia cuando lo que se debate no es una idea política, sino la vigencia de los derechos humanos. Financiar, amplificar o normalizar estos discursos bajo el paraguas de la “libertad de expresión” es, en la práctica, cavar la fosa de esa misma libertad. Las formaciones que socavan los cimientos democráticos no pueden ser tratadas como meros actores del juego parlamentario si su objetivo es romper las reglas de juego. Una democracia madura no es la que se deja tutelar por el miedo, sino la que se defiende con la ley en la mano y la ética como escudo. Frente al autoritarismo, el silencio no es prudencia, es capitulación. Cada espacio cedido es un derecho perdido. Defender hoy a quienes están en la diana es, sencillamente, defendernos a todos.

    MIGUEL FERNÁNDEZ-PALACIOS GORDON / MADRID

    El otro país, el que cuida

    Empatía, colaboración, consenso, paz, menos desigualdad... las escuchamos cada día en discursos, artículos y declaraciones institucionales. Son palabras hermosas, pero demasiado gastadas, convertidas en un eco que ya no conmueve ni transforma. Suenan como plegarias que no logran trascender ni el papel, ni el soporte digital. Hace tiempo que, en muchos ámbitos públicos, estos valores se quedaron en meros adornos retóricos, brillantes por fuera, pero vacíos por dentro. Sin embargo, en la gente sencilla —esa mayoría anónima que no aparece en los titulares—, la empatía sigue viva, encarnada en gestos silenciosos y cotidianos. Son quienes acompañan al enfermo, ayudan a un vecino mayor o sostienen causas sin esperar reconocimiento. Esa parte del iceberg social, invisible pero enorme, mantiene en equilibrio a la sociedad. Si desapareciera, el caos y la indiferencia lo inundarían todo. Mientras algunos exhiben discursos, otros, sin ruido, construyen un país más humano. Tal vez sea hora de mirar hacia abajo, hacia esa base que sostiene lo común, y aprender de quienes practican sin proclamar. De ellos depende, en gran parte, que sigamos llamándonos sociedad.

    PEDRO MARÍN USÓN / ZARAGOZA


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