En Dublín sin olvidar a Baeza

Nació en la ciudad Patrimonio de la Humanidad una madrugada de feria y, aunque siempre lejos de su patria chica, José Francisco Garrido Lemus, no pierde el contacto con ella, a pesar de que su vida esté actualmente en Irlanda.

11 feb 2018 / 11:03 H.

José Francisco Garrido Lemus nació en Baeza durante una madrugada de feria que, dice, “por mi culpa mi madre se quedó sin disfrutar”. Tanto ella, Mari Tere, como su padre, Paco, tuvieron que emigrar con toda la familia, María Luisa, María Teresa y Emilia a Vitoria-Gasteiz, donde nació Mónica. “Ese fue mi primer “destierro. Allí pasamos 15 años que nos dejaron estupendos amigos y mucho cariño por el País Vasco. Después vino un nuevo traslado a Madrid, donde sigue toda mi familia, y desde allí, en 2001, yo me vine a Dublín”, comenta. “Había estudiado Geografía e Historia en la Universidad del País Vasco y en la Complutense de Madrid y mi vocación era la enseñanza: quería ser profesor de secundaria. Así que lo intenté varias veces, pero, a finales de los noventa, del siglo pasado, con los primeros recortes en educación y sin puntos como interino, aquello fue imposible. La última vez obtuve la segunda mejor nota del tribunal y ni aun así conseguí trabajo. Mientras tanto, no había abandonado mi otro campo de interés: los idiomas. Durante la licenciatura había estudiado algo de inglés, y tras acabar la carrera retomé el francés, que había cursado en la enseñanza obligatoria, y empecé con el alemán. De modo que cuando ya no pude seguir esperando más a que me llegara la oportunidad de enseñar, di finalmente el salto al extranjero”, relata. “Siempre había querido viajar fuera, aunque nunca me había atrevido, ni siquiera a hacer un Erasmus, pero confrontado con la realidad laboral que se me presentaba en España, me deshice de mis temores y abracé lo que era un deseo largamente pospuesto”, confiesa.

“Me decidí por Dublín, porque el hijo de una amiga de mi madre ya estaba aquí. Eran los años del Celtic Tiger, el Tigre Celta: el boom económico del país, que duró hasta el estallido de la crisis de 2008. Entonces era bastante fácil encontrar cualquier empleo para echar a andar. Yo tenía un nivel intermedio alto de Inglés, casi un B2, y empecé a trabajar fregando platos, como casi todo el mundo. El trabajo era duro físicamente, pero el ambiente era fenomenal: con mucha gente joven con la que hacer piña para sacar el trabajo adelante y salir de marcha después”, recuerda. “Casi todos los españoles que conocí entonces se marcharon a los pocos meses: era la época en que la gente venía, para hacer algo de inglés y volver a España, cobrando el subsidio que entonces se daba a los inmigrantes retornados, bastaban seis meses en el extranjero para obtenerlo”, dice.

Este baezano decidió quedarse y, como explica, “realizar una formación sólida en inglés y en enseñanza de Español Lengua Extranjera, conocido en el país por las siglas ELE; así, superó los exámenes superiores de inglés de Cambridge, el C1 Advanced y C2Proficienc y también el curso de profesor de español que ofrecía el Instituto Cervantes de Dublín, además de un postgrado a distancia en la Universidad de Barcelona. “Mientras, trabajé en el Legal Aid Board, una oficina estatal de atención legal centrada en el Derecho de Familia, como audio typist, es decir, pasaba al ordenador la documentación legal que mi abogado grababa en un dictáfono”, argumenta. Más tarde, recibió una beca estatal para un Máster de Traducción en la Dublin City University, en el que su tesina consistió en un estudio sobre la traducción al inglés del cuento de Antonio Muñoz Molina, “Sacristán”, publicado en su obra “Sefarad”, un cuento que, dice, “respira Úbeda y la cultura de Jaén, por los cuatro costados”. “Al terminar el máster empecé a dar clases en el Instituto Cervantes, con el que todavía colaboro, y de ese modo llegué a conseguir finalmente hacer de la enseñanza mi profesión”, aclara.