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URGENTE

Una paz social a muy alto precio

El autor relata las estrategias de los diferentes gobiernos para garantizar la tranquilidad a pesar de hipotecar el futuro a generaciones enteras. Jaén nunca fue una tierra rica en oportunidades
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14/04/2019
  • mar de olivos.Panorámica de un olivar de Jaén, donde se produce el mejor oro líquido del mundo y que, sin embargo, tiene grandes asignaturas pendientes, la mayoría relacionadas con la comercialización de un producto que, todavía, casi todo se vende a granel.
    mar de olivos.
    Panorámica de un olivar de Jaén, donde se produce el mejor oro líquido del mundo y que, sin embargo, tiene grandes asignaturas pendientes, la mayoría relacionadas con la comercialización de un producto que, todavía, casi todo se vende a granel.

Resulta sorprendente comprobar cómo los diferentes gobiernos, centrales y autonómicos, desde la reinstauración democrática de 1978, han conseguido comprar la paz social aunque para ello hubiese que dejar sin futuro a generaciones enteras. Basta con echar un vistazo a gestas como la lucha minera en Asturias, o viniéndonos más cerca al desmantelamiento de la Bahía de Cádiz, con Puerto Real como enseña, o las grandes luchas obreras en la extinta Gillette. Todos estos ejemplos tienen un denominador común, con su extinción desapareció mucha de la solidaridad y compañerismo entre trabajadores, justo lo que el Sistema, que siempre hace planes a futuro, quería.

Nunca fuimos una provincia privilegiada en oportunidades laborales. Nuestro tejido productivo apenas pasó en algún momento de ser una mera gasa de hilos poco tupidos con la consistencia justa para salir del paso. En Jaén no nos es ajena esta cuestión. Cada vez que se afrontaba el cierre, desmantelamiento o disminución de muchas empresas, lejos de buscar alternativas para seguir adelante se apostaba por lo fácil, lo inmediato. En nuestra provincia sí que existieron, los más jóvenes se extrañarán de ello, reivindicación y lucha en la calle para evitar el cierre de muchas fábricas. Hubo huelgas y manifestaciones que, en su momento, supusieron un halo de esperanza, el sueño por un futuro que parecía se nos negaba. En la memoria colectiva quedan las movilizaciones ferroviarias, de telefónica, las más emblemáticas por su dureza como Santana Motor o Molina, o las no menos importantes en la zona de La Carolina. Cuando los trabajadores toman las calles no es por un mero capricho, lo hacen en defensa de su puesto de trabajo, su sueldo, su sustento familiar. No es casual que cada vez que la masa trabajadora toma las vías públicas, desesperada al comprobar que la negociación a nada conduce, el Gobierno de turno siente la incomodidad de una subversión que no controla, ni en el fondo ni en las formas.

trabajadores. Saben los gobernantes, y su pléyade de asesores, que el único impedimento para evitar la conflictividad es comprando el presente y futuro inmediato de los actores laborales. Así, ante el pánico que sufren frente a la lucha organizada y colectiva de los trabajadores, se inventaron los famosos ERES, y no seamos incautos, esto no es algo andaluz, viene de lejos y vía Madrid las más de las veces. Y cuando con los expedientes de regulación no bastaron surgen las prejubilaciones incentivadas. Con ello se conseguía una paz social y se evitaba la incomodidad de ver las vías públicas llenas de justas demandas. Miel sobre hojuelas que dirían algunos. Así empresas como Renfe o Adif vieron disminuida su plantilla de forma brutal, otras como Santana Linares o Embutidos Molina simplemente se cerraron. Hay muchos más ejemplos dispersados por todo el mapa provincial. Objetivo conseguido para quienes legislan, volvió la paz pero ¿a qué precio? A bote pronto, caro muy caro, pero bastante barato a medio y largo plazo. Se solucionó el día a día de una generación de trabajadores pero se eliminó de un tirón el presente y futuro de todos los que venían, y vienen detrás. Ahora no existe la alternativa, las empresas solo están en el imaginario colectivo, y no, no en todos los casos eran tan inviables como nos quisieron hacer creer. Nuestros jóvenes ya no tienen un ferrocarril como alternativa laboral, ni una Santana, ni una fábrica de embutidos ni nada parecido. Quizá debieran enfrentarse a nosotros, sus Padres, y reprocharnos el que cayésemos en la trampa de comprar nuestro presente aunque para ello destruyésemos el futuro, el hoy de miles de jiennenses abocados al paro y a las dádivas de las pírricas prestaciones sociales. Ahora, que tan de moda está, pasará en cuanto los procesos electorales finalicen, la despoblación, la huida del mundo rural, convendría pensar un poco en todo esto. A veces en la inmediatez se nos nubla la vista y no alcanzamos a otear en el más allá, en nuestros hijos y los que les trasciendan. Nunca pensamos en la trampa que nos pusieron, en ese lazo camuflado en el sendero que nos atrapó. Cuando nos decían que las fábricas eran inviables no pensamos que el engaño era mayúsculo, si acaso lo que era inviable fue mantener a unos gestores más interesados en sus nóminas que en la empresa que dirigían. Nos compraron, sin eufemismos, con indemnizaciones cuantiosas para mantenernos callados, para que no luchásemos por un Jaén diferente, uno dónde los jóvenes tuviesen alternativa laboral.

Quizá nuestro mayor “pecado” sea vivir en el Sur, ese sur que solo existe en los mapas. Un punto cardinal, una localización geográfica abocada a no construir nada por imperativo legal, larga vida a Valeo Martos, y simplemente dedicarnos a producir aceite, ese oro líquido del que en Jaén no queda apenas nada del precioso metal, oro que también se nos va.