Seamos constructores amando

    28 nov 2025 / 08:39 H.
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    Prolifera por el planeta la inhumanidad, para desgracia colectiva, creyéndose con todo el poder del mundo, confiándolo al pedestal de la fuerza, con hechos violentos verdaderamente destructivos, incapaces de reconstruir nada, porque sus simientes son de venganza y odio. El testimonio lo tenemos en buena parte del orbe; donde las personas más débiles suelen liderar abecedarios de entendimiento, pero aún siguen enfrentándose al racismo y a la intimidación en las calles, a menudo mientras compaginan el cuidado del hogar y la familia. En efecto, cada día son más los seres humanos indefensos, que se mueven atemorizados y aterrorizados por un ambiente salvaje, sin condescendencia alguna. Bajo la globalización del contexto destructivo, hasta nos quedamos sin corazón; puesto que, la ciudadanía está desafortunadamente llena de discordia. No se trata únicamente de que tengamos guerras aquí o allá, es que la violencia en cuanto tal, siempre está potencialmente presente, como un endemoniado en guardia constante. La misma discrepancia asume formas terroríficas y espantosas, que nos dejan sin palabras. Hay que moderarse, dejándose contemplar internamente, para ver que el agua es más fuerte que la roca o que el amor es más enérgico que la ira.

    Por tanto, hemos de avivar el deseo de vivir una vida normal. Observemos la triste mirada de esos niños rodeados por el terror y la hecatombe. ¡Reflexionémoslo!, al menos. La humanidad tiene el deber de hermanarse, no puede continuar por más tiempo en la decadencia, requiere un cambio de atmósfera vital. No podemos consentir que nos inunde la desesperanza, o que la furia se convierta en algo normal, permaneciendo indiferentes. Destruirse uno a sí mismo es la deshumanización más cruel que una generación puede aportar.

    Seamos entusiastas de vida; el buen juicio, no necesita de la barbarie. Volvamos a ser ciudadanos de verbo en verso, personas de bondad y verdad; gentes de bien y concordia, agentes sin miedo a los ideales de los demás, autores auténticos de mística creativa, con fe en la misión de amar el amor. Hacer un alto en el camino puede ser un buen propósito.

    Tal vez, entonces, descubramos que la brutalidad sólo la frena el perdón. Sea como fuere, si cuando fuiste martillo no tuviste clemencia, ahora que eres yunque, ten paciencia para que todo pueda corregirse. Nunca vaciles en tender la mano al análogo, como tampoco titubees en aceptar los abrazos que otro te extiende, somos seres en comunión y en unión de pulsos y pausas. Nada avanza por sí mismo o por uno mismo, precisa de la unidad, sobre todo en las cosas necesarias; y en todas, siempre la compasión. No tiene sentido, pues, sublevarse por nada. Uno tiene que dignificarse, jamás indignarse. La rabieta, como el berrinche, es la actitud de los soberbios que viven, continuamente, con la ilusión de ser más de lo que son. Olvidamos, con demasiada frecuencia, que formamos parte de un mismo tronco, y que más que sentirse poder, hemos de sentirnos poesía. Desde luego, es una pena que todos queramos ser señores y muy pocos servidores, amos y tampoco ninguno el dueño de sí mismo, para aprender a reprendernos, que es como se avanza en concordia. Esto nos exige destronar y derrotar de nuestros horizontes la rabia sembrada, tanto la enquistada por violencia física como la inflamada por violación en las habladurías, un grotesco estímulo que nos lleva al choque y al furor en la mirada. Sin duda, el momento nos llama a rebajarnos, a no endiosarnos más, para arreglar cuentas propiciadas por la enemistad manifiesta, que nos está triturando el alma de rencores y salvajismos. Nos toca poner en valor el quererse los unos a los otros, con espíritu donante. Será una buena técnica para fraternizarnos y no hundirnos en la maldad.

    VÍCTOR CORCOBA HERRERO / Jaén

    Mi perrito de peluche

    Yo tengo un perrito de peluche muy entrañable que me acompaña cada día, como un espectador, desde su sitio estratégico. Llegó a mi vida un otoño, hace ya muchos años, cuando mi familia y yo paseábamos mirando los diferentes puestos de mercadería ubicados en una feria patronal de mi ciudad. Había muchas cosas bonitas para comprar. En uno de esos tantos, a mi hermana y a mí nos atrapó la carita blanca y rosada de un precioso peluche. Tenía las orejas caídas, era regordete y, además, tenía un gemelo en tono rojizo y blanco. Mi padre nos los compró y nos los llevamos a casa envueltos en plástico protector.

    Es un poquito grande, con unos ojos, un hocico, unos bracitos y unas patas... todo relleno de bolitas que le dan un aspecto cálido, soñador y como diciendo: “¡aquí estoy!”.

    Aparte, sus orejas anchas y peludas se sujetan con unos lazos azules, que también adornan su corto cuello. ¡Y que gracioso está con su lengua fuera! Se le ve contento y muy feliz, porque se siente acompañado. Si lo tocas, al principio parece que su piel está rugosa, pero, conforme lo acaricias, es más suave y sedosa. Da la sensación de que tiene cosquillas y se ríe al sentir que tiene a alguien a su vera, y lo mira con cariño. Mi perrito de peluche no tiene nombre; no le hace falta. Lo importante es que no se sienta solo. Te escucha en silencio, sin reprocharte nada, incluso te mira con una mirada inocente, con otros ojos. Lo es todo para mí. Cuando noto su presencia, presiento que me quiere decir algo, como:

     —¡Hola!

    ANA CACHINERO / Jaén

    La Justicia muestra sus cartas

    La condena al Fiscal General del Estado evidencia inercias de una justicia autoritaria vinculada con la era franquista, y abre una grieta que desborda lo judicial y roza lo impensable en una democracia madura. Las prisas con la que se ha empujado este proceso, y el fallo, sin sentencia, coincidiendo de forma evidente con el 20N, provoca estupor y proyecta la imagen lamentable de un poder judicial, que debiera ser independiente, ansioso por ostentar control antes que por garantizar rigor e imparcialidad. La sensación que queda es que primero se publicó la condena para poder apañar la motivación a la defensiva ante las evidentes críticas que sea capaz de justificarla. Este fallo —si finalmente llega a instancias europeas— será tumbado por falta de pruebas condenatorias. Es lo de siempre: si la derecha no tiene el poder, trata de alcanzarlo de cualquier modo, en este caso mediante un golpe de Estado blando, ejecutado no con tanques, sino con togas ansiosas espoleadas por la carcunda para exhibir su fuerza. El daño institucional causado es profundo porque, cuando la justicia se transforma en un ariete político, no solo cae la credibilidad de un caso, cae la confianza esencial que sostiene al Estado de derecho.

    MIGUEL FERNÁNDEZ-PALACIOS GORDON

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