Powered by
CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

La visitante

De un tiempo a esta parte, tengo una de esas tristezas que cuando ven calentar en la banda una alegría se hace grande y que, probablemente, se asemeja más a una forma de ser que a un estado anímico. Cada día, se levanta temprano y antes de que salga el café ya ha construido un discurso que, aunque no me competa de manera directa, he de asumir a rajatabla y, sobre todo, participar en su expansión. Esta mañana, por ejemplo, no le venía bien el sol que campaba a todo lo ancho y largo, y daba igual que el vientecillo que lo acompañaba lo resolviera en algo muy liviano, incluso en algo muy agradable, como si lo que de verdad le molestara fuera la ausencia de alguna nube con la que fabular en la posibilidad de una tormenta de granizo cuando cayera la tarde.

El primer día que entró en casa no me dirigió la palabra, se dedicó a observarme. Y como a mí su presencia todavía no me pesaba, no le eché cuentas y seguí con lo mío. El segundo día, se sirvió de la confianza que, según ella, yo le había dado y me aconsejó que volviera sobre mis pasos, sin proporcionarme ninguna razón para ello. No me pregunten por qué, pero le hice caso y nada más iniciar ese camino me topé con varias incorrecciones que, a priori, parecían tener su origen y solución en otras incorrecciones que se encontraban más atrás. Continué caminando y, tal y como sospechan, aún lo sigo haciendo.

Se trata de un viaje complicado, porque no amanezco donde lo dejé. Al contrario, los variopintos discursos con los que cada mañana me recibe la tristeza me obligan a desplazarme hasta un punto que siempre se sitúa más alejado del punto de inicio del día anterior y, aunque a estas alturas el camino inverso me lo sé de memoria y eso me ayuda a recorrerlo más rápido, los avances que consigo son prácticamente imperceptibles e incluso, en ocasiones, dudo que se produzcan. No maniobro de esta manera por gusto, claro. Es algo así como el tabaco o el alcohol para un adicto. Me procura placer y no niego que disfruto de las tonalidades grises que campan en el paisaje y que tiendo a regodearme en un dolor que si alguna vez me atreviera a tomarlo por la pechera descubriría, de inmediato, que en realidad no es más que una sombra. Pero si fuera por mí, por el mí que me pide que pare, que no me eche a la boca otro cigarro u otro trago, la cambiaría por cualquier alegría, claro. Incluso por cualquiera de esos momentos álgidos que, al menos, te aseguran una tarde lánguida y tranquila, antes de desaparecer para siempre.

Hablando con amigos, he sabido que no solo entra en mi casa, en mi cabeza, en mi ánimo, que es una suerte de Dios, en lo que se refiere a la omnipresencia, y que aparece como las canas o la alopecia, sin que nada ni nadie pueda remediarlo. Y que al contrario de lo que ocurre con éstas, en las que cada vez resulta más frecuente ver a gente renunciando a los tintes y a las coronas o herraduras para lucir con orgullo lo que el paso del tiempo ha hecho con sus melenas, con esta tristeza tendemos a comportarnos como con el resto de tristezas: ocultándola por si es percibida por los demás como un signo de debilidad.

Un dato curioso en el que también coincidí con esos benditos amigos: la tristeza no suele hablarme de mí, me habla de los demás, de las personas a las que veo menos de lo que me gustaría o de las que, directamente, ya no puedo ver; o de esos ambiciosos proyectos que, poco a poco, han ido revertiéndose en simples imposibilidades; del infinito tiempo que he perdido, aunque me empecine en aseverar que no volvería atrás ni para tomar impulso. No obstante —y esto la tristeza procura no admitirlo—, existe algo muy hermoso en toda esta trama, porque nadie echa de menos lo que no significó nada. De modo que empiezo a sospechar que esta tristeza que se ha instalado en casa no viene a anunciar ninguna catástrofe y que solo lo hace para recordarme que la vida pasa, que la vida está pasando. Y que no hay tristeza capaz de negar la fortuna de haber vivido lo suficiente como para sentirla.