Ahora

11 feb 2019 / 16:06 H.

Esperamos el paso del tiempo como el que espera un antídoto que le salve la vida. Caemos en la trampa de la espera, ese león hambriento que nos encierra en sus fauces maltratando nuestras vidas con una rutina atronadora, llenando de oscuridad cada recoveco del presente y poniendo sus luces en un futuro incierto y lejano. Nos olvidamos de vivir, absurdamente, en la espera infinita de un momento mejor que nunca llega, porque no existe un momento idóneo para cada cosa. Huimos con un disfraz de valiente hacia la zona segura de cualquier guerra que nos aceche, ahítos de miedo, escogemos la comodidad si la incertidumbre nos planea. Ignoramos, conscientes, que el presente es la única realidad que nos pertenece. Jugamos a atar cabos, enredando la soga al cuello, incapaces de soltar, incapaces de asimilar que no existe una sola fórmula para resolver cualquier enigma vital. Somos animales instalados en una inteligencia que nos traiciona cuando un día dejamos de seguir a la intuición para aborregarnos tras la norma impuesta y cuadriculada que nos han hecho tragar desde niños. Es por eso que debemos vivir el impulso, el traspiés, la caída, el amor inesperado, el último giro de tuerca, porque en ellos reside la vida.