Alumnos del Seminario

    27 nov 2025 / 08:29 H.
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    En mi relato, me voy a trasladar al año 1920. Yo nací en 1934. En un principio, este relato al que me refiero, lo tengo más que sabido, por habérselo oído una y mil veces a mi abuela paterna, Matilde Cano.

    Resulta que Matilde, era una mujer sumamente devota y su máxima ilusión, era tener un hijo cura. Así que un buen día se presentó en el seminario diocesano con sus dos hijos mayores, Antonio y Bernardo Ruiz Cano.

    —Por favor quiero que mis hijos ingresen en el Seminario.

    —Doña Matilde, eso lo tendrán que decidir ellos, ¿o no es así?

    —Sí, desde luego, pero ellos lo tienen decidido.

    —Pero al menos, tendremos que hacerles un examen.

    El examen se lo hicieron y después, informaron.

    —Doña Matilde, de su hijo Antonio no estamos muy seguros. Tiene muchos conocimientos, pero es algo irascible y no estamos seguros de lo que quiere. A pesar de todo y para complacerla, lo admitiremos en razón de prueba. Su otro hijo, Bernardo, nos ha sorprendido su lucidez y su abierta devoción para servir a Cristo; también será admitido.

    Y ahora, ya en el Seminario, os contaré esta anécdota. Una panda de jóvenes conversa en una de las plazas de la Judería jiennense.

    —La semana pasada visité a nuestro amigo Antonio, que como sabéis estudia tercer curso en el Seminario. Me dijo que hoy tendrían un paseo y podríamos vernos sobre las cinco de la tarde en la plaza de Las Palmeras. ¿Qué os parece si vamos todos juntos?

    —Por nosotros estupendo,
    podríamos ir y le daríamos una gran alegría.

    —Pues corred la voz y os espero en la salida de la calle San Clemente. Desde allí podemos ver la plaza y en el centro, la estatua de Don Bernabé Soriano. Ya sabéis que a los aspirantes a curas, los siguen y los persiguen..., veremos lo que pasa. Desde luego, no olvidéis, que nuestro amigo, siempre será Antonio, por encima de todo.

    —Y al llegar las cinco, allí se encuentran todos, incluso un pequeño, al que no han logrado disuadir por su afán de abrazarse con Antonio, al que no veía desde las vacaciones del verano.

    —El organizador del grupo, ha comprado en la confitería Barranco, un gran barquillo de canela, con el que obsequia al más joven y como quiera que a nadie le amarga un dulce, este lo acepta, con verdadero deleite.

    Enseguida, asomando por la Carrera, comienza a entrar en
    la plaza una larga hilera de seminaristas y en el mismo momento, tal y como las moscas acuden a
    la miel, de la otra plaza de Deán Mazas, surgen los consabidos gamberros, con una gran
    algarada y los consabidos
    abucheos e insultos.

    —¡Borregos! ¡Borregos! ¡Mee! ¡Mee!

    —Y siguen y siguen sin parar.

    —¡Borregos! ¡Borregos! ¡Mee! ¡Mee!

    Los bonetes vuelan e incluso alguna sotana que otra cae o se arrastra por el suelo. Desde la calle San Clemente, el grupo de amigos de la Judería descubren a su amigo Antonio, que con un bonete en la mano está intentando hacérselo tragar a uno de los bocalitrones, mientras que otro le engancha el cuello y quiere hacerlo retroceder. Acto seguido todos los amigos intervienen y allí, ya no se sabe quién es quién.

    Dos jóvenes profesores del Seminario al no poder cortar la avalancha, viéndose impotentes, sacan sendos silbatos y se desgañitan soplando.

    El más pequeño de los amigos de Antonio, ha estrellado el pastel en uno de los energúmenos, que sujetándolo y apartándolo, se lo come tranquilamente.

    Entre tanto, el seminarista Bernardo recibe golpes y más golpes, sin dejar de implorar.

    —¡Haya paz! ¡En el nombre de Cristo, haya paz!

    —Y una y otra vez, pone una mejilla y otra. Pero he aquí, que su hermano Antonio lo ve sangrar y, la locura lo posee. Desde ese momento, todo fueron golpes, patadas y hasta mordiscos, que repartía como una jauría de lobeznos. Al final se quedó solo, abrazado por su hermano, que intentaba apaciguarlo.

    —¡Por favor¡ ¡Por favor Antonio! ¡No me han hecho daño! ¡Ellos son buenos! ¡No saben lo que hacen! ¡Perdónalos! ¡Perdónalos!

    Y olvidándonos del barullo, veamos al día siguiente, la escena en el Seminario...

    —Doña Matilde, su hijo Antonio, será un buen padre de familia, pero aquí, no lo necesitamos. Su hijo Bernardo, sin embargo, ha nacido para santo. Aquí lo cuidaremos y será un padre ejemplar de nuestra Iglesia.

    —Yo, pasados muchos años, quiero añadir..., que Bernardo, cuando iba a ser ordenado como misionero Jesuita, con destino a la India, por una dolencia en el oído, tuvo que desistir y se hizo periodista... un gran periodista que defendió a Cristo y observó con rigurosidad sus reglas con su pluma y con sus hechos. Se fue muy joven del mundo terrestre, pero aún así, con su obra literaria, “Ecos del corazón”, demostró su inmenso cariño a Cristo y a María, su Santa madre. Y aquí viene lo que ya predijeron sus profesores, en sus primeros cursos del Seminario. El próximo 13 de Diciembre de 2025, el Nuncio de su Santidad el Papa, hará beato, en la Catedral
    jiennense, a Bernardo Ruiz Cano. Doña Matilde, lo contemplará desde su Santa Gloria, donde seguro, descansa en paz.

    BERNARDO RUIZ LÓPEZ / Jaén

    Que no aprende...

    Ya le pasó antes del Clásico y, ayer igual. Horas antes del encuentro de Champions ante el Chelsea publicó una historia que decía: “Estoy volviendo a ser yo mismo”. Pues, 90 minutos después, un severo correctivo por 3-0 y un Araujo desnortado, el Barça tuvo un baño de realidad.

    FAUSTINO LASARTA GÁRATE

    Cartas de los Lectores